jueves, 17 de enero de 2013

Destellos


Auguste Renoir


En vano escuchas la canción del muchacho jovial. Es una canción impersonal, exactamente pudiera ser otra canción cualquiera, y ése es el motivo de que te sientas atraído por el canto y su cantor.

Luis Cernuda



El Trapecista no había muerto, en realidad. Un día, ella volvió a distinguir su figura de negro y ámbar refulgiendo en mitad de algún lugar sin nombre, y casi sin materia. Porque el brillo del Trapecista todo lo envolvía. Vio de nuevo su cabello de azabache, recortado ya sin piedad, y aquellas cejas finas y expresivas que enmarcaban unos ojos melancólicos, de párpados caídos. Sus labios de papel, que se apretaban o se relajaban en una media sonrisa desvergonzada al ritmo de los acordes de la guitarra cuyas cuerdas pulsaban sus dedos ágiles. A su lado, un joven de rostro difuminado le acompañaba, entonando una canción con voz dulce.

Era una canción de amor. Ella no conocía el idioma, pero sabía que hay colores que solo se encienden cuando un fuego sin llamas arrasa por dentro el corazón. Que hay silencios que preceden a un epílogo, e historias que nunca comenzaron y que, por lo tanto, no pueden terminar.

En aquellos acordes surgían gotas de la sangre de Italia, destellos del azul de una mezquita turca, notas de una despedida en Venecia, breves vahos apagados de la ciudad lluviosa y gris que una vez estuvo a punto de conocer. Y también de aquella otra que sí conocía, la que no tenía nombre y se reducía a una estación imaginaria donde los trenes llegaban y se marchaban sin decir adiós. Ella siempre volvía a esa estación, sosteniendo una maleta llena de papeles inútiles, dispuesta a subirse al primer tren que la esperara. Pero cada vez que intentaba marcharse, se daba cuenta de que, en realidad, era ella la que estaba esperando a alguien, y por eso nunca podría marcharse del todo, y debía limitarse a mirar los trenes que se llevaban en sus bramidos mapas antiguos de ilusiones desnudas.

Los dedos del Trapecista acariciaban las cuerdas de la guitarra con delicadeza inusual, conmovedora. Unos instantes antes de terminar la canción, el Trapecista levantó la mirada y, durante unos segundos, resplandecieron sus ojos ambarinos, dulces en su tristeza desgarrada, rebeldes, con tintes de desafío frustrado, o de derrota. Unos ojos bonitos, infantiles, que la muchacha no había podido borrar de su memoria. Después, una vez más, su figura volvió a difuminarse hasta que no quedó más que un recuerdo.

La muchacha supo que aquella última mirada no iba dirigida a ella, sino a algún espectador silencioso y anónimo que todavía no conociera bien al Trapecista. Porque ella ya no existía para él, y él se había perdido en la distancia, en los años y hasta en un mapa de ilusiones, de los muchos que se llevaban consigo aquellos trenes que siempre se iban sin decir adiós.

En realidad, el Trapecista había muerto… 

martes, 8 de enero de 2013

Tal vez



Roy Lichtenstein


Il y avait une fois LA REALITÉ.

Louis Aragon


Creo que todo ha perdido su nombre. Si hubieras llegado antes. Las palabras me arañan y me atraviesan el corazón si oso bucear en mis razonamientos, y mirar un futuro sin brillos de libélulas en el aire. Y las cosas parecen terriblemente vacías. O tal vez, es una forma de camuflar los vacíos presentes. Ya no distingo más camino que mis propias pisadas.

Pero la vida es un rugido interminable…

Y otra vez, se hace necesario volver a saltar al vacío. Para poder seguir existiendo.

Teñida de azul, me atreveré a mirarte, entonces. Y tal vez consiga arrancar un nuevo comienzo a mi historia inacabada.

