miércoles, 27 de junio de 2012

El viaje





Sólo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada
y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética.

Rafael Alberti


Isabel baja los escalones de la nave de dos en dos, recogiéndose el vestido como ha visto hacer a las princesas de las películas –a pesar de que su vestido no llega más que hasta las rodillas y no sea necesario recogerlo. Pablito va detrás de ella, inmerso en un trotecillo alegre, preguntándole insistentemente dónde van a viajar ese día. Isabel prefiere mantener el misterio y aguarda hasta el momento en que ambos atraviesan el portal del edificio. Entonces anuncia:

-Pablito, hemos aterrizado en Saturno.
-¿Saturno? Jo, yo quería Júpiter. ¡Júpiter es más grande!
-Pero Saturno tiene anillos, ¡enano!

Pues claro: Saturno tiene anillos. Y son anillos por los que se puede pasear alegremente, o incluso correr, en caso de que algún meteorito amenace la seguridad de los intrépidos astronautas.

-¡Vamos, Pablito, debemos entrar en la Nave Estrella antes de que sea tarde!

La Capitana ha hablado, y nadie podría llevarle la contraria. La Nave Estrella resulta misteriosamente parecida a un arenero, con puestos de mando que se asemejan a columpios. Isabel y Pablito ocupan cada uno un asiento, y la valiente capitana inicia el despegue. Ambos se despiden de la inestable superficie de Saturno –y de sus anillos-, flanqueados por un coro de grillos inherente a las noches de verano.

-Isabel, ¿podemos ir ahora a Júpiter? –pregunta Pablito.
-De eso nada, enano, ahora la Tierra nos necesita. Tú y yo tenemos un viaje a la selva del Amazonas pendiente.

La Nave Estrella es tan rauda que consiguen alcanzar el Planeta Azul en cuestión de minutos. El paisaje que se presenta parece –sólo parece- idéntico al de Saturno, con su coro de grillos incluido. Isabel guía la expedición hacia una profunda cuesta y le explica a su hermano pequeño:

-Pablito, estamos frente al río Amazonas. Hay que cruzarlo para seguir el viaje, pero mucho cuidado: el agua está plagada de cocodrilos… Tú intenta seguirme, ¿vale?

Pablito al principio no ve el agua –el río parece más bien un desnivel del terreno por el que se accede a una pista de paddle-, pero en cuanto su hermana le pone sobre aviso, es testigo de cómo crece el inmenso caudal ante sus propios ojos. Tiene miedo de los cocodrilos, pero sabe que si se mantiene cerca de Isabel, todo irá bien.

Isabel avanza con arrojo por entre las aguas y, en un momento dado, coge a Pablito de la mano para que no se quede atrás. Al final, consiguen alcanzar la otra orilla sanos y salvos, mientras los cocodrilos se arremolinan, frustrados, unos metros más allá.

-Por fin hemos llegado a la Laguna de la Muerte –anuncia Isabel-. Los nativos de esta tierra la llaman así porque entre sus aguas se esconden criaturas mitológicas que aguardan impacientes a que algún desprevenido explorador se interne en ellas, y entonces lo invaden con su maldición y nunca, jamás, puede salir de allí. El explorador se transforma en monstruo, y solo a veces, cuando se refleja la luna llena en la superficie del agua, recupera su verdadera forma y emerge como una sombra sobre las aguas, para después volver a sumergirse…

Pablito guarda silencio, impresionado, mientras contempla la Laguna de la Muerte que, de noche, parece mucho más amenazadora que por la mañana, cuando solo es una piscina en la que Isabel y él se transforman en algo llamado “gatos de agua”, que son unos felinos que pueden respirar debajo del agua, y que corren aventuras huyendo de los tiburones y desafiando las tempestades –en las piscinas también hay tiburones y tempestades, ¿quién ha dicho que no? Y él, Pablito, deja de ser Pablito para convertirse en un gato de agua llamado Miautonto, que es un nombre inventado por Isabel y que, por mucho que pueda parecer ofensivo, en realidad es un alarde a su inteligencia. Si lo dice Isabel, ya no hay más que hablar.

-¿Isabel?

El niño deja atrás sus cavilaciones y contempla a su hermana, que parece haberse quedado abstraída mirando la superficie de la Laguna de la Muerte.

