lunes, 24 de enero de 2011

El embrujo del sur

Conil de la Frontera, Cádiz


Blanco Cádiz de plata en el recuerdo.

(Rafael Alberti)

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Anoche, se me coló un rayo de verano por el corazón. Y un rayo de verano en mitad de enero puede ser algo indescriptiblemente precioso. En solo unos segundos, la noche dio paso al día, el frío al calor; el paisaje tras la ventana se difuminó para dibujar una playa, pero no una playa cualquiera, sino mi playa. El embrujo de Andalucía aparecía tamizado de melancolía, envuelto en los acordes tristes de guitarra de una composición de Albéniz; como si llorara de añoranza. Cádiz surgía en mi memoria suave y preciso, recubierto de cal blanca y de palmeras.

Anochecía en mi playa, y a lo lejos volvía a ver el faro, y aquella torre en mitad de la arena a la que nunca conseguía llegar por mucho que caminase, como si en vez de una presencia real no fuera más que un espejismo. Anochecía, y supe que después el firmamento suspiraría desde su negrura por encima del mar, y que cada uno de sus suspiros sería una estrella que caería sobre las olas y se reflejaría en aquella verde y sonriente mirada que no es más que otro destello del embrujo de Andalucía. Un hechizo que apenas dura unos pocos días al año, pero que le insufla al corazón el fuego preciso para continuar latiendo en esos meses en los que el mar adquiere los colores desvanecidos del recuerdo.

Cuanto daría por volver a aquellos días de irrealidad poética. Y es que no hay nada más real que lo soñado, sobre todo si el mundo de detrás de la ventana aparece cubierto de frío, olvidados los azules del Atlántico. Nunca he dejado de soñar en que volvería. Volverían la playa, las estrellas extraviadas en la arena y los puestos del mercadillo del pueblo; las miradas robadas y los ojos verdes. Y es todo en lo que necesito creer para seguir viva en este invierno.

Nadie que no haya ido al sur lo entendería…

martes, 11 de enero de 2011

En torno al azul

"El unicornio alegre", Salvador Dalí
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"Explosiones de azul en las alegorías"
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(Rafael Alberti)
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Ayer mismo, enfrentándome a mis temidos apuntes de Instituciones Internacionales, descubrí unas anotaciones hechas por mí junto a unas palabras dictadas por la profesora, que rezaban así:
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De los artículos publicados en la web, se han de estudiar solo los párrafos subrayados; la parte que está en azul no es importante.
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Debajo de esta frase, como una sombra, pude leer mis propias palabras, desconcertantes y casi absurdas en aquel contexto:
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Pero, ¿qué dice? Lo azul es lo único que importa en esta triste vida. ¡Aunque no exista! Sin el azul, nos veríamos relegados a la gris realidad. Oh, terrible azul, presente sólo en mis pupilas. Y cuando se pierde, cuando se tiñe de sombras; entonces ya no queda más que oscuridad.
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No sé qué pensar de mi facilidad para divagar en las clases... De cualquier modo, el invierno no es nadie mientras podamos envenenarlo de azules Tintoretto; mientras dejemos vagar la mirada por los azules del Mediterráneo, los azules griegos que descansan sobre la memoria. Mientras soñemos con aquella Venecia del azul Tiziano en oro... Porque, como dijo Alberti -el pintor más azul de toda la Historia de la Literatura-, "Aunque el azul no esté dentro del cuadro, como un fanal lo envuelve".

lunes, 10 de enero de 2011

Lo malo de la inocencia

La bella Durmiente, de Walt Disney

Creía a los hombres buenos o malos, de una pieza, como en los libros que leyó cuando niño. Su inocencia aún le permitía disgustarse con ellos al chocar de pronto con la perversidad. Aún debían transcurrir algunos años antes de que saliese de su error y comprendiese al fin que es tan difícil hallar un ser medianamente bueno como un ser medianamente malo. Porque el temple humano ha perdido resistencia moral, y van los hombres del bien al mal, fluctuando inestablemente, como una gallina coja, impulsados por la necedad y el egoísmo.
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Luis Cernuda

Lo malo de la inocencia es que, por muchas veces que te topes de bruces con la cruda realidad, jamás aprenderás a esquivar los golpes. La vulnerabilidad que suscita la inocencia es imposible de ocultar ante ojos ajenos, a pesar de que pueda tratar de mitigarse con ingredientes tales como el pesimismo o la prudencia. Pero al final, ni uno ni otro te salvará de caer una vez más en la trampa. De creer ingenuamente que has logrado imponerte a tu propio pesimismo, a tu terrible inseguridad.

