miércoles, 10 de noviembre de 2010

Against november...

Y ahora que noviembre ha vuelto –más noviembre que ningún año-, me he puesto como reto escribir algo optimista para combatirlo. Es difícil, porque pensar en noviembre es pensar en este 2010 que no ha tenido nada bueno, exceptuando dos cosas: agosto, que ha sido como un sueño –imposible otra descripción- y, en un plano secundario, mis logros literarios.

El primero me lo comunicaron en abril (¿abril…?), y se trataba del Primer Premio en el XXI Certamen de Poesía del I.E.S. José Hierro, de Getafe; gracias a mi pequeño conjunto de poesías sobre Madrid al que titulé La ciudad de las palomas envenenadas. Trescientos euros recogidos de manos de la mismísima nieta de José Hierro y la emoción de leer por primera vez mis poemas en un acto público.
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I Premio del Certamen de Poesía del José Hierro


El segundo logro fue una consecuencia de otro más lejano, ocurrido en 2008, cuando gané el Primer Premio del VII Certamen de Poesía Rafael Morales que organizaba la Universidad Carlos III de Madrid: seiscientos euros y dos poemas –Octubre y Pesadilla- publicados en una especie de antología. Y la consecuencia ha aparecido en mayo de este año, cuando me ofrecieron asistir a un acto en la Feria del Libro de Madrid para leer unos cuantos poemas míos junto a los ganadores de otras universidades. Una experiencia curiosa, cuanto menos.



En la Feria del Libro 2010 (soy la de la derecha)

El tercero resultó tan inesperado como necesario para mi ánimo –teniendo en cuenta, como he dicho, que 2010 ha sido un mal año-, y tuvo lugar en junio. Todavía recuerdo mi incredulidad al recibir la noticia de que había ganado el Primer Premio de Relato corto del XX Aniversario de la Carlos III, consistente en dos mil euros; con mi relato titulado El nombre. El 27 de octubre se desarrolló en el Salón de Grados de la universidad la ceremonia de entrega de los premios. Primero, una entrevista en la que me sacaron decenas de fotos y me hicieron las clásicas preguntas del tipo ¿Qué ha supuesto para ti el premio?; exceptuando la última, en la que me pidieron que recitase un poema mío de memoria. Y he aquí -¡ay mísera de mí, ay infelice…!- que fue entonces cuando me di cuenta de que no me sé ninguno. Muchos de otros poetas, pero ninguno mío. Ya tengo una misión para el futuro próximo…




En plena entrevista...


A continuación de las fotos y las preguntas –que próximamente saldrán en la revista de la universidad-, llegó la hora de recoger el cheque y el diploma de manos del Rector, que dijo de mi relato que era digno del festival de Getafe Negro. Y para qué negarlo, la borrachera de éxito me duró un día entero.



Con el Rector y los demás ganadores


Después llegó noviembre. Noviembre y sus circunstancias, y el frío y los cielos grises. Por mi parte, a pesar de todo seguiré luchando por abrirme un hueco en el mundo literario, esperando el próximo golpe de suerte.

Pero sería injusto no mencionar aquí a todas las personas que han inspirado mi poesía, mi prosa. Gracias a mi familia, a los amigos de verdad, a los que no llegan a esa categoría pero han sido capaces de creer en mí, a mis poetas venerados, a mis amores platónicos, a los que ya se fueron pero siguen vivos en mi corazón, a los que leen lo que escribo, a los tristes asesinos de luces que, sin saberlo, se convertirán algún día en los antagonistas de una novela… Sin cualquiera de estas personas, la poesía no me dice nada y nada tengo que decirle a ella, citando al maestro Ángel González.

Por último, aquí os dejo el enlace para los que queráis leer el relato con el que gané el Primer Premio de la Carlos III:

http://www.uc3m.es/portal/page/portal/conocenos/Repositorio_trimestre3_2010/elnombre.pdf



Con mamá y el Diploma del I Premio de Relato

miércoles, 13 de octubre de 2010

Otro punto de vista


Todas estas cosas había una vez
cuando yo soñaba un mundo al revés

José Agustín Goytisolo




Parece un planteamiento tan lógico que nunca te has parado a profundizar en él. Es algo que se da por hecho, igual que abrir los ojos la Noche de Reyes equivale a que sus Majestades descubran que no estás dormida, y por tanto te quedes sin regalos; igual que esa razonable división de edades que has forjado en tu cabeza: hasta los dos años se es un bebé, a los dos alcanzas la categoría de niña, que dura hasta los seis, donde ya te podrás considerar una niña mayor. A los diez ya serás una mayor, una categoría que no sabes muy bien donde encuadrar. Y a los veinte… bueno, a los veinte ya te podrás considerar una verdadera adulta. Y más allá… más allá no hay nada, salvo el aburrido mundo de los adultos. Prefieres no pensarlo.