-No soy Isabel… Soy la gata Blanquita: he poseído el cuerpo de tu hermana durante un rato para ayudarte a desafiar a los monstruos de estas tierras.

Blanquita –o Isabel- mira al estupefacto Pablito, orgullosa de sí misma y de su poder de convicción. ¿Hasta cuándo se lo seguirá creyendo…?


Faltarían unos años para aquella otra aventura acaecida en 2006, la búsqueda del Terodactylus Waxineubus Supremus: http://www.youtube.com/watch?v=7YfefDlaxeM


lunes, 18 de junio de 2012

You're lost


"Capuchin friar by the sea", Caspar David Friedrich


Escribir un poema bajo la lluvia es equivalente a firmar una especie de silencioso pacto de locura con la Naturaleza. No puedes evitar pensarlo mientras, a tu alrededor, la gente recoge las toallas y las hamacas apresuradamente, como si en vez de agua lloviera fuego. Sus rostros te son tan familiares: son los mismos rostros de cada verano, de cada temporada de piscina, de cada saludo incómodo proferido sin entusiasmo mientras acaba de abrirse el ascensor. El paso del tiempo ha establecido una barrera entre ellos y tú: os miráis de lejos, contemplándoos mutuamente como raros especímenes pendientes de estudio. Nada mejor que aprovechar la etiqueta que amablemente te han concedido de antipática, rara, solitaria. Hace ya años que ni siquiera te molestas en ensayar la hipocresía. Y así, los contemplas levantando el campamento, corriendo estúpidamente como un rebaño de ovejas asustadas, abriendo desmesuradamente los ojos con una mezcla de emoción y estupor, articulando sus labios frases que no llegas a escuchar, porque lo único que escuchas en ese momento es la voz de Jim Morrison emergiendo de tus auriculares, grave y oscura, tormentosa como la tarde. Y eso los hace más lejanos.

You're lost, little girl.
You're lost, little girl.
You're lost…
Tell me: who
are you?


Alguno parece darse cuenta de tu presencia indiferente bajo la lluvia, esboza una mueca burlona y sigue corriendo. No importa: la lluvia de verano es distinta. Continúas sentada en la toalla, sobre el césped, mientras el aire comienza a perfumarse de humedad y las diminutas gotas acarician tu piel casi con dulzura. Pronto no queda nadie a tu alrededor. El cuaderno se ha llenado de motitas dispersas de agua que emborronan las pocas frases escritas. No importa…

Y eso que tú solo saliste al jardín para recrearte en el azul del cielo y traducirlo a palabras antes de ahogarte entre los muros de tu habitación. Pero el clima parece haberse puesto de acuerdo con tu estado de ánimo, igual que les ocurría a los poetas románticos; y las tardes lluviosas de verano solo sirven para caminar sola muy lejos, sin rumbo aparente, afirmándote en tu soledad y, si es posible, escuchando a Jim Morrison –el Adagio de Albinoni resultaría más aconsejable para los otoños.

I think that you know what to do.
Impossible? Yes, but it's true.
I think that you know what to do, yeah…
I'm sure that you know what to do.


Desde hace días, un alien parece haberse adueñado de tu espíritu, como en aquella película setentera llamada La invasión de los ultracuerpos. Y te impide concentrarte en cualquier actividad, y trazar planes prácticos, y organizar las vacaciones; y estira las horas del reloj; y te induce un extraño cansancio, como si te estuviera chupando toda la energía desde algún punto indeterminado de tu organismo. Cualquier momento es bueno para amodorrarte: se acabo el trasnochar, el madrugar. La evasión en los sueños es demasiado tentadora, piensas, o tal vez te esté ocurriendo lo mismo que al desgraciado protagonista de La metamorfosis, excepto porque –afortunadamente- en vez de mutar a cucaracha, mutas a gato. Ellos también pasan el día sin hacer nada práctico, amodorrados.

La lluvia comienza a remitir, y de repente te das cuenta de que al fin has sido capaz de hacer algo, aunque sea no sea más que plasmar extrañas divagaciones en la empapada hoja del cuaderno. Tal vez mañana recuperes la vitalidad perdida… Tal vez.