La inocencia nos hace pensar en arquetipos: el lobo, el dragón, la princesa, la bruja. El amigo. Bajo el prisma de la inocencia, la amistad se convierte en una hermosa utopía. Confiamos ciegamente en aquellos que nos llaman amigos sin acordarnos de la última vez que eso quedó en entredicho. E inevitablemente llega el momento –porque siempre llega- en que ese amigo te la juega, como se suele decir. Por alguna razón, la inocencia suele ir acompañada de una absurda y blanda hipersensibilidad, y es cuando sale a la luz la consabida frase de Yo nunca me lo hubiera esperado de… Y realmente, no te lo esperabas. Y también realmente te afecta; por mucho que pretendas negarlo. Es lo malo de la inocencia.

Las personas no son malas ni buenas, sino una especie de híbridos entre el bien y el mal que pueden explotar más o menos una de esas dos partes. La inocencia incapacita para actuar con algo más que picardía: nunca permite llegar a la maldad. Pero, paradójicamente, atrae el lado más negativo de las personas que nos rodean puesto que, aunque sea de modo inconsciente, todos ven en esa inocencia ajena una oportunidad para obtener un beneficio o para reafirmar su propia seguridad, en el mejor de los casos. Por eso, en el momento en que alguien descubre tu inocencia… bueno, en ese momento ya estás perdido.

Tal vez, el concepto que la inocencia tiene de la amistad sea precisamente eso… inocente. Hace unos días, alguien me dijo que la amistad era algo mucho más frívolo e interesado de lo que yo creía. ¿Confiar tus secretos, tus temores, tus ilusiones? Eso se hace con los hermanos, con los padres, y poco más. Después de todos los golpes experimentados, la familia más cercana es la única que ha demostrado no fallar. La gente se mueve por intereses, me dijo esa misma persona, y nadie va a interponer tu persona a su propio interés. O al menos, no será un simple amigo el que lo haga. Un día llegará una persona, me dijo, para la que tu felicidad importe más que la suya; pero no será más que una persona, y llegará en el momento más inesperado.

¿Y mientras tanto? Actuar con más indolencia, dejarte llevar. Yo me considero afortunada por tener tres personas en las que puedo confiar por encima de todo, que han conocido mi infancia, mi adolescencia y este extraño limbo en el que me muevo ahora. Dos de ellas me han visto nacer. A una, he sido yo quien la ha visto nacer. Y las tres conocen de sobra mi ingenuidad, pero eso no me hace sentirme vulnerable ante ellas. Al contrario.

Esa misma persona de la que antes hablé me dijo algo que resulta difícil olvidar, en lo que llevo pensando desde hace días. Me dijo que es mejor no plantearnos cuántos amigos tenemos, o cuáles de ellos son de verdad; porque puede ocurrir que nos demos cuenta de que, en realidad, no tenemos ninguno.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Fin de año

Chateau du Pirineos, René Magritte


Cifras. Todo se reduce a cifras, a signos inventados por el hombre. ¿Quién le dice al cielo o a los mares que ha perecido otro año más? Ellos nunca lo sabrán, y en el fondo esa es la clave de su sabiduría. Cifras y eternas esperanzas de luces nuevas en el horizonte. Y nada más. No negaré que yo también espero que se enciendan estrellas nunca vistas en este nuevo año que se anuncia, pero… Pero como dijo Jorge Guillén, la vida es un solo verso interminable. Y otra vez aparece nuestro incorregible afán humano de dividir en partes lo que nos resulta demasiado inmenso para ser abarcado por nuestra razón.

Y qué decir de 2010. Una brecha en medio de… ¿en medio de qué? Un “nada volverá a ser lo mismo”. Excepto yo. Un navegar remoto por aguas imposibles hacia un destino cuya existencia me produce cada vez más escepticismo.

No escribiré nada más en este 31 de diciembre. He encontrado hoy un poema que suprimiría cualquier intento propio de expresarme.