Estás sentada en la cama de mamá y miras por la ventana. Un rayo dorado de otoño acaricia tu rostro y te obliga a entornar los ojos, y se pasea por la fachada del edificio de enfrente y por las ramas del árbol que casi se cuelan por la ventana. Eres consciente de que podría llegar en cualquier momento, destrozando el pavimento con sus grandes y poderosas patas, superando con su altura a cualquier edificio de la ciudad, rugiendo mientras deja ver sus enormes y afiladas fauces; sus diminutos y brillantes ojos de reptil inyectados en sangre.

Eres consciente de que, algún día, tiene que ocurrir. ¿Por qué, si no, se muere la gente? La gente muere porque, llegado un determinado momento de su vida, un feroz tiranosaurio-rex aparece y los devora sin compasión. Pocos escapan.

Y sabes que eso es cierto. La gente muere al ser devorada por un tiranosaurio; no por un lobo, o por un león: por un tiranosaurio. No por las enfermedades: las enfermedades las curan los médicos. Las enfermedades, como mucho, implican quedarte en casa unos cuantos días y que mamá te ponga paños húmedos en la frente y te dé ese jarabe con sabor a fresa que está tan rico. Y que todo el mundo esté más pendiente de ti… Las enfermedades no son tan malas, al fin y al cabo.

Sabiendo todo eso, estás segura de que a ti no te encontrará; ya te encargarás de ser más lista que cualquiera de esos monstruos. Te espera la inmortalidad…

Tu mundo continúa en perfecta armonía. Quedan unos días, tal vez incluso semanas, para que alguien pronuncie la frase que descompondrá tu realidad tal como la ves ahora:

-¡Pero, nena! Los dinosaurios se extinguieron hace millones de años…


(Sí, nostalgia al llegar mi 21º cumpleaños...)

martes, 14 de septiembre de 2010

The end

...
...
This is the end, beautiful friend.
This is the end, my only friend. The end…


Los acordes del célebre tema de The Doors se difuminan por tu habitación con su ritmo psicodélico y extraño, sumergiéndote en un espacio oscuro y remoto que contrasta excesivamente con el amable paisaje que se dibuja tras la ventana: un cielo azul, ausente de nubes, dulcificado por el sol de verano: esa luz que te otorga cada día la ilusión de vivir, que te sume en la melancolía cuando desaparece. Aún brilla el sol, pero pronto no quedará más que un recuerdo. Presientes las lluvias y el frío colándose a escondidas por las grietas del corazón, y los amaneceres grises y la niebla de noviembre. Porque es el final, ¿verdad?

…of our elaborate plans. The end
of everything that stands, the end.


Siempre has dicho que el verano debiera durar eternamente. Es la única estación del año en la que te sientes realmente viva, en la que eres capaz de saborear el néctar de la felicidad sin necesidad de edulcorarlo. E inevitablemente, cada septiembre piensas que el que acaba ha sido el mejor verano de tu existencia, que nunca volverá a ser tan maravilloso. Y al año siguiente, descubres que estabas equivocada… Pero es que el mundo es tan enorme y misterioso. El mundo es algo más que tu habitación y la mesa de tu escritorio con los apuntes a medio subrayar, que los edificios grises de la universidad, que una tarta a la que cada año han de añadirle una vela, que las calles de Madrid iluminadas en diciembre, que los tempranos crepúsculos a las seis y media de la tarde.

El mundo es una playa inacabable de un pueblecito blanco de Andalucía, es sentir el efecto bizcocho de la arena sobre los pies desnudos, una bandada de flamencos rosas sobrevolando el mar, el sabor salado del Atlántico, ver cómo el cielo se desangra en todos los colores del arco-iris, y una figura desgarbada en la distancia que nunca parece dejar de sonreír.

El mundo es viajar rodeada de mar por los cuatro costados, madrugar para ver el amanecer sobre el Mediterráneo, jugarte la vida montando en burro para llegar a lo más alto de una blanquísima isla griega, imaginarte a los dioses del Olimpo vagando por las ruinas de aquella ciudad que solo conocías por las leyendas que leías cuando eras pequeña, avistar un barco pirata, las góndolas deslizándose por el Gran Canal, descubrir que en el lugar más remoto del país –o del continente- puedes encontrar un amigo. El mundo es echar de menos.

No safety or surprise, the end.

Pero todo termina irremediablemente, ¿no es así? ¿Por qué vuelves a entristecerte, entonces? Después de veintiún años, ya deberías estar acostumbrada. Y es que, si cada año el verano resulta más maravilloso, ocurre lo contrario con el invierno, que gradualmente se vuelve más sombrío y desolado. El invierno es esperar, una vez más, el sol de junio. Y mientras tanto, dejarte arrastrar por la monotonía.

I'll never look into your eyes again.

Y aquella luz. Aquella luz que conociste a finales de agosto, que no parece terminar de apagarse, que tú sabes que, en el fondo, nunca se apagará. Aunque sea una luz irreal y la distancia la envuelva de destellos oníricos, aunque pronto no quede más que el recuerdo de un recuerdo, una idealización espectral que pasará a formar parte de ese cielo donde habitan todos tus imposibles. Cada verano se pierde algo, es el precio que hay que pagar por sentirse viva. Y este año, ha sido él. Eres consciente de que el mundo es demasiado inmenso para volver a regalarte la casualidad de poder mirar en sus ojos. Si no estuviera tan lejos. Pero ahora, cada vez que lo recuerdes será como aquella última vez: bajo el sol de Venecia, rodeado de indolentes turistas que se dirigen a la cercana Plaza de San Marcos y de puestos callejeros de máscaras; brillante, efímero, inaccesible…

Can you picture what will be
so limitless and free…?

