martes 10 de enero de 2012

Mundos que se acaban

Salvador Dalí, "Melancolía atómica"

Hay que continuar siempre. ¿No es ese tu secreto, Cadio? La sociedad es estúpida, pero el mundo es hermoso. Esas llamas, el sonido de las hojas en los vidrios de la ventana, el reflejo de la luz sobre las planchas del suelo: ¡qué maravilla! Todo ello existía, mas no sentía esa lenta caricia con la cual curan la más profunda herida del deseo. Tu presencia me dice que debe amarse la vida y el aire y la tierra divinos que la rodean. [...] No desdeñar lo natural: amar. Y si se ama, si se ama apasionadamente, nos olvidaremos de nosotros mismos. Entonces estaremos salvados.

Luis Cernuda



A Sara, a Eva, a tantos más...


Cuando oigo eso de que en el año 2012 se acabará el mundo, no puedo menos que sonreír. ¡Como si no se nos hubiera acabado ya el mundo no una vez, sino decenas de veces! Sí, hay que confesar que algunos finales son más catastróficos que otros, y en ocasiones se tarda mucho más tiempo en encontrar los pedazos descompuestos y volver a construir, si no una realidad a nuestra medida, al menos un sueño en el que estemos cómodos. Pero siempre volveremos a encontrarlos, hasta que el mundo vuelva a derrumbarse de nuevo.

Al menos, para los que sabemos llorar. Y con llorar, no me refiero a montar una escenita y que se te queden hinchados los ojos dos días; sino también a llorar por dentro. A sentir. Porque, aunque los sentimientos sean propios de esta especie a la que han llamado homo-sapiens, hay integrantes que han alcanzado un paso más de la evolución humana, y han logrado moverse por el mundo sin que nada les afecte más de lo necesario. La sensibilidad es para ellos un despojo de épocas pasadas, una debilidad innata de algunos seres vivos incapaces de pasar los acontecimientos por el luminoso filtro de la razón. En Desayuno con diamantes, Audrey Hepburn los distinguía entre canallas y supercanallas. Yo los llamo crustáceos de sangre fría. Porque sí; otra cosa no, pero sangre fría tienen… Además de una capacidad innata para hacer malabarismos con los sentimientos ajenos. El crustáceo de sangre fría, el que aquí llamaremos crustáceo común, después de atrapar en un tarro las pequeñas mariposas de los sentimientos, se pone una venda en los ojos antes de comenzar con sus juegos malabares. Hasta que, un día, alguien le recuerda qué son en verdad esas diminutas mariposas. Y el crustáceo común se quita la venda, arquea una ceja y dice: ¿En serio? ¡Vaya, no me había dado cuenta! Y libera las maripositas sin importarle que estas ya no puedan volar, porque el fino polvillo de sus alas ha desaparecido al contacto de los dedos humanos.


Salvador Dalí, "Alegoría del Sol"


Pero al fin y al cabo, el crustáceo común es el más inofensivo de los crustáceos de sangre fría. Hay una variante más evolucionada que ha logrado, además de no sentir nada, desarrollar un pérfido ingenio para destruir las mariposillas más brillantes, las más delicadas, las más inocentes. Son los llamados asesinos de luces –para mi desgracia, me topé con uno de uno de estos hace tiempo, y tuve ocasión de realizar un posterior estudio al respecto. Los asesinos de luces no se conformarán con atrapar todas las mariposas que encuentren; son unos coleccionistas natos a los que solamente les interesan aquellas que encuentren posadas sobre las flores de la inocencia. Después de encerrarlas en un tarro y de toquetear sus alas para que no puedan volver a volar, comenzarán con los juegos malabares; y sin necesidad de venda en los ojos, porque disfrutarán viéndolo. Cuando terminen de jugar, no liberarán a las moribundas criaturas, trazando vanas excusas para justificarse. Las aplastarán con los dedos y las pisarán, les arrancarán de cuajo las alas y se reirán mientras lo hacen. Y en ese momento, morirá una estrella. Después, el asesino de luces buscará por la tierra el cadáver de esa estrella para fulminarlo hasta hacerlo desaparecer. Alguna vez, lo encontrará.