El despertar

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre

Es el desastre
Es la hora del vacío no vacío
Es el instante de poner cerrojo a los labios
oír a los condenados gritar
contemplar a cada uno de mis nombres
ahorcados en la nada.

Señor
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada

Señor
He consumado mi vida en un instante
La última inocencia estalló
Ahora es nunca o jamás
o simplemente fue

¿Cómo no me suicido frente a un espejo
y desaparezco para reaparecer en el mar
donde un gran barco me esperaría
con las luces encendidas?

¿Cómo no me extraigo las venas
y hago con ellas una escala
para huir al otro lado de la noche?

El principio ha dado a luz el final
Todo continuará igual
Las sonrisas gastadas
El interés interesado
Las preguntas de piedra en piedra
Las gesticulaciones que remedan amor
Todo continuará igual

Pero mis brazos insisten en abrazar al mundo
porque aún no les enseñaron
que ya es demasiado tarde

Señor
Arroja los féretros de mi sangre

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón

Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y ha devorado mis esperanzas

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
Qué haré con el miedo

Alejandra Pizarnik

sábado, 11 de diciembre de 2010

Cien años


¡Calla, calla, princesa, dice el hada madrina,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte ,
a encenderte los labios con su beso de amor!


Rubén Darío


-Hoy he vuelto a soñar con él- me confesó -; soñé que venía a mi ciudad, pero por alguna razón no podía verlo, y eso me producía una angustia indescriptible…

-¿Y qué hay de raro en ello?- le pregunté –Ya deberías saber que Venecia permanecerá para siempre en tu subconsciente. Te empeñas en creer que las historias de amor son ajenas a ti, pero no es cierto. ¿O es que acaso esas historias han de ser necesariamente de amor correspondido? Las historias más hermosas son también las más imposibles. Y tú has vivido algunas dignas de un cuento de hadas…

»Te queda aquel elefante de plata, regalo de tu primer amor. Mejor dicho, el recuerdo de aquel elefante, porque se perdió poco tiempo después de regalártelo. Fue en tu décimo cumpleaños, ¿recuerdas? Tú tenías que fingir desagrado; tus intentos de evitar que pudiera darse cuenta de que te gustaba te hacían simular una antipatía hacia él que en realidad no sentías. Fue la misma aparente indiferencia la que te llevó a perder el elefante…

»Inolvidable resulta también aquella tarde en la que tu enemigo de siempre se propuso declararte su pasión a gritos, al pie de tu ventana. O la vieja historia de aquella carta sepultada a fuerza en el olvido, cuyo posible paradero te sigue atormentando a día de hoy. Y tu misterioso enamoramiento hacia ese ser de luz que paseaba su rubia presencia por el jardín del campus de Humanidades. Su hechizo de ángel se rompía si te acercabas demasiado; por eso preferías mirarlo desde la distancia.

»Recuerda también la playa; aquellos largos paseos por la playa, la misma playa de todos los veranos. En esos momentos, te llegabas a plantear si verdaderamente la luz venía del sol…

»Tampoco te ha faltado el baile; qué importa que no fuera en el salón de un palacio y que no llevaras puesto uno de esos vaporosos vestidos que suelen regalar las hadas madrinas… Decenas de ojos curiosos os miraban, pero tú solo podías concentrarte en no dejarte llevar por el temblor que emanaba de tu corazón al contacto de sus ojos de miel con los tuyos. Y aquel estúpido regalo después del baile, que todavía guardas en una cajita junto con un papel en el que él escribió su nombre.

»Pero nadie, nadie podría soñar con una despedida como la que tú viviste, en la ciudad de Venecia. La casualidad quiso regalarte aquella última visión, y un hasta pronto consciente de su propia irrealidad, y un hasta siempre que leíste en la dulzura de su mirada de sol.

»En años sucesivos siempre recordarás Venecia: barcos que se alejan y el sol fugitivo de la Piazza San Marco, y su figura apagándose suavemente en la distancia al son de esa antigua canción de Aznavour.

»Y tras todo esto- concluí -, qué importa que nadie se haya atrevido aún a despertarte del hechizo. La Bella Durmiente durmió cien años antes de encontrar su primer beso de amor…

jueves, 25 de noviembre de 2010

Trenes en la ciudad sin nombre


Aquello

que quizá hubiese sido

posible,

que sería posible todavía

hoy o mañana si no fuese

un sueño.