You're lost little girl…
You're lost little girl…
You're lost… 


*Nota: La estrofas transcritas pertenecen a la canción You're lost, little girl, de The Doors: http://www.youtube.com/watch?v=U_KXd6fqflI

domingo, 17 de junio de 2012

La llave





Pero a ti quiero mirarte hasta que tu rostro se aleje de mi miedo como un pájaro del borde filoso de la noche.


Alejandra Pizarnik




Nunca había conocido a nadie con tu color de ojos. Eran grises y serenos, como el océano bajo un cielo nuboso en esas horas de calma que siempre preceden a la tempestad, y contrastaban exquisitamente con el azabache de tu cabello. Muy delgado, no demasiado alto, con una sonrisa seria pintada en el rostro; así es como recuerdo haberte visto por primera vez, destacando sobre la multitud parda de aquel antro como un lucero en mitad de una noche sin estrellas. Llevabas una camisa de cuadros y una especie de sandalias, de esas que llaman mallorquinas, que tanto gustan por Cataluña. Rápidamente, te imaginé con un traje al estilo de la época victoriana, porque algo en tu porte y en tu rostro me hacía verte como a uno de los elegantes personajes masculinos de las novelas de Jane Austen.

La multitud desapareció de repente, cuando noté que mi mirada era correspondida por la pálida lucidez de tus ojos. Nos encontrábamos ya en el salón de baile de un palacio inglés. Luces veladas y un suave vals eran el telón de fondo de mi loca imaginación. Caminaste hacia mí, como si eso también formara parte del sueño –sin embargo, era una realidad tan inmensa que casi consiguió cegarme. Y al hablar, hasta tu voz era delicada, con un sutil acento catalán que llenaba de azules el aire.

martes, 5 de junio de 2012

La tristeza que tuvo tu valiente alegría




A las tres de la mañana, Federico cambia de asiento una vez más. Coge un cigarrillo que no enciende. Fuma poco y, cuando lo hace, no aspira el humo.

-Ahora –anuncia, girando sobre el taburete del piano en el que se ha instalado-, antes de irme, y os pido perdón por hacerlo tan pronto, voy a cantaros “La canción del burro”.

Y, tras un delicioso preludio tocado con sutileza, comienza a cantar:

Ya se murió el burro,
que acarreaba la vinagre,
ya se lo llevó Dios
de esta vida miserable.
Que tururururú,
que tururururú…

Y la musiquilla es tan exquisita, tan tierna y contagiosa, que terminamos, detrás de él, cantando en coro una estrofa y otra, otra más […]. Federico aplaude. Bueno. Pero ya es hora de retirarse. En la puerta nos refiere todavía la emoción incomparable que ha experimentado en la carretera ante el extraordinario espectáculo “de un zapato colgado en la rama de un árbol”.

-¡Cosa tremenda –exclama- que vale la pena ir a ver!
-Ponte el abrigo, hombre, que hace frío…

Como si nos hubiéramos conocido siempre.

Luego vuelve para recoger un paquete que por último, no había traído. Se le oye gritar desde un rellano de la escalera:

-¡Que se ha “apagao” la luz!

Claro. Ha tardado tanto en despedirse… Se siente el golpe estrepitoso de la puerta de la calle. Se ha marchado.

Y se produce entonces una cosa inesperada, que no es normal, que tiene algo de sortilegio. El vacío de su ausencia. Y ha venido hoy por vez primera.


Carlos Morla Lynch, En España con Federico García Lorca




Hoy me he acordado, misteriosamente, de la primera vez que vi sus pupilas inmensas mirándome desde una fotografía en blanco y negro, en la portada de un disco de Ana Belén que habían comprado en casa titulado Lorquiana, en el que la cantante versionaba varios de los poemas más famosos del granadino –con resultados, en algunos casos, emocionantes. Se trataba de un montaje en el que se veía a Ana Belén junto a un jovencísimo Lorca que posaba en una silla, con chaqueta oscura y pajarita, el cabello ensortijado y la mano izquierda sujetándose la mejilla en gesto reflexivo. Yo era pequeña, y su mirada me parecía grave y profundamente triste; y esta sensación se intensificó cuando mi madre me dijo que lo habían asesinado por ser poeta, por ser de izquierdas y por ser homosexual, a comienzos de la Guerra Civil. Debía ser muy pequeña, porque recuerdo que no tenía demasiada conciencia de la temporalidad, y que me pareció perfectamente normal ver allí a Ana Belén, posando junto a Federico, y que pensé “Vaya, así que ella pudo conocerle, y debieron ser amigos”. La fecha “comienzos de la Guerra Civil” sonaba demasiado borrosa por entonces. 