El mundo nunca se acaba para los crustáceos de sangre fría. Cuando nuestro planeta se haya convertido en un cementerio de vida, de colores y de sueños; ellos deambularán por entre las tumbas, ignorantes de lo que ocurre a su alrededor, o más bien impasibles. Seguirán comiendo, durmiendo, riendo, mirando todo desde su prisma de dos dimensiones. Nada habrá cambiado. Los asesinos de luces tal vez sean los únicos que lo sentirán de alguna forma, porque ya no les quedarán inocencias que destruir.

Yo me declaro irremediablemente perteneciente a ese sector más obsoleto de la humanidad al que todavía se le cae el mundo no una vez, sino decenas de veces. Soy capaz de definir el dolor como una garra que atenaza el corazón, y la alegría como una canción con los labios cerrados. Puedo escribir sobre el amor, aunque nunca lo haya sentido correspondido, y también leer poemas y derramar lágrimas. Escuchar un acordeón y experimentar escalofríos. Creer en las hadas y en los Príncipes Azules. Soñar con que algún día, alguien me despertará del Hechizo. Puedo, en definitiva, sentir. Y si para evolucionar hay que dejar de hacerlo, la verdad es que prefiero quedarme en mi mundo de nostalgias y de sueños imposibles, de romanticismo caduco e ingenuidad infinita. Y sé que desde aquí, soy un ser absolutamente vulnerable a los crustáceos de sangre fría, incluso a los asesinos de luces. Es lo malo de la ingenuidad: nunca te permite ver con claridad lo que está fuera de ella. Pero yo puedo sentir… sentir, con todas sus consecuencias. Sin sentimientos, que sería del Arte, y sin el Arte… qué frío se quedaría todo.Viva la derrota.

sábado 31 de diciembre de 2011

La primera luz

"Nube", René Magritte

[…] Buscaba alguna palabra para aparentar comunicación. Mas ¿qué decir? Sentía tal frío que ya casi no era cuerpo, sino una idea: la idea de frío, perdida durante un crepúsculo de enero por un triste rincón de la tierra. Sin embargo ¿dónde estaba la tristeza, en mí o en las cosas? No te engañes, Albanio: vivir es sentir intensamente la falta de algo […] Todos esos deseos que llevas ahí, bien clavados en el pecho, nada responden ni demuestran. Limítate a vivir, simplemente. ¿Te acostumbrarás a ello? ¿No? Peor para ti.

Luis Cernuda, Diario de un viaje



Otro año que se muere. Se aleja hacia la orilla opuesta del tiempo, dejando un sabor agridulce en la comisura de los labios. Diminutos instantes de luz en medio de un paisaje anguloso y adverso, enemigo de la imaginación. Diminutos instantes cuyo recuerdo arrastra tras de sí una sombra inmensa, un agujero inexpugnable de oscuridad. Irremediablemente. Pero sin luz, entonces no…

En algún momento indeterminado he comprendido al fin por qué las pupilas son siempre negras. Lo son para ocultar el miedo que se esconde por detrás de los ojos: el miedo a que no pase nada, el miedo a lo que pueda pasar. Tumbarse en la arena de cara al mar tiene el mismo grado de riesgo que cerrar los labios y utilizar una soga de nubes para alcanzar la luna. O que coleccionar bigotes de gato. Nunca descubrirás si lo que tienes enfrente es realmente el mar y, por muchas nubes que encadenes, la luna estará siempre lo suficientemente baja para que no consigas alcanzarla. Después te quedará la opción de descender a los infiernos, que además resultan mucho más tentadores en diciembre.