Tal vez haya lugar aún para la esperanza.

lunes, 31 de diciembre de 2012

El faro


Pablo Piccasso, "Guernica"



-Quisiera –dije a Aire aquella noche- volver a vivir otra vez, hora tras hora, todos estos días que tú y yo hemos vivido juntos.

Luis Cernuda



No se acabó el mundo, pero se apagaron muchas ilusiones con las luces de Navidad. El salón volvió a perfumarse de infancia el seis de enero. Creímos ver a Paul Newman, y casi nos ahogamos en sus ojos de lluvia. Pero al final, siempre se escapa de todos los abriles, incluso aunque tengan la mirada azul, porque siempre hay noches que fundir, y madrugadas. A los veinte años, aún se dispone de suficiente tiempo como para jugar con él a los fuegos artificiales. Amigos de unas horas a los que no volverás a ver. Otros que se han quedado a vivir en tu corazón, pero que en algún determinado momento te das cuenta de que ya no viven fuera, sin dentro. De que ya solo existen en tu recuerdo. Hay otros que llegan para quedarse, y algunos que se quedan porque nunca podrán irse.

No, no se acabó el mundo, pero alguna noche fue la última sobre la Tierra. Nos lanzamos al precipicio y sobrevivimos, y nadamos dulcemente por las aguas de lo desconocido. Despertaron algunas Bellas Durmientes y Alicia quiso regresar al otro lado del Espejo. Amaneció una mañana de película –de Bogart-, y una chica vestida de seda emergió del sol para fundirse como una acuarela entre la lluvia. Nos perdió por el laberinto de la ciudad, como ocurría en aquella canción de Al Stewart, pero para entonces ya sabíamos que esa chica –y su lluvia- tenían fecha de caducidad. Y se llamaba amanecer.

No se deshizo el sol, pero precipitaron muchas estrellas sobre el Atlántico. Algunas depositaban deseos antiguos sobre la arena, y otras se los llevaban muy lejos, donde termina el tiempo. Rockanrolleamos en una playa que a veces se confundía con el Paraíso. Corrimos descalzos y gritamos, y nos soltamos el cabello para entretener al viento de levante. Bebimos ojos verdes y madrugadas. Soñamos, una vez más, con que el verano durase para siempre. Y de camino, nos perdimos por calles donde nadie nos conocía. Andalucía se te mete muy dentro de la sangre, y hay una parte de ti que jamás se aleja del mar.

Hubo cosas que se perdieron. Otras que se recuperaron, porque nunca se habían perdido realmente. Algunas cosas se pierden muy despacio, igual que si se resistieran a perderse… Nada se pierde, mientras exista esa resistencia. Nos arriesgamos, nos destrozamos el corazón, desafiamos los ojos nublados de noviembre, jugamos en el cielo, nos equivocamos, ayudamos; fuimos egoístas, buenos, mezquinos, desagradecidos, cobardes, valientes, tolerantes, idealistas; mentimos, nos mintieron, nos fundimos con el aire y volvimos a aparecer una noche de diciembre.

Y al final, brilló la esperanza, como un faro construido al fondo de la locura, del caos, de la alegría, de las lágrimas, de la nostalgia.

Que ella sea la semilla de donde brote 2013.

Feliz Año, y muchas gracias a todos por estar a mi lado. Por aparecer, por quedaros. Por quererme tal y como soy, con mis errores, con mis aciertos. Por conocerme… Por equivocaros conmigo, perder ilusiones al apagarse las luces, escapar de abriles deshechos, nadar por lo desconocido, gritar en la playa, mentirme, sonreírme y abrazarme. A mis amigos, a los que vais a serlo. A los que lo habéis sido. No, no es un mensaje estereotipado; me ha salido del corazón…

lunes, 24 de diciembre de 2012

Qué hace un canguro como tú en un sitio como éste




Deja la aguja, Sofía.
En el telón de estrellas,
tú eres la Virgen María
y Caperucita encarnada.

Todos los pueblos te cantan de tú.

De tú
            que eres la luz
            que emerge de la luz.


