miércoles, 26 de septiembre de 2012

El frío




Se diría que aquí no pasa nada,
pero un silencio súbito ilumina el prodigio:
ha pasado
un ángel
que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre.

(Ángel González)


Hoy lo he sorprendido, al frío. Se había colado por una rendija de la puerta y, sin que nadie lo viera, se había acercado peligrosamente a la cama donde yo soñaba con habitaciones blancas. Desperté a tiempo y, con un estremecimiento, me tapé con el edredón.

Sin embargo, no pude evitar que ese mismo frío se instalara dentro de mi alma. Así fue como comprendí que ha regresado el otoño.

Esta mañana, un viento descarnado agitaba las copas de los árboles. Todo me hablaba de otoños y de soledad: la lluvia, el café caliente, las orejas heladas de la gata, la desconfianza del sol que no ha terminado de salir aún, las palabras que nunca fueron pronunciadas. Aquellas otras que jamás lo serán.

Volveré a refugiarme en canciones antiguas, a escribir versos que anestesien mi corazón desbocado, a soñar con paraísos que se esconden en los mares del sur, a mendigar la esperanza en los bordes de las semanas que terminan. “La soledad no está fuera, sino dentro de mí”. ¿Dónde leí esa frase? Pero la respuesta parece lógica. 

El verano se aleja, llevándose consigo todos sus espejismos... Regreso a mi eterna región de melancolías solas.

1 comentario:

Oski dijo...

El otoño no sólo hace caer las hojas de los árboles, también hace caer las hojas de la nostalgia del verano, de tiempos de mar, paseos y charlas.

El frío hace tiritar y las dudas parecen más pesadas pero ya se sabe que no hay estación que dure toda la vida, volverá el calor y con él las sonrisas furtivas, las torres en la playa y los días de vino y rosas.

Nadie dio tantos folios escritos como el otoño, habrá que aprovechar.

Fuerte abrazo.

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Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

Ángel González

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