Vivir es sentir intensamente la falta de algo. Es la única enseñanza que el año moribundo puede proporcionarme, aunque no voy a infravalorar la contribución de los anteriores en dicho descubrimiento. Insatisfacción. Ocurre igual que en esas pesadillas en las que, por mucho que corres, no consigues avanzar ni un centímetro. Así son los deseos: demasiado altos –o bajos, como la luna- para realizarlos. Deseos como copas medio vacías –sí, me declaro pesimista- o como intentos por atrapar el sol con un cazamariposas. E incluso si lo consiguieras, te invadiría una nostalgia irremediable por no ser una humilde estrella, en vez del sol, la que ahora expirara en tu tarro de cristal. Y es que el cielo está cuajado de realidades inalcanzables.

Tengo demasiados poemas y demasiados nadies a quienes dedicárselos. Demasiadas historias que han perdido su protagonista, o demasiados protagonistas sin historia. Prefiero no tener que traducir las letras de las canciones en inglés, y a menudo se me olvida recordar algo que me dejé olvidado mientras caminaba por el mundo. En un día del que tampoco me acuerdo. Y sí: yo soy de esos infelices que no se acostumbran a vivir, simplemente. Todavía conservo la esperanza de que algún día, mirándome al espejo, mi verdadera imagen se asomará por detrás de las pupilas, sonreirá y me tenderá una mano hacia un cuento del que yo sería la protagonista perdida. ¿Huir? Sí; ya sé que es el recurso romántico. Y tal vez ni siquiera de ese modo estaría satisfecha. Pero también el tiempo se va sin preguntar, envuelto en su disfraz de años y de Nocheviejas borrachas de propósitos imposibles.

No olvidemos encender la luz cuando terminen las doce campanadas… En 2012.

domingo 25 de diciembre de 2011

Feliz Navidad


La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Pablo Neruda


Diciembre. Vacaciones. Mañanas en pijama. Absurdas comedias navideñas de TVE. Especiales en las series de dibujos animados. La maleta vieja donde se guardan todos los adornos. Separar las ramas del Árbol de Navidad. El canguro de las montañas del Belén. Nieve de corcho. Cadenetas. Anuncios de perfumes. El Calvo. Frío. Bufandas, guantes, gorros de pompón. Panderetas. Pasamontañas. Bromas de la Plaza Mayor. Circo. Chocolate con churros en el Café Comercial. Luces que se desvanecen cuando lloras. Villancicos. Ese Papá Noel que nunca viene a casa porque estás abonada a los Reyes. El otro Papá Noel que permanece en tu estantería el resto del año, y que canta una canción si le das cuerda. Cochinillo asado. Fotos, más luces. Mamá. Orejas de reno. Recuerdos. Lejanía. Olores encontrados. Otra casa, otro salón, otro Árbol. Una niña sentada a la mesa, soñando sueños hoy envejecidos. Envejecidos, pero no muertos. Los mismos ojos, las mismas lágrimas, los mismos labios de cereza madura. Borroso. Nostalgia. Siempres deteriorados por las esquinas. Feliz Navidad.

viernes 23 de diciembre de 2011

Presentimiento


"No mires atrás, Shaime. Si miramos atrás en los andenes, la imagen permanece como una promesa."

(Un toque de canela, 2003)


Todo se parecía demasiado a un cuento de hadas, hasta ese momento: el momento de la despedida. La playa entonces se estremecía en naranjas y rosados al efecto del crepúsculo. Cuando se separaron, ella comenzó a caminar y, no habiendo dado cinco pasos, volvió la cabeza, esperando que él también la volviera. Pero él seguía alejándose sin detenerse un solo segundo. Él no se volvió.

Una súbita inquietud comenzó a tomar forma dentro de ella. Tenía un presentimiento, y es que el hecho de que no se volviera para mirarla no podía anunciar nada bueno. Pero en aquel momento, el veneno de la felicidad aún hacía efecto sobre su frágil corazón. Las primeras estrellas sonreían ya desde el firmamento; el mar se había convertido en una masa de agua negra, impenetrable; nocturno escenario de una historia cualquiera del romanticismo. Así que, sonriendo, desechó aquellos sombríos pensamientos y siguió su camino. Alejándose hacia una realidad en la que faltaba el color azul.