Rafael Alberti



Es un estereotipo demasiado obvio: llegan las Navidades, te invade la melancolía. Y sin embargo, resulta muy cierto, al menos en mi caso –y en mi casa. Las luces del Árbol son las mismas. Yo no soy la misma. Primer choque espacio-temporal. El canguro se erige una vez más, desafiante, sobre las montañas del Portal de Belén. Si tuviera que elegir una figurita con la que identificarme, creo que elegiría ese canguro. Después de todo, yo estoy perdida, sí, pero aquí ninguno es quien dice ser: Herodes no tiene corona, en realidad es un San José retirado de su papel de San José cuando hace muchos años me compraron, en un Todo a cien, otro que tenía la túnica azul, en vez de morada. Y ya se sabe, la que me traigo yo con el azul… Y no se compran los San Josés por separado: venía con Virgen incluida, muy mona ella, sentada en un taburete y con cara de sufrimiento –y eso que acababa de nacer su hijo. ¿Y dónde pasó la antigua Virgen María? Pues se hizo lavandera, que es un oficio mucho menos rentable, porque ni te llevan oro, incienso o mirra, ni una mala oveja. Y por ahí anda, cerca del río de papel de plata, camuflada entre las otras lavanderas. Como Virgen, era una Virgen muy normalita; pero la verdad es que como lavandera, es la más bella de todas. En parte, porque hay muchas que están desteñidas, puesto que eran del Belén que ponía mi padre hace cuarenta años.

Y es que aquí no se jubila nadie. Dentro de poco, como la política siga igual en este país, nos va a pasar lo mismo que a las figuritas. ¿Solución? Todos a lavar al río. O a hacernos Herodes –sin corona, eso sí, que ya tenemos suficiente con los Bo[r]bones.

El mío debe ser el único Belén del mundo que tiene un canguro –exceptuando alguno de Australia, por aquello del patriotismo y esas cosas; creo que me encantaría conocerlo-, así que fuera de mi casa, si me convirtiera yo en canguro, tendría poco que hacer. En ningún Belén querrían un canguro, y encima ateo.

Divagaciones navideñas, que no falten. Prefiero eso a escribir una parrafada larguísima y melodramática sobre por qué no felicitaré las fiestas a quien no me quiere –y es que no hace falta ser canguro para no resultar querido. Basta con ser, en el buen sentido de la palabra, buena –sí, a veces me pregunto si no viviremos todos al otro lado del espejo por el que Alicia cruzó aquel día… Pero yo me llevo los recuerdos, como buena sentimental, y esos nadie me los quita. Tengo una sábana de lágrimas tejida con recuerdos que cada Nochebuena dejo caer sobre el firmamento de Madrid, para que las luces de la ciudad se desenfoquen –las lágrimas nunca fallan; eso o quitarse las lentillas- y se me olvide por un instante el año, lo que me falta y hasta mi propia persona. Me gusta jugar a tener seis años, a ser una niña estereotipada que se pone triste con la llegada de las Navidades –un poco más triste que de costumbre- porque se acuerda de que hay personas que ya no están, y el vacío quema en el corazón como un hierro candente.

Definitivamente, no puedo dejar de ser una sentimental. O un canguro. Sí; si tuviera que elegir ser una figura del Portalito, sería un canguro: la figura que no existe. ¿Y un villancico? Pues ese que empieza diciendo: “En los pueblos de mi Andalucía, los campanilleros por la madrugá…”. Así, con sus guitarras de acompañamiento y sus acordes flamencos; nada de la versión hortera de Raphael, no os vayáis a pensar… Porque se me mezcla la vena de canguro con mi sangre del sur, y se forma un batiburrillo marinístico del que todavía no he podido salir. Y si añadimos a Bob Marley haciendo de paje del rey Baltasar, obtenemos una ecuación que desconcertaría al mismísimo Lewis Carroll.

