domingo, 25 de noviembre de 2012

El sueño de una noche de verano


René Magritte



“Hay cosas conocidas y cosas desconocidas, y en medio están las puertas.”

Jim Morrison


Aquella noche no era la noche del último día sobre la Tierra. Madrid se disfrazaba de ciudad evanescente, brumosa de luceros escondidos y de esquinas solitarias. Sucedió en verano, como todos los sueños hermosos. Porque el otoño es la estación de la melancolía y el invierno sólo sirve para tiritar y para soñar otra vez con las luces de julio y agosto.

-¿Me consideras un amor imposible?

Ella lo miró, espantada.

-¡Qué directo! Yo… -tragó saliva-. Es mejor no abrir la Caja de Pandora. Lo que es imposible, será siempre imposible…
-Con tu ley de los amores imposibles, estás pasando por alto la posibilidad de que yo pudiera enamorarme de ti.
-¿Enamorarte tú de mí…? ¡No, ni se te ocurra! Eso sería terrible.

Sus palabras dieron lugar a unos segundos de silencio en los que él sonrió levemente, como vislumbrando el final de una historia que siempre había conocido.

-¿Y si ya lo estuviera?

Ella lo miró, sintiendo como, uno a uno, se rompían todos sus perfeccionados esquemas; calibrando su posición entre el presente y la invisible puerta desde la cual se vislumbraba el vacío de lo desconocido. Finalmente, guiada por fuerzas inconscientes, decidió cruzarla.

-Te respondería que yo también lo estoy…

Él volvió a sonreír, porque aquellas palabras no constituían en absoluto una revelación. Se acercó suavemente a ella y le dijo:

-¿Te atreverías a darme un beso?

La joven abrió mucho los ojos; parecía que se fuese a desmayar de un momento a otro. Al fin, consiguió articular una respuesta, que constituía en realidad otra pregunta:

-¿Y tú? ¿Te atreverías tú?

Él esperó unos segundos antes de responder:

-Claro…

Fue como saltar al vacío con los ojos vendados. Y el mundo entonces se resquebrajó en dos: lo que había sido antes de ese momento, y una historia nueva que empezaba justamente en aquel beso. Todas las Bellas Durmientes se despertaron, los versos de Salinas se volvieron realidad, y los maleficios de las brujas malvadas se desvanecieron de repente. La muchacha abrió los ojos dentro de aquel vacío, y se encontró a sí misma buceando en lo imposible, cuyas aguas eran de plata, dulces y aterciopeladas, y la envolvían en un abrazo cuajado de azules, de mares que no terminan y de finales felices. Aquella no era la noche del último día sobre la Tierra, pero hubiera podido serlo. 

Cuando se separaron, ella, aún con los ojos como platos, comenzó a acariciar con delicadeza el rostro de él, memorizando sus facciones, asegurándose de que podría recordarlas cuando despertase. Él, sin dejar de mirarla, dijo:

-Te he esperado toda la vida.

En el cielo infame de Madrid se encendieron las estrellas que nunca antes se habían vislumbrado. Y dentro de aquel sueño, ella soñó con no despertar jamás…

2 comentarios:

Romeo dijo...

Dichoso para siempre sea aquél que alcance la dicha que con tanta emoción has descrito. Porque será feliz para siempre junto al ser amado. Después de una noche de Stevenson y paseos bajo la asociación de William Blake, ella alcanzó a expresar, por fin, lo que tantas veces había soñado decirle. Y él amó por primera vez.

Oski dijo...

A veces en la realidad se pueden superar los sueños. Dicen que hay que tener paciencia y que todo se presenta aunque los amores reales rara vez se parezcan a los de los sueños, imperfección humana supongo.

Pero ¿quién no soñó alguna vez con no despertar de un sueño así? Es hermoso como transportas con las palabras, de tal forma que uno puede sentirse dentro de la historia. No es un don que tenga mucha gente.

Abrazos

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Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

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