Era la primera vez que veía una fotografía de Lorca, aunque me acordaba de algún poema suyo, de un libro llamado Federico García Lorca para niños, que mi padre me había traído de la biblioteca del colegio. Empezaba así: “Amanecía en el naranjel, / abejitas de oro / buscaban la miel. / ¿Dónde estará la miel? / Está en la flor azul, Isabel; / en la flor del romero aquel”. Me sabía el poema de memoria, porque Isabel era mi nombre favorito. Yo quería haberme llamado Isabel, en vez de Marina. Mi abuela también se llamaba Isabel.

Recuerdo, más adelante, aquella primera lectura obligada del Romancero gitano, ya a los trece años, que tan árida me resultó. La profesora de Lengua nos había dado a elegir entre esa obra y las Rimas de Bécquer, pero me decidí por Lorca siguiendo el consejo de mi padre, que me dijo que “era mucho más moderno”. El caso es que me arrepentí, porque cuando leía en los libros de algunos compañeros aquellas rimas tan cortitas y tan románticas, renegaba de las imágenes lorquianas, tan misteriosas e incomprensibles, que hablaban de asesinatos y de venganzas y de pasiones que yo encontraba violentas y lejanas.

Nadie me podía decir, por entonces, todo lo que Federico García Lorca acabaría representando en mi vida. Pero aun hoy, después de haber leído decenas de biografías, de ensayos, de memorias que hablan sobre él, sobre su inmenso optimismo y su corazón desbordado, sigue prevaleciendo en mí la primera imagen que conservo: esa en la que –hoy lo sé- no tenía más de 21 años y aparecía sentado en una silla, con gesto grave y aquella “tristeza que tuvo su valiente alegría”.



Preferí recordar todo esto, a comenzar mi pequeño homenaje diciendo, una vez más: Tal día como hoy,  5 de junio, hace 114 años, nacía en la Vega de Granada Federico García Lorca…

jueves, 31 de mayo de 2012

Alguien más




Hasta las hojas más íntimas
Ojos de la Tormenta estaba enamorado
aun sin saber de quién.
Enamorado a pesar de los muertos
que por las noches en traje de mañana estiraban el aire
recubriendo los pies de aquel muchacho innumerable
con sonrisa partida como el que siempre espera.

Luis Cernuda, “Alguien más"




Hay noches en las que el mundo se parece a una canción de Al Stewart, y me presiento cuajada de habitaciones de hoteles y de maletas a medio deshacer, en medio de rascacielos indiferentes y de ciudades sin alma. Si estás a mi lado, esas mismas ciudades se encienden y sonríen con fogonazos de neón, y hay voces que gritan a todo color MANHATTAN MANHATTAN MANHATTAN. Nunca comprendo el motivo, pero, en cambio, sé que podríamos pasarnos la noche entera vigilando las tormentas de los transeúntes desde la terraza del piso 72 de aquel rascacielos que todavía ningún arquitecto ha decidido construir.

Me gusta mirarte a los ojos. No los tienes de ningún color; o más bien: los tienes de todos los colores. A veces eres rubio, y después, poco a poco, tu cabello se va oscureciendo y tu sonrisa no es la misma. Eres muchas personas a la vez, y ninguna. Pero tu forma de mirarme no cambia, y siempre que eso  ocurre me acuerdo de aquellas palabras de Goytisolo, aquellas que decían: “Miras a quien te mira y quisieras tener el poder necesario para ordenar que en ese mismo instante se detuvieran todos los relojes del mundo”.

Luego el viento se deshace a nuestro alrededor y la noche se vuelve la nuit, y los colores cortantes del crepúsculo sucumben a aquel París bohemio que solo existe en imaginaciones sobrecargadas de fogonazos (MANHATTAN MANHATTAN MANHATTAN). Al fin y al cabo, de París únicamente queda un trocito junto al Sacré Coeur: un rinconcillo tamizado de acordeón en el que, mirando a través de unas rejas, se puede contemplar la Tour Eiffel. Porque todos los poetas malditos y las historias de revoluciones viajan en tus pupilas, esas cuyo color me gustaría adivinar. Por fin logro escuchar La vie en rose sin la venenosa dosis de tristeza que me desbordaba las entrañas.