En general, nunca solía errar en sus presentimientos. De la misma forma que, cuando veía por primera vez unos ojos con un brillo especial, podía adivinar en ellos a un amigo. O cuando, después de probarse un conjunto, su madre la sometía a esa especie de escáner silencioso al que seguiría un sucinto “¿Qué tal te quedaría con otra camiseta?”. Esa íntima satisfacción consecuencia de la leve sonrisa dibujada en los labios de un profesor que pasaba por delante de su mesa durante el examen y, casualmente, vio su respuesta a la pregunta número 3; o cuando, al intentar comunicarse con los amigos para ver si salían o no, de repente todo el mundo desaparecía: un claro indicio de que nadie tenía intención de salir. Era lo mismo que preguntar en casa “¿Qué hay de cenar?” y no recibir respuesta. Irremediablemente, algo que no le gustaba; tal vez pescado.

Él no se volvió entonces, pero tampoco se volvió nunca más. Ella debió haberlo sabido con certeza desde aquella primera –y única- despedida. Pero, como alguien dijo, nos aferramos a nuestros sueños tan desesperadamente como a nuestra vida. Instinto de supervivencia; ni más ni menos.

miércoles 30 de noviembre de 2011

Desasosiego


Vacío, anduve sin rumbo por la ciudad. Gentes extrañas pasaban a mi lado sin verme. Un cuerpo se derritió con leve susurro al tropezarme. Anduve más y más.

Luis Cernuda


Recuerdo las calles de París, tamaño XXL; para cruzar la calzada casi había que coger un autobús. Caminábamos y caminábamos bajo el sol de agosto, y el horizonte se manchaba de edificios aún más inmensos, de formas perfectamente cuadriculadas. Una no podía evitar sentirse diminuta, como Gulliver en el País de los Gigantes. La grandeur parisien, la llamaban.

Hoy he soñado que volvía a caminar por esas calles infinitas, solo que en esta ocasión estaban desiertas. Me invadía un desasosiego arquitectónico que lentamente iba llenando de plomo mi pecho, encogiéndome el cuerpo y embotándome los pensamientos. Todo a mi alrededor resultaba sobrecogedoramente hermoso, igual que mirar hacia altamar con unas gafas de buceo y presentir que más allá no existe nada, salvo mar.

Me avergoncé de mi ridículo sentimentalismo, de esperar una ciudad entretejida de acordeones o un Príncipe Azul a quien no le importa luchar contra el dragón que lanza llamaradas por la boca. París no tiene por qué ser París; puede más bien ser una estación vacía en el corazón, una inseguridad recalcitrante o un inexacto miedo que habita en las raíces imposibles del romanticismo. París me persigue como un eco, recordándome día tras día, hora tras hora, que no existe el mundo que imaginaba. Que todavía no he dejado de imaginar. Hoy he soñado que caminaba por aquellas calles vacías, y ni siquiera estaba dormida.


Sigo buscando una verdad entre todos los elementos desvanecidos del mundo. Fuera de mí, no la encuentro. Y entonces no puedo evitar preguntarme dónde está mi cuento, y en qué momento me alejé de él para perderme por estas realidades inmensas. El cielo, a lo lejos –muy lejos- me responde enviándome desnudos rayos de luz, sin rastro de sombra en sus definidos perfiles. En ese momento, descubro que nunca he existido.


jueves 20 de octubre de 2011

La edad de los Cisnes


Cuando nada sucede,

y el verano se ha ido,

y las hojas comienzan a caer de los árboles...


Ángel González


Como todos los minutos, este parece que se ahoga. Me falta tiempo para bajar un instante de la rutina que nos devora y ponerme a reflexionar acerca de esos veintidós años con forma de cisne que son míos desde hace una semana. Me falta tiempo para indignarme con aquellos que se llaman amigos, y tiempo también para contemplar de lejos las cosas que debiera haber olvidado. A lo mejor es que incluso me falta tiempo para olvidarlas, o tiempo para fingir que ya lo he hecho, que alguna vez lo haré –son tantos y tantos años ya. Pero no importa; ni siquiera tengo tiempo para tratar de descubrir si, entre mirada y mirada, te das cuenta de que no te ignoro.