Humor marinístico para contrarrestar la nostalgia navideña… Pero en el fondo echo de menos todo. Echo de menos incluso lo que todavía no he perdido, y tengo la sensación de que lo que ocurre a mi alrededor, ahora, es un tesoro, un tesoro que un día echaré de menos, cuando también lo pierda y pase a formar parte de ese manto tejido con lágrimas que desenfoca hasta las luces de los semáforos. Y abrazo estos momentos y los estrecho contra mi corazón, porque los presiento mágicos.

Y me alegro de no ser rencorosa. A las personas que quiero, las quiero siempre, y si me hacen daño, sigo queriendo a su recuerdo. El recuerdo de cuando ellas también me querían a mí. Lo de querer tanto, y querer verdaderamente, no sé si es una virtud o una debilidad, porque nunca te puedes enfadar del todo. A mí no se me nota mucho, porque la gente me dice que soy fría y antipática -¡si ellos supieran!-, un poco a lo Luis Cernuda. Y eso que a veces siento que se me va a salir el corazón del pecho.

Tengo la debilidad de querer, de sentir mucho. Soy vulnerable, como un canguro en las montañas del Belén. Y os lo confieso justo hoy, para contribuir un poco al atracón de estereotipos y de Papás Noeles escaladores que se ven por estas fechas…

 Feliz Navidad a todos.


viernes, 14 de diciembre de 2012

La ciudad de las nubes



"La corde sensible", René Magritte


Aunque el tiempo me borre de vosotros
mi juventud dará la muerte al tiempo.

José Hierro


Eres una de esas personas que sé que siempre van a estar ahí.

Puedo decir eso de muy pocas. Creo que eres la segunda, sin contar a mi familia. Hace tiempo, decía aquello de “cuando nuestros mundos se alejen…”. Pero después de este verano, de mi carta, de tu llamada, de las lágrimas; tengo muy claro que siempre estaremos juntas.


Érase una vez una ciudad construida con nubes. Los edificios, el suelo, los árboles: todos estaban hechos de nubes. El horizonte, de nubes coloreadas de sombras amarillas y rojizas, en un constante crepúsculo, se recortaba sobre un mar inmenso, azul, como un escalofrío de sueños. Había casitas bajas, y había rascacielos que sonreían a los caminantes. Había panaderías que impregnaban las calles de un delicioso aroma a bollos recién hechos y a viernes –el olor de los viernes es distinto al de cualquier otro día de la semana.

Cada día, Rafael Alberti bajaba a la playa, a contemplar el mar, que rimaba con el azul de sus ojos, y a escribir poemas. Sus cabellos eran rubios otra vez, su piel tersa, y en la sonrisa llevaba colgado el rumor del viento de levante. María Teresa, su eterno amor, sonreía sentada en una roca –hecha también de nubes-, mientras memorizaba sus melancolías.

En uno de aquellos atardeceres, apareció un hombre junto a la orilla. Era joven, y parecía desconcertado. Rafael y María Teresa corrieron a su lado, y a ayudaron a sostenerse, ya que en su estado de estupor parecía imposible que se pudiera mantener en pie. Aquel hombre estaba empeñado en que él tenía más de noventa años, en que se había vuelto loco, porque miraba sus manos y en ellas no había una sola arruga. Rafael le explicó que, en aquella ciudad, nadie podía envejecer. Hacía muchos, muchísimos años, cuando aún existía el tiempo, había caído un meteorito que detenía el crecimiento –y la muerte.

Rafael le contó más cosas al recién llegado: que Fernando Fernán Gómez actuaba esa misma noche en el Gran Teatro Nublado, que iría a verlo nada menos que el gran Paul Newman, y que alguien estaba tratando de convencer a Mozart para que pusiera el acompañamiento musical. Que él tenía una entrada de sobra, y casi podía decir que dos, porque uno de sus acompañantes, Luis Cernuda, se había ofuscado en el último momento, y seguramente preferiría quedarse en casa o ir a la de Oscar Wilde para debatir acerca del dandismo… Rafael le ofreció las dos entradas al hombre: una para él y otra para su esposa. Su esposa, que le esperaba en una deliciosa casita de dos plantas, hecha de nubes.