Pero si tuviera que elegir una canción de amor, ya sabes cuál sería. Me la reservo para el sueño de alguna noche del verano madrileño en la que incluso las estrellas se atrevan a escapar por el lienzo postimpresionista del firmamento. No me preguntes en qué lugar estamos; no soy capaz de distinguirlo. Me siento hechizada por tu voz, que me envuelve y me acuna despacio, como si no fuera más que una niña que tuviera frío. Me coges de la mano, comenzamos a caminar por calles por las que nunca había pasado –tú, y solo tú, conoces todos sus secretos- y, a lo lejos, la ciudad resplandece. Sí: lo has adivinado. Es nuestra canción: aquella de los Moody Blues que se pierde por las lejanísimas fronteras del siglo veinte. Quisiera volver. No; más bien quisiera que volvieses. Aunque no te vea. O mejor aún: quisiera bailar, pero bailar de verdad, despacio, mirándonos a los ojos –a tus ojos desconocidos. Parece que a todo el mundo se le ha olvidado, ¡y yo que todavía tengo que aprender…! Te estaba esperando; sabía que llegarías, para enseñarme, porque a ti sí te gusta bailar. Moriremos bailando las noches de blanco satén mientras Madrid se consume en su propio fuego de alto voltaje y, al despertar la mañana…


¡…No! Has vuelto a cambiar de canción. ¿Es porque está amaneciendo? ¿Porque lentamente regresamos a Al Stewart y a mi Manhattan imposible y a las horas secuestradas en una maleta sin haberme movido de mi habitación? Sí, ya recuerdo cómo empezaba: On a morning from a Bogart movie, in a country when they turn back time… Humphrey nunca fue guapo, ¿verdad? Pero tenía algo en la mirada que… Algo que parecía decir: “Volveré”.

¿Volverás tú también? Sí; sí que lo harás; todavía no me has enseñado a bailar… pero vuelve convertido en ti mismo, para que pueda mirar tu pelo y el verdadero color de tus ojos.



Te vas otra vez, despacio, como arrepintiéndote. La ciudad comienza a desvanecerse de nuevo en el gris de los aires, y una pregunta se queda flotando entre la niebla.


¿Quién eres? 

martes, 22 de mayo de 2012

La manía persecutoria de las sonrisas


Cisnes reflejados en elefantes, Salvador Dalí


Era cenora y los flexosos tovos
en los relonces giroscopiaban, perfibraban.
Mísvolos vagaban los borogovos
y los verdirranos extrarrantes gruchisflaban.

Lewis Carroll



Jabberwocky. Aurora fue abriendo lentamente los ojos, ahuyentando las confusas imágenes que se agolpaban bajo sus párpados. Jabberwocky. Era lo último que recordaba. Y lo primero que vio, las pupilas contraídas de su gata, posadas en medio de aquel iris inmensamente verde. Jabberwocky, Jabberwocky, Jabberwocky. Los gatos siempre aprovechan la mínima ocasión de acomodarse encima de sus dueños y de crear en ellos complejo de sofá, de cama o de cualquier objeto blandito que se utilice para dormir. Jabberwocky. Los ojos del animal se entrecerraban con altivez, como si tratara de demostrarle lo poco que le importaba el significado de esa palabra: Jabberwocky. Ella sentía que aún no se hallaba lo suficientemente despierta como para pedirle un esfuerzo tan grande a su cerebro, así que se limitaba a pronunciar la palabra una y otra vez, mentalmente.

Jabberwocky, Jabberwocky, Jabberwocky. Jabberwocky.

De repente, el móvil vibró desde el escritorio, y la muchacha pegó un respingo. La gata maulló, contrariada, y bajó de un salto al suelo. Aurora se incorporó con esfuerzo y comenzó a enfocarlo todo. Lo primero, la esfera del reloj, que indicaba que eran más de las seis. Las seis.

¡¡Las seis!!

