
Canto, río, con tus aguas:
De piedra, los que no lloran.
De piedra, los que no lloran.
De piedra, los que no lloran.
Yo nunca seré de piedra.
Lloraré cuando haga falta.
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Rafael Alberti
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Como la mayoría de lectores precoces, me declaro irremediablemente idealista en medio de un mundo que parece sumido en el más absoluto de los pragmatismos. Quizá sea defecto mío esta excesiva hipersensibilidad que me lleva a mirar todo de lejos y a estremecerme, por no decir a convertirme en una escéptica con aspiraciones a eso que los poetas llamaron misantropía. ¿Puede ser tan insensible la existencia humana? Es como si la gente hubiera desarrollado una especie de coraza y la palabra llorar no se encontrara ya en el diccionario.
La soledad aquí no es más que un mecanismo de extrañamiento, una forma de autodefensa para protegernos de algo que no logramos comprender. Porque la tristeza, el dolor o la nostalgia, a pesar de su sabor amargo, nos hacen sentirnos vivos. Son un canto al individualismo, a la poesía intimista, al egoísmo, al amor platónico y al no correspondido, a las emociones violentas y a menudo absurdas que suelen embargar a los seres humanos. Y no quedan muchos de estos últimos.
Yo no me dejaré absorber por este mundo, ni me uniré a las mayorías ni me abandonaré por el blanco sendero de la indolencia que consume todas las horas. Prefiero seguir soñando –lejos, sola, triste en ocasiones- con los cuentos de hadas, los finales felices y los poetas derrumbados por el tiempo. Y nunca me dejarán de sorprender esos pedacitos de realidad que desmienten mis teorías catastrofistas y desvanecen mi escepticismo. Como este…
Conozco una historia de amor, de esas que solo suceden en las novelas. Pura, dulce, ingenua, sin manchas de sombra ni caras ocultas, sin episodios sórdidos o terribles; todo ella luz y lágrimas azules. Una burbuja en la que el tiempo y la distancia no son enemigos lo suficientemente poderosos porque, como decía Salinas, Las estrellas disipan, de lejanas que son, las distancias del mundo. Y nada puede separarlos. A veces es como si no existieran más que ellos dos en el universo, y con su amor se rieran del resto de leves criaturas que creen –que creemos- estar vivas. Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.
Comenzó despacio, suavemente, en un rincón lejano –para ambos- del planeta. La casualidad los encontró allí y nació una conexión que, años más tarde, haría florecer un amor que está por encima de cualquier consideración terrenal. Fui escéptica en un principio, o tal vez no se tratara más que de celos. Celos por no ser yo la que finalmente pueda experimentar todas mis fantasías de cuentos de hadas con las que llevo soñando desde que tengo uso de razón.
Pero ya no importa. Ahora solo puedo verlos como una de las últimas esperanzas de este mundo y uno de los últimos motivos por los que no dejar de creer en mí misma. Y en las estrellas. En los valses, en la poesía y en los recuerdos. En el azul… Incluso me siento parte de la historia, siendo uno de los protagonistas alguien tan cercano a mí. Y eso me enorgullece. La palabra siempre puede ser verdaderamente eterna.
Y compadezco a todos aquellos que Buero Vallejo llamó mezquinos razonadores; crustáceos, según Cernuda; putrefactos, para Lorca. Estatuas de hielo, yo jamás seré como vosotras. Me acabaría derritiendo… Quedaos bien a gusto con vuestras realidades huecas.
3 comentarios:
Ánimoooooo!!! Todos tenemos a alguien que en algún lugar nos está esperando ;)
Qué bonito lo que has escrito, por cierto, sobre quien? ^^
Bss
Precisamente ese punto lo he tratado en la anterior entrada xD
Muchas gracias Andreini!! Me hace ilu que me leas jajaja... La historia esa me vale perfectamente para ti =)=)=)=)
hola, eres una artista. Creo q me pasaré más a menudo para seguir leyéndote. Yo soy otra soñadora, demasiado sensible, lo que me hace alejarme de vez en cuando de la realidad, no mucho, pues pronto esta me reclama. Saludos
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