Cuando el hombre oyó hablar de su esposa, y de que ella lo esperaba, se olvidó de coger las entradas y su rostro se iluminó con una sonrisa soñadora, como la de otros tiempos. Mientras caminaba hacia su nuevo hogar, se cruzó con otro hombre joven, alto, de cabello rubio y ojos muy verdes. Parecía que le conociera, aunque nunca antes le hubiese visto. Él llevaba ya dos años viviendo en la ciudad de las nubes.

Los dos sabían que muy lejos, dos muchachas lloraban porque no podían tenerlos a su lado. Lo que ellas desconocían es que los sentimientos son más corpóreos que la presencia física, y esos no se esfuman. Son capaces, incluso, de construir ciudades –hechas de nubes.


Te dedico este cuento, porque así me lo imagino yo. Y porque a veces, es necesario soñar un final feliz…

viernes, 30 de noviembre de 2012

Let's dance


René Magritte, "Magie noire"



Vacío, anduve sin rumbo por la ciudad. Gentes extrañas pasaban a mi lado sin verme. Un cuerpo se derritió con leve susurro al tropezarme. Anduve más y más.

No sentía mis pies. Quise cogerlos en mi mano y no hallé mis manos; quise gritar, y no hallé mi voz. La niebla me envolvía.

Luis Cernuda



Para despertar de un sueño, basta con emprender el vuelo o cerrar los ojos…

Cerré los ojos con fuerza  y conté hasta diez.

Al abrirlos, todo había desaparecido. Erik Satie devoraba el crepúsculo desde el tocadiscos del salón, y mis dedos volvieron a acariciar imaginariamente las teclas de aquel piano.

Era otra vez yo, bailando valses sobre el parquet cuando nadie me veía, con la sombra de mis diecisiete años posada sobre el hombro y el fantasma de un amor inexistente frente a mí, preguntándome si le concedía el siguiente baile.

Todo aquello cruzó por mis pupilas al abrir los ojos.

Desde la ventana de mi habitación, podía ver el madrileño hospital Doce de octubre, donde vine al mundo hace algo más de veintitrés años. Pensé que en esos veintitrés años he avanzado poco, si desde mi ventana puedo seguir contemplando mi lugar de origen. La realidad resulta tan paradójica. Tal vez, las cosas no cambien del todo, y la vida sea un solo verso interminable, como decía Gerardo Diego. Si el día de mi nacimiento hubiera podido mirar por la ventana de la habitación de aquel hospital, hubiese visto el solar vacío donde seis años más tarde se levantaría mi urbanización. La mirada es lo que cambia: no es igual sentir un estremecimiento al pasar en el autobús frente al Tanatorio Sur, que asomarse a la terraza de ese mismo tanatorio, con el alma hecha añicos, y ver pasar los autobuses.

¿Por qué no bailar otra vez? En realidad, nadie me mira: soy yo quien los contemplo a todos, y anoto sus gestos, dibujo sus facciones en un mapa imaginario que guardo en una media sonrisa intrigante, lejana. En otras ocasiones, paseo por el mundo como si me deslizara por el interior de una bola de cristal, de esas bolas que se compran como souvenir en cualquier ciudad europea, y lloro con lágrimas invisibles.

Invisibles… invisible. ¿Cuál es la verdadera respuesta? Resulta maravilloso sentirse mirada, contemplada, pensada, pero finalmente acaba siendo un reflejo, una ilusión. Podría bailar por todas las calles del mundo sin que nadie se detuviera para mirarme. Podría volar. Podría arrugar el universo como una bola de papel, y soplar, y alejarme de todo, hasta de mi conciencia. Y el universo se quedaría allí, pequeñito, abandonado en medio de la nada, con sus millones de almas ciegas buceando por los mares de la felicidad. Entonces nadie me recordaría, salvo mi propia sangre, esparcida sobre la tierra.

