lunes, 24 de diciembre de 2012

Qué hace un canguro como tú en un sitio como éste




Deja la aguja, Sofía.
En el telón de estrellas,
tú eres la Virgen María
y Caperucita encarnada.

Todos los pueblos te cantan de tú.

De tú
            que eres la luz
            que emerge de la luz.


Rafael Alberti



Es un estereotipo demasiado obvio: llegan las Navidades, te invade la melancolía. Y sin embargo, resulta muy cierto, al menos en mi caso –y en mi casa. Las luces del Árbol son las mismas. Yo no soy la misma. Primer choque espacio-temporal. El canguro se erige una vez más, desafiante, sobre las montañas del Portal de Belén. Si tuviera que elegir una figurita con la que identificarme, creo que elegiría ese canguro. Después de todo, yo estoy perdida, sí, pero aquí ninguno es quien dice ser: Herodes no tiene corona, en realidad es un San José retirado de su papel de San José cuando hace muchos años me compraron, en un Todo a cien, otro que tenía la túnica azul, en vez de morada. Y ya se sabe, la que me traigo yo con el azul… Y no se compran los San Josés por separado: venía con Virgen incluida, muy mona ella, sentada en un taburete y con cara de sufrimiento –y eso que acababa de nacer su hijo. ¿Y dónde pasó la antigua Virgen María? Pues se hizo lavandera, que es un oficio mucho menos rentable, porque ni te llevan oro, incienso o mirra, ni una mala oveja. Y por ahí anda, cerca del río de papel de plata, camuflada entre las otras lavanderas. Como Virgen, era una Virgen muy normalita; pero la verdad es que como lavandera, es la más bella de todas. En parte, porque hay muchas que están desteñidas, puesto que eran del Belén que ponía mi padre hace cuarenta años.

Y es que aquí no se jubila nadie. Dentro de poco, como la política siga igual en este país, nos va a pasar lo mismo que a las figuritas. ¿Solución? Todos a lavar al río. O a hacernos Herodes –sin corona, eso sí, que ya tenemos suficiente con los Bo[r]bones.

El mío debe ser el único Belén del mundo que tiene un canguro –exceptuando alguno de Australia, por aquello del patriotismo y esas cosas; creo que me encantaría conocerlo-, así que fuera de mi casa, si me convirtiera yo en canguro, tendría poco que hacer. En ningún Belén querrían un canguro, y encima ateo.

Divagaciones navideñas, que no falten. Prefiero eso a escribir una parrafada larguísima y melodramática sobre por qué no felicitaré las fiestas a quien no me quiere –y es que no hace falta ser canguro para no resultar querido. Basta con ser, en el buen sentido de la palabra, buena –sí, a veces me pregunto si no viviremos todos al otro lado del espejo por el que Alicia cruzó aquel día… Pero yo me llevo los recuerdos, como buena sentimental, y esos nadie me los quita. Tengo una sábana de lágrimas tejida con recuerdos que cada Nochebuena dejo caer sobre el firmamento de Madrid, para que las luces de la ciudad se desenfoquen –las lágrimas nunca fallan; eso o quitarse las lentillas- y se me olvide por un instante el año, lo que me falta y hasta mi propia persona. Me gusta jugar a tener seis años, a ser una niña estereotipada que se pone triste con la llegada de las Navidades –un poco más triste que de costumbre- porque se acuerda de que hay personas que ya no están, y el vacío quema en el corazón como un hierro candente.

Definitivamente, no puedo dejar de ser una sentimental. O un canguro. Sí; si tuviera que elegir ser una figura del Portalito, sería un canguro: la figura que no existe. ¿Y un villancico? Pues ese que empieza diciendo: “En los pueblos de mi Andalucía, los campanilleros por la madrugá…”. Así, con sus guitarras de acompañamiento y sus acordes flamencos; nada de la versión hortera de Raphael, no os vayáis a pensar… Porque se me mezcla la vena de canguro con mi sangre del sur, y se forma un batiburrillo marinístico del que todavía no he podido salir. Y si añadimos a Bob Marley haciendo de paje del rey Baltasar, obtenemos una ecuación que desconcertaría al mismísimo Lewis Carroll.

Humor marinístico para contrarrestar la nostalgia navideña… Pero en el fondo echo de menos todo. Echo de menos incluso lo que todavía no he perdido, y tengo la sensación de que lo que ocurre a mi alrededor, ahora, es un tesoro, un tesoro que un día echaré de menos, cuando también lo pierda y pase a formar parte de ese manto tejido con lágrimas que desenfoca hasta las luces de los semáforos. Y abrazo estos momentos y los estrecho contra mi corazón, porque los presiento mágicos.

Y me alegro de no ser rencorosa. A las personas que quiero, las quiero siempre, y si me hacen daño, sigo queriendo a su recuerdo. El recuerdo de cuando ellas también me querían a mí. Lo de querer tanto, y querer verdaderamente, no sé si es una virtud o una debilidad, porque nunca te puedes enfadar del todo. A mí no se me nota mucho, porque la gente me dice que soy fría y antipática -¡si ellos supieran!-, un poco a lo Luis Cernuda. Y eso que a veces siento que se me va a salir el corazón del pecho.

Tengo la debilidad de querer, de sentir mucho. Soy vulnerable, como un canguro en las montañas del Belén. Y os lo confieso justo hoy, para contribuir un poco al atracón de estereotipos y de Papás Noeles escaladores que se ven por estas fechas…

 Feliz Navidad a todos.


1 comentario:

Oski dijo...

Supongo que en cierto modo ese echar de menos es bonito, porque de otra forma no nos acordaríamos de las cosas ni de personas que ya no están. Cada cual elige la época del año que más le gusta para ponerse melancólico. Algunos el otoño les trae por la calle de la amargura, a otros la primera, los menos el verano y a los más clásicos el invierno con su navidad, sus lucecitas, sus turroncitos y sus sonrisas megafalsas. Y otros en la vida se ponen tristes ni melancólicos porque en la vida han echado, ni echarán nada en falta, pero tampoco los envidio lo más mínimo.

Tener un canguro en un Belén mola, como mola tener una jirafa o un hipopótamo, que más da ¿acaso no son estas las fiestas de todos? basta ya de usar viejos clichés. Hay que renovarse o morir :-) y no creo que por estar en un sitio que aparentemente no le corresponde ese canguro sea vulnerable. Quizás el ser único pueda volverse a su favor y los demás lo teman un poco...quién sabe.

Feliz navidad también a ti.

Abrazos.

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Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

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