-¿En qué momento me he quedado dormida, Lua, me lo puedes decir?

Hablar a un gato no resulta del todo inútil. No al menos más inútil que hablarle a ciertos tipos de personas. Si los gatos pudieran responder, sin duda tendrían mucho más que decir que determinados cerebros embotados que merodean por las esquinas de la sociedad. Aurora pensó que, si seguía así, ella misma iba camino de convertirse en uno de aquellos seres descerebrados. Nunca le había pasado eso de quedarse dormida por los rincones. Si al menos durmiera un número de horas decentes por la noche… Pero siempre el insomnio, el terrible insomnio, nacido de aquella manía suya de dar vueltas y vueltas a los pequeños dilemas que se le planteaban a lo largo del día. Indecisión, terrible palabra. Y además estaban las pesadillas.

-Jabberwocky –murmuró, esta vez en voz alta.

Sin duda, Jabberwocky era la consecuencia de pasar demasiadas horas encerrada en una habitación con la única compañía de la gata y un trabajo sobre Lewis Carroll que no parecía avanzar. Y a todo ello había que añadir la inmensa montaña de libros que había florecido sobre el escritorio. Sin embargo, Aurora había aprendido a sobrevivir en medio de aquel desorden; incluso la gata, que a veces se subía a lo alto de la montaña, se hacía una bolita y cerraba los ojos. Los gatos son siempre tan adaptativos…

Los humanos también.

Aurora entonces recordó que el móvil había vibrado una sola vez, como vibra cuando recibes un mensaje, y su incansable mente comenzó a fabular. Se dejó invadir, durante unos instantes, por el engañoso perfume de la incertidumbre y de las falsas ilusiones que teje en torno a él. Reunió las fuerzas necesarias para levantarse y, ansiosamente, mirar el móvil.

Y la realidad volvió a marchitarse. Con sus habitaciones cerradas, sus trabajos de la universidad, sus montañas inútiles de libros y aquel último amor imposible sonriendo desde la pantalla del ordenador, ignorando que Aurora era su más apasionada espectadora, y que lo seguía por aquella pantalla como si su vida fuera en verdad una película. No podía evitarlo. ¡Cómo odiaba los amores imposibles…! Este último ya tocaba a su final, como una serie de televisión que se termina, dejando sin embargo la posibilidad de nuevas secuelas –porque el olvido no existe. Pero pronto aparecerían más, muchos más imposibles. Sí, verdaderamente los humanos son seres muy adaptativos. Desde el suelo, Lua miraba a Aurora, con sus ojos tan verdes abiertos en forma de interrogación.

-Jabberwocky es algo a lo que hay que derrotar –se sorprendió diciendo en voz alta, dirigiendo la mirada hacia uno de esos puntos indeterminados del vacío.

lunes, 7 de mayo de 2012

Azul




Ahora
en esta hora inocente
yo y la que fui nos sentamos
en el umbral de mi mirada

(Alejandra Pizarnik)


Era mi playa, pero estaba vacía. Extrañamente vacía a media tarde. El crepúsculo dibujaba ya remolinos de color en el cielo y las olas ronroneaban dulcemente, jugando a llegar cada vez más allá. Yo permanecía sentada; me gustaría pensar que llevaba un vestido blanco. Te busqué unos instantes con la mirada antes de que aparecieras. Y ahí estabas, taladrándome con tus ojos de aquel color indescifrable, que a veces se torna verde y limpio y otras se deja arrastrar por el fulgor oscuro de la pupila, marchitándose. Tu vestido era blanco como una lágrima de hielo.

-Pero el tuyo es azul –musitaste, componiendo esa frágil sonrisa resignada que solo yo comprendo.
-No es cierto…
-Sigue siendo azul, a pesar de todos los años que han pasado.

Te miré, presintiendo una irremediable melancolía. Azul, después de todo.

-Deberías pintarte los labios y mirar ese barco que se aleja –me dijiste-. Tal vez entonces no corras el riesgo de amanecer con el pecho desangrado.
-Ese barco –busqué el horizonte-, ese barco que nunca ha existido.
-Ten, toma mi barra de carmín. Verás si existe ahora.

Era una flor azul la que me tendías. Demasiado azul para clavármela en el fondo de la garganta. La rechacé suavemente.