Es difícil mirar las sonrisas invisibles. Se confunden con las luces del día, y por la noche se desvanecen hasta perderse. Tampoco es que los invisibles resultemos muy atractivos; lo que nadie se imagina es que dentro de cada uno de nosotros hay un planeta en miniatura, inundado de mundos. Eso solo lo sabe el propio invisible.

Es difícil, incluso, que se detengan para leer estas palabras, o que las busquen, buscándome a mí en ellas. Tan difícil como que alguien me espíe mientras dibujo valses con los ojos cerrados.

No; nadie me mira. Bailemos…

domingo, 25 de noviembre de 2012

El sueño de una noche de verano


René Magritte



“Hay cosas conocidas y cosas desconocidas, y en medio están las puertas.”

Jim Morrison


Aquella noche no era la noche del último día sobre la Tierra. Madrid se disfrazaba de ciudad evanescente, brumosa de luceros escondidos y de esquinas solitarias. Sucedió en verano, como todos los sueños hermosos. Porque el otoño es la estación de la melancolía y el invierno sólo sirve para tiritar y para soñar otra vez con las luces de julio y agosto.

-¿Me consideras un amor imposible?

Ella lo miró, espantada.

-¡Qué directo! Yo… -tragó saliva-. Es mejor no abrir la Caja de Pandora. Lo que es imposible, será siempre imposible…
-Con tu ley de los amores imposibles, estás pasando por alto la posibilidad de que yo pudiera enamorarme de ti.
-¿Enamorarte tú de mí…? ¡No, ni se te ocurra! Eso sería terrible.

Sus palabras dieron lugar a unos segundos de silencio en los que él sonrió levemente, como vislumbrando el final de una historia que siempre había conocido.

-¿Y si ya lo estuviera?

Ella lo miró, sintiendo como, uno a uno, se rompían todos sus perfeccionados esquemas; calibrando su posición entre el presente y la invisible puerta desde la cual se vislumbraba el vacío de lo desconocido. Finalmente, guiada por fuerzas inconscientes, decidió cruzarla.

-Te respondería que yo también lo estoy…

Él volvió a sonreír, porque aquellas palabras no constituían en absoluto una revelación. Se acercó suavemente a ella y le dijo:

-¿Te atreverías a darme un beso?

La joven abrió mucho los ojos; parecía que se fuese a desmayar de un momento a otro. Al fin, consiguió articular una respuesta, que constituía en realidad otra pregunta:

-¿Y tú? ¿Te atreverías tú?

Él esperó unos segundos antes de responder:

-Claro…

Fue como saltar al vacío con los ojos vendados. Y el mundo entonces se resquebrajó en dos: lo que había sido antes de ese momento, y una historia nueva que empezaba justamente en aquel beso. Todas las Bellas Durmientes se despertaron, los versos de Salinas se volvieron realidad, y los maleficios de las brujas malvadas se desvanecieron de repente. La muchacha abrió los ojos dentro de aquel vacío, y se encontró a sí misma buceando en lo imposible, cuyas aguas eran de plata, dulces y aterciopeladas, y la envolvían en un abrazo cuajado de azules, de mares que no terminan y de finales felices. Aquella no era la noche del último día sobre la Tierra, pero hubiera podido serlo. 

Cuando se separaron, ella, aún con los ojos como platos, comenzó a acariciar con delicadeza el rostro de él, memorizando sus facciones, asegurándose de que podría recordarlas cuando despertase. Él, sin dejar de mirarla, dijo:

-Te he esperado toda la vida.