Me falta tiempo para mirar al pasado y alimentar la desagradecida fiera del rencor, presente en distintos espacios y en similares corazones; hoy por hoy solo existe un presente en el que el sentido de la amistad se mide por el hecho de que una persona esté ahí en el momento preciso. Sin importar el pasado, sus favores o perjuicios antiguos. Porque la amistad, al igual que el amor o que la luna, es cambiante y prisionera de las emociones, y en modo alguno se trata de un convencionalismo que toma forma una vez al mes a través de una cena en la que todos se miran sin verse. La amistad se quiebra y se recompone, pero siempre de un modo tan brusco y pasional que no puede dejar de llevarse consigo trocitos de corazón envueltos en lágrimas, ya sean de alegría o de decepción. Yo cuando miro a mi alrededor y lo veo tan frío, tan desprovisto de matices emotivos, solo puedo sentir una lánguida tristeza por esa ausencia de algo más profundo que me una a todos ellos. Porque algo hay que nos une, sí; pero temo que no sea más que una costumbre, una maldita costumbre vestida de hipocresía y de ganas de solventar la ociosidad. Amigo es un título demasiado precioso para aplicarlo a gentes con las que, si acaso, algún día hubo confianza. Con la que hoy ni siquiera existe una mínima complicidad.

No espero encontrar amigos en esta edad de cisnes duplicados. Las personas se mueven muy rápido porque también les falta tiempo, sobre todo para detenerse y tratar de ser delicados o pensar en los demás. Y ya nadie parece conocer a nadie, a pesar de que cada vez se conoce más gente, y cada vez más deprisa, y todos hablan y todos quieren verte, y en el fondo ninguno se acuerda de tu nombre. Por eso, encontrar en ese mar de rostros cambiantes uno solo que me sigue siendo familiar, que a pesar de desaparecer a ratos, como la luna, permanece inalterable; me hace pensar que todavía es posible creer en esa utopía llamada amistad. Y curiosamente, los verdaderos amigos nunca tienen prisa.

Al final, aquí estoy divagando, como si yo tampoco la tuviera. Lo confieso: la desesperanza me abruma y veo necesario escribir. Ya lo dijo Ángel González; que en octubre nada sucede, y nada pasa salvo el tiempo y las ilusiones, que parecen veladas por el correr inútil de la rutina gris disfrazada de amaneceres pálidos. Lo bueno de no tener tiempo es que tampoco lo tengo para lamentarme, ni para pensar en un futuro opaco, un futuro que hoy solamente cobra forma de noviembre. De nuevo el gélido noviembre, esperando tras la esquina gastada del ahora.

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Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

Ángel González

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

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Con José Manuel Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes de Madrid, 2011

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de los premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Lectura de poemas en la Feria del Libro 2010 de Madrid

Casa natal de Luis Cernuda, Calle Acetres, Sevilla, 2010

Casa de Luis Cernuda durante los años 20, Calle del Aire, Sevilla, 2008

Con la estatua a Federico García Lorca, Madrid, 2008

Casa de Rafael Alberti, El Puerto de Santa María, Cádiz, 2008

Casa natal de Antonio Machado, Palacio de Dueñas. Sevilla, 2010

Residencia de Estudiantes de Madrid, 2008

Museo Dalí, Figueras, Cataluña, 2008

Con la estatua a Ramón Mª del Valle Inclán, Madrid, 2010
Te juzgan mal y sufres por eso. Eres de nieve por fuera y de fuego por dentro. Quien te toca se hiela mientras tú te abrasas. No sabes querer y estás queriendo siempre; no sabes vivir y estás vivo. Tu sitio no está en ninguna parte, siempre desearás un lugar diferente...

Luis Cernuda, Comedia inacabada y sin título