-No quiero que te pintes los labios –aseguraste firmemente-. No podrías llorar, y entonces qué sería de ti y del barco que se aleja y de esta playa que no es más que tu pupila emocionada. Crees que soy yo quien te ofrece esta flor, cuando siempre la has tenido.
-Él va en ese barco, ¿verdad?
-No lo sé –volviste a sonreír-. Siempre está lejos.
-Y yo siempre tengo el pecho desgarrado de imposibles.
-Si me hicieras caso y dejarás de enfocarlo todo desde esa nostalgia de azul que te pervierte.
-Lo más irónico es… que… que sus ojos también lo son.
-¿Azules?
-Como un imposible.

Él, que hasta ayer no existía. Él, que hasta ayer se adivinaba en otros rostros y en otras sonrisas que no eran la suya, pero siempre desdibujado. Hasta que un día…

-No “un día” –espetaste, interrumpiendo el hilo de mis pensamientos-. No hables como si lo conocieras.
-No lo conozco, o al menos eso cree él.
-Él no cree nada, porque ni siquiera se molesta en pensar en ti. Eres como un suspiro: nada. Una minúscula gota salada que ha brotado por una esquina de su existencia. Si alguna vez te mira, no dudes que será de lejos. Por eso siempre lo verás en ese barco… Pero no, no sufras. Todo esto piénsalo si algún día lo vuelves a ver, porque es posible que...
-… siempre desdibujado. Hasta que un día…
-Hasta que un día, te enamoraste sin remedio, de alguien a quien acababas de conocer. ¿Una sola conversación y quedaste atrapada para siempre?
-Estaba enamorada de él incluso antes de conocerlo. Y no lo llames “alguien”. Parece que no hablamos todo el tiempo de la misma persona.
-Ese es tu problema: ¡que siempre ha sido la misma persona! Con otros rostros, incluso con otro color de ojos; pero siempre la misma. Imposible.
-Te equivocas; a él siempre lo he esperado. Y cuando por fin aparece, resulta que apenas me conoce y que no puede imaginarse que tenga el corazón encendido de añoranza.
- Eres demasiado cobarde. Si quisieras, en este mismo momento podrías atravesar las olas y alcanzar aquel barco que solo existe en tu imaginación. Está tan lejos como tú desees.
-Pero soy cobarde. Y mi vestido es azul.
-Y solo te dedicas a soñar… Sigues sin tener remedio.

Suspiré. Tus ojos volvían a ser verdes, y aquel vestido que yo viera blanco era ahora de un azul desvaído, como un sueño a medio camino hacia la realidad. Te miré, es decir, me miré. Sentí la soledad de aquel paraje clavada en mi pecho como un cuchillo. Sola, frente al mar, un mar que tampoco existía. Fue entonces cuando comprendí que las estrellas fugaces perdidas estaban enterradas en lo más profundo del Atlántico, allí donde nadie –ni siquiera aquel barco en el que viajaba mi amor, ignorante de serlo- lograría llegar jamás. 

miércoles, 2 de mayo de 2012

El mundo es del color de las tormentas



"El grito", de Edvard Munch


Besos, labios, cadencias, soledades que aguardan, sienten la última realidad transitoria. Un humo feliz serviría para dormir los recuerdos. No, no. Se sabe que el hielo no es piel, que la frontera de todo no cede ni hiere, que la seguridad es patente. Se sabe que el amor no es posible. Pulidamente se mira, se ve, se presencia. Adiós. La sombra resbala sobre su previa elegancia, sobre su helada cortesía sin pena. Adiós. Adiós. Si existieran corazones, llorarían. Si la sangre tuviera ojos, las pestañas más lentas abanicarían la ida. Adiós. No flojea el horizonte, porque puede quedarse. Alardea la húmeda transición de sus rectas, de su constancia aplomada, de su traslación íntegra. Se besarían imposibles. “¡Conmuévete! Vacila como una columna de tela. Tíñete con un rubor de equinoccio”. Pero los brazos no llegan y el saludo es de uno, de mí, de mí. No de la materia sabida, ni siquiera de su insobornable belleza. Que dimite.