En el cielo infame de Madrid se encendieron las estrellas que nunca antes se habían vislumbrado. Y dentro de aquel sueño, ella soñó con no despertar jamás…

jueves, 22 de noviembre de 2012

La espera



Roy Lichtenstein


Como las nubes ceden luz
Como un amor dudando nace

Luis Cernuda



Tenía el cabello castaño, esponjoso, con suaves bucles derramándose sobre la frente. Una sonrisa bonita, grande e infantil; la nariz recta, aristocrática; los ojos negros y amables. Era algo así como el amigo de la amiga de una amiga. Lo curioso, sin embargo, es que tiempo después ella no podía recordar a su amiga original, y sí a aquel simpático muchacho, alto y delgaducho, que vestía con una camiseta gris de algodón y unos vaqueros, con el que estuvo hablando toda la noche.

Recordaba la luz de su mirada, que lo sumía en un aura de inocencia. Era bondad lo que transmitían aquellos ojos, y una nota de profundidad y calidez que muy pocos seres pueden conservar después de traspasar el umbral de la adolescencia. Parecía como si se conocieran desde siempre. Y eso que ella era la chica introvertida, poco carismática, torpe en cuanto a habilidades sociales; y él representaba todo lo contrario: no había nadie que no lo conociera, que no lo buscara. Sin embargo, durante esas horas solo tenía ojos para ella.

Recordaba sobre todo el final de la noche, cuando ambos, junto con la amiga de la que ya apenas se acordaba, se tumbaron sobre el césped húmedo, escuchando el coro de grillos que ponía un broche plateado al verano.

Hablaban de un viaje a quién sabe dónde: su amiga trataba de convencerla para que se uniera.

-¿Tú también vas? –le preguntó ella al chico, que en ese momento la miraba profundamente.

De repente, no existía ya la amiga. Tal vez se hubiera quedado dormida, o tal vez se marchase discretamente; el caso es que, de repente, se habían quedado los dos solos.

-¿Tú quieres que vaya?

Tenía una voz suave, transparente: una voz que acentuaba aún más su juventud.

-Claro…
-No… No me has entendido. Me refiero a si… si de verdad quieres que vaya.

Dicho esto, la besó brevemente en los labios. Fue un beso diminuto, dulcísimo. Ella sintió arder sus mejillas, compuso una sonrisa ruborizada y musitó:

-Sí; de verdad.

Entonces, él también sonrió con timidez, con exquisita inseguridad, y se apartó un mechón castaño de la frente.

-Iré.


Después, desapareció. No recordaba con qué excusa. Ella se quedó esperándolo en el jardín, pensando en su nombre que el tiempo le haría olvidar.

-No te preocupes; volverá –le dijo su amiga, divertida ante su solemne espera.

Pero lo cierto es que no volvió. Nunca volvió. Su recuerdo quedó enquistado para siempre en mitad de un confuso laberinto de veranos, noches, grillos, cabellos castaños y viajes a ninguna parte. Se confundía con la materia de la que están hechos los sueños.

Sin embargo, no había pasado tanto tiempo. Tal vez una noche, tal vez varios años. Qué podía importar… Ella no dejaría de esperarlo. 

Entradas populares

Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

Ángel González

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

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Con José Manuel Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes de Madrid, 2011

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de los premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Lectura de poemas en la Feria del Libro 2010 de Madrid

Casa natal de Luis Cernuda, Calle Acetres, Sevilla, 2010

Casa de Luis Cernuda durante los años 20, Calle del Aire, Sevilla, 2008

Con la estatua a Federico García Lorca, Madrid, 2008

Casa de Rafael Alberti, El Puerto de Santa María, Cádiz, 2008

Casa natal de Antonio Machado, Palacio de Dueñas. Sevilla, 2010

Residencia de Estudiantes de Madrid, 2008

Museo Dalí, Figueras, Cataluña, 2008

Con la estatua a Ramón Mª del Valle Inclán, Madrid, 2010
Te juzgan mal y sufres por eso. Eres de nieve por fuera y de llama por dentro. Quien te toca se hiela mientras tú te abrasas. No sabes querer y estás queriendo siempre; no sabes vivir y estás vivo. Tu sitio no está en ninguna parte, siempre desearás un lugar diferente...

Luis Cernuda, Comedia inacabada y sin título