sábado, 10 de julio de 2010

Niebla



Un sueño sin faroles y una humedad de olvido
pisados por un nombre y una sombra.
No sé si por un nombre o muchos nombres,
si por una sombra o muchas sombras.
Reveládmelo.

Rafael Alberti


El misterio ha sido, desde tiempos inmemoriales, algo que ha impulsado la curiosidad humana hasta límites insospechados. La sola palabra –misterio- guarda en sí misma una veleidosa y sugerente atracción.

Hoy la playa de Conil está cubierta por una insólita niebla, un fenómeno al que los lugareños conocen con el ingenioso nombre de manto de la Virgen, y que según nos cuentan es muy frecuente en agosto. A pesar de llevar años acudiendo a veranear a este pueblo gaditano, jamás había sido testigo de tan curioso hecho. Un aura de magia y tinieblas parece emerger del silencioso paisaje, desierto salvo por nosotros y algún que otro indolente turista. La línea del horizonte se encuentra totalmente difuminada por la suave bruma que domina nuestros sentidos, que parece adormecerlos. Me llego a preguntar dónde termina el mar y en qué momento se funde con el cielo, ambos de un desolador gris plomizo. ¿Realmente nos encontramos en la bahía gaditana? Siempre he pensado que un paisaje así es más propio del norte.

Mi padre, mi hermano y yo comenzamos a caminar por la orilla, fundiéndonos con la prestidigitadora e indómita naturaleza. A nuestro paso, lentamente la niebla se va espesando; tanto que casi se puede palpar. Los cabellos, las cejas, las pestañas; todo nuestro cuerpo empieza a ser depositario de diminutas gotas de agua procedentes de la condensación de las nubes.

En un momento, la niebla nos rodea. Nuestros rasgos comienzan a desdibujarse en el extraño hálito de aire, y ya ni siquiera somos capaces de apreciar el contorno del paisaje más próximo. Nos convertimos en tres figuras avanzando sin rumbo, tratando en vano de orientarnos, puesto que cada vez nos hallamos más prisioneros en medio de la bruma. El único sonido a nuestro alrededor es el rugido del mar, que se impone sobre nuestro silencio con sus armoniosos y distantes acordes, dándome la sensación de que nos encontramos en un espacio atemporal. De vez en cuando, la silueta de algún veraneante se recorta entre la niebla y atraviesa nuestro campo de visión cual un fantasma surgiendo de la nada.

Durante nuestro extraño paseo, no puedo evitar pensar en la célebre nivola de Unamuno y preguntarme qué es lo que voy a encontrar cuando la niebla comience a disiparse. Mis dudas emergen en forma de interrogaciones que flotan entre las juguetonas nubes. El tiempo, el espacio… la nada. ¿Qué es la nada? ¿Acaso no me encuentro ahora mismo sumida en ella? Pero no; la armoniosa y estremecedora melodía del mar aún resuena en mis oídos. Y la palabra nada ya implica algo en sí misma. ¿Se trata, pues, de una palabra vacía? No puede serlo, porque ninguna realidad está absolutamente vacía; ni siquiera esta pastosa y densa niebla que nos aprisiona. Llego a la confusa conclusión de que nada es una palabra que nadie debería utilizar, puesto que carece de un significado. Pero entonces, ¿qué es lo que sienten nuestros cuerpos en el momento antes de nacer y cuando ya hemos dejado de existir? Quizá mi propio cuerpo esté rememorando la misma sensación de vacío que tuvo que sentir alguna vez, antes de que mi existencia se hiciera patente. De nuevo me invade esa sensación de dejá vu. Alguien me susurra que trate de escuchar el lejano canto de un ruiseñor. Pero, no; no estamos en mayo y ni siquiera es de noche. ¿Qué escuchar, además del infinito rugido del Atlántico?

Mis pensamientos se van disipando junto a la niebla…


Conil, 2 de agosto de 2008
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2 comentarios:

Oski dijo...

Quizás sea el momento preciso de escucharse a uno mismo.

De dejar que el mar que se filtra a través del manto blanco inunde nuestros oídos y el tic-tac del corazón guíe cada uno de nuestros pasos.

Ojalá hubiera disfrutado yo de una situación así...

Hace tiempo que la necesito.

Un abrazo.

Edu dijo...

Curioso Alberti tenia un perro que se llamaba NIEBLA...respondo a Unamuno, la esperanza...
Un Beso

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