Ángel González


Era una ciudad con tranvías y cielos grises y monumentos, era una ciudad… Qué más da. Podría decir su nombre, pero no viene al caso, sobre todo porque podría ser cualquier otra; y además los tranvías, los cielos grises y los monumentos no aparecían en el sueño. Baste con decir que era una ciudad europea, muy europea; de esas que se proclaman a sí mismas como capitales de la moda, en las que anochece pronto y, después del crepúsculo, no queda un alma por las calles. Pero esto continúa sin venir a cuento en la presente narración, sobre todo porque tampoco aparecían calles ni tiendas en el sueño que intento describir.

Baste con decir, entonces, que más que una ciudad era un símbolo, o un nombre, que me obsesionó durante un tiempo, del que volví a oír hablar hace solo unos días. Tal vez por eso acudió a mi subconsciente. Yo sabía que me encontraba allí simplemente porque lo sabía. Y es que en el sueño no aparecía nada que resultara distintivo de ella; solo una estación de trenes que ni siquiera debe existir en realidad –de hecho, se parecía bastante a la estación de trenes de Atocha. Una estación oscura, gris –más que el cielo de la ciudad- y enferma de gente y de bullicio. Precisamente uno de esos lugares en los que no me deberían buscar si alguna vez me pierdo. Uno de esos lugares de visita obligada para cualquier turista.

Y justamente eso era yo en el sueño: una turista. Estaba sola y perdida, y desconocía el idioma. Suerte que llegó él… No me sorprendió verlo allí, a pesar de ser la huella de un recuerdo. Uno de esos recuerdos que sabes que nunca volverás a ver, que invaden como fuego el corazón durante un breve espacio de tiempo, y posteriormente pasan a convertirse en un ideal vago y lejano, casi onírico, casi irreal. Igual que el nombre de la ciudad.

Pero en el sueño, él era de carne y hueso –todo lo que se puede ser en un sueño- y volvía a estar junto a mí. Y me comprendía y conocía el lugar al que yo quería llegar, igual que conocía la ciudad como la palma de su mano. Iba acompañado por una amiga con la que no dejaba de hablar en un idioma que yo no entendía, por lo que me mantenía en silencio, me dejaba llevar. Creo que hablaban de mí. Ambos se alejaron unos instantes para sacar los billetes. Y entonces se detuvo el tiempo.

Pasaste a mi lado, dedicándome un breve saludo y regalándome unos instantes tu mirada, igual que siempre. Quise que te detuvieras y me contaras cualquier cosa; al fin y al cabo, hablábamos el mismo idioma. Pero pasaste de largo; como tantas veces.

Nada más alejarte tú, regresó mi salvador; esta vez venía solo. Traía en la mano dos billetes: uno para mí y otro para él. Así pues, se montaría en el tren conmigo. Todo estaba bien, incluso me debería haber sentido feliz: pocas veces los seres ideales y perfectos se asoman al mundo de los mortales para ofrecerse como acompañantes de tren… Pero miré atrás, una sola vez.

Y estabas tú, parado unos metros más allá, con ese aire de Lorenzo, el personaje que interpreta Raoul Bova en La finestra di fronte… Parecías incluso más inalcanzable que el espectro de sueño que me acompañaba. Y como siempre, no supe si era una pose o realmente no te dabas cuenta de mi existencia. Así que dejé de mirarte.

Mi perfecto e irreal acompañante me cogió la mano para entrar en el tren. Y como siempre ocurre en estos casos, me di cuenta de que aquello no era más que un sueño. Según me iba dando cuenta, la presión de su mano en la mía desaparecía progresivamente. Me esforcé por no despertar, en vano. Cuando te das cuenta de las cosas, a menudo es demasiado tarde.

Desperté con la mano extendida y vacía por debajo de las sábanas…



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Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

Ángel González

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Te juzgan mal y sufres por eso. Eres de nieve por fuera y de llama por dentro. Quien te toca se hiela mientras tú te abrasas. No sabes querer y estás queriendo siempre; no sabes vivir y estás vivo. Tu sitio no está en ninguna parte, siempre desearás un lugar diferente...

Luis Cernuda, Comedia inacabada y sin título