(Vicente Aleixandre)






Buceas por el mundo, sorteando miradas indiferentes que no son capaces de subtitular tu sonrisa. Una sonrisa que encubre torbellinos de emociones que apenas se dejan traslucir en el brillo imperceptible de tus pupilas, esas pupilas que siempre fueron demasiado grandes. No importa. Caminas delicadamente por el cielo sin estrellas de Madrid y sueñas con otro de tus imposibles. Por mucho que te pese, nunca serás capaz de resignarte a vivir, simplemente; la realidad no contiene los suficientes matices, y es necesario escapar, aunque no sabes adónde, ni sabes con quién; y lo peor es que, siempre que se huye, se huye de alguien. Pero no existe nadie que te persiga. Sería emocionante huir, y no solo escapar.

Siempre ese abrazar al viento. Mirar al cristal que te rodea y desordenar las sombras, jugando a esculpir con ellas fantasmas de amores idealizados, intangibles, inalcanzables; recordando al héroe de cómic de aquel videoclip de Aha que emergía de su universo de papel.

Ya estás soñando. ¿Alguna vez has dejado de hacerlo? No estaría mal que, ocasionalmente, bajaras a la realidad para mirar a tu alrededor y dejarte envenenar por las ilusiones del presente. Tienes miedo de que no existan. Mientras no encuentres la Madriguera del Conejo Blanco, solo te queda pasear por el calendario meciéndote al compás de los vientos como cualquier otro, girando y vibrando y naufragando cada noche para amanecer, una vez más, luchando con el frío. Y pestañeas y vuelves a dirigir una mirada gélida a los ojos del mundo, que te contempla en dos dimensiones, sin sospechar que a ti te ocurre exactamente a la inversa. No comprendes como el fuego que sientes atravesar tus entrañas no derrite tus paredes de hielo. No comprendes cómo pueden caber tantas ideas, tantos sentimientos, tantos recuerdos que deambulan irracionalmente por detrás de tus pupilas; y para no estallar, vomitas palabras en papeles vacíos que arrojas a la tarde desierta.

……………………………………………………

Hay alguien aquí que se aleja. No puedo olvidar. Dos vueltas al reloj de los años y todos volveremos a estar juntos. ¿Todos? No, nunca todos. Siempre existe algo que… Y el crepúsculo. Y la nostalgia inseparable de la que hablaba Alberti. Ni se te ocurra reírte, porque entonces… Pero estoy aquí, aquí. Mírame. Ahora, mírame de manera diferente.  Búscame, encuéntrame. Todavía intento despejar la incógnita que justificaría la paradoja según la cual las personas hipersensibles son las que menos se hacen notar en el mundo. Voy a estallar, y mi grito se escuchará en las fronteras de la realidad: ese mar al que a veces intento acceder sin éxito. Tal vez así el universo llore, de alegría, de pena; qué importa.  Solo sé que lloverá, que llorará, que al fin algo dará sentido a este olor húmedo del viento, al color gris que domina los paisajes. Después saldrá el sol. Siempre debería salir el sol.

Nada. Esa palabra que me ahoga y me atormenta, que me descompone. Y ya no sé si preferiría dejar de sentir o descubrir que el resto del mundo también es capaz de hacerlo. Descubrir algo que no se encuentre vacío.

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Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

Ángel González

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Con José Manuel Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes de Madrid, 2011

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de los premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Lectura de poemas en la Feria del Libro 2010 de Madrid

Casa natal de Luis Cernuda, Calle Acetres, Sevilla, 2010

Casa de Luis Cernuda durante los años 20, Calle del Aire, Sevilla, 2008

Con la estatua a Federico García Lorca, Madrid, 2008

Casa de Rafael Alberti, El Puerto de Santa María, Cádiz, 2008

Casa natal de Antonio Machado, Palacio de Dueñas. Sevilla, 2010

Residencia de Estudiantes de Madrid, 2008

Museo Dalí, Figueras, Cataluña, 2008

Con la estatua a Ramón Mª del Valle Inclán, Madrid, 2010
Te juzgan mal y sufres por eso. Eres de nieve por fuera y de llama por dentro. Quien te toca se hiela mientras tú te abrasas. No sabes querer y estás queriendo siempre; no sabes vivir y estás vivo. Tu sitio no está en ninguna parte, siempre desearás un lugar diferente...

Luis Cernuda, Comedia inacabada y sin título