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Doce campanadas

"La Cenicienta", Walt Disney


Soñar es el modo que el alma
tiene para que nunca se le escape
lo que se escaparía si dejamos
de soñar que es verdad lo que no existe.

Pedro Salinas


A las doce, todos los cuentos se terminan. Las hadas desaparecen y la carroza vuelve a ser una calabaza. Y entonces ya no se sabe si lo vivido fue realmente real, porque aparece envuelto entre las remotas brumas del sueño.

Lo más terrible es que ella aún no había despertado, al menos, no del todo. ¿Debía hacer caso a esa afirmación según la cual en un sueño, si te pellizcas, no te duele? Porque a ella todavía le dolía… Y dicen que lo que duele son los recuerdos.

Abstraída, miraba una y otra vez las únicas huellas que demostraban que lo vivido había sido real. No se trataba esta vez de un zapato de cristal, sino de unas pocas fotografías borrosas y algo aparentemente banal: una sombrillita rosa de papel, de las que sirven con las copas de helado o con los batidos. Pero para ella, resultaba especial. Aún recordaba el momento en que él se la regaló, con esa media sonrisa y sus ojos que reflejaban atardeceres. Aquello fue después del baile…

Cenicienta lo había tenido más fácil, pensaba. Su casa estaba relativamente cerca del Palacio, y además el Príncipe hablaba su idioma, no vivía en otro país y no temía mostrar sus sentimientos. Cenicienta podía confiar en que el final del cuento sería feliz, o al menos de que existiría un final. Por algo era un cuento, al contrario de lo que ella estaba… ¿viviendo?

El Mediterráneo volvía a rodearla, mientras veía surgir de nuevo su figura esbelta, elegante, incendiada en un fuego que brotaba de sus ojos y que había prendido en el corazón de la muchacha. ¿Realmente habría existido? Qué importaba… Lo único que sabía es que ella misma se encontraba atrapada a medio camino entre un sueño y la gris realidad. Aunque las doce ya hubieran pasado.

viernes, 20 de agosto de 2010

Mis ojos se apagan

Atardecer en Conil de la Frontera


Mas ¿qué importan a mi vida las playas del mundo?
Es esta solamente quien clava mi memoria,
Porque en ella te vi cruzar, sombrío como una negra aurora,
Arrastrando las alas de tu hermosura
Sobre su dilatada curva, semejante a una pomposa rama
Abierta bajo la luz,
Con su armadura de altas rocas
Caída hacia las dunas de adelfas y de palmas,
En lánguido paraje del perezoso sur.

Luis Cernuda


Aunque solo han pasado unos pocos días desde entonces, todo lo vivido en las dos últimas semanas comienza a desteñirse en mi memoria, a poblarse de los matices irreales de idealización de se desprenden de los sueños. Por mucho que lo intente, ya no puedo regresar a aquellas horas, porque el tiempo ha levantado su nostálgico cristal construido de recuerdos, ese cristal que nos permite mirar de lejos sin llegar a sentir la realidad que queda al otro lado. Sin embargo, tampoco soy capaz de concentrarme en vivir el presente y, por primera vez, Madrid me resulta inmensamente gris, de un color gris que acalla las pasiones y siembra de lluvia mi corazón. Me persigue la nostalgia de un azul infinito y del rojo de los atardeceres andaluces que contemplábamos desde la playa.

Y todo parece tan lejano ya. El viento de levante, con su brava furia arremetiendo contra nuestro cabello; el frío de las olas, aquella torre tan remota sobre la arena a la que nunca conseguimos llegar, porque por mucho que te acercaras seguía viéndose lejos. Y las lunas pobladas de miradas, envueltas en aquel humo prohibido que escapaba de sus labios; las estrellas fugaces tratando de escapar de nuestras miradas. Y él. Él con su esbelta figura, con su sonrisa contagiosa, exenta de maldad, esperando junto al porche, o agitando la mano cuando me veía de lejos en la playa. Él, que resulta tan imposible y tan remotamente inaccesible, incluso más que la torre. Pero qué importa. Su luz supo llenar aquellos días, más que cualquier sol, acallando el frío de una ausencia. Porque el verano estuvo poblado por una ausencia, y el asfalto y la arena y el sendero que sube desde la playa clamaban por volver a sentir los lentos pasos de mi abuelo sobre ellos. Pero el aire ya no puede caminar.

Tal vez por todo eso Madrid ahora resulte tan gris. Como si la luz se hubiera quedado engarzada en una esquina irrecuperable de agosto, o como si él se la hubiera llevado prendida en sus pupilas. Aquí todo es oscuridad y líneas rectas. Y mis ojos se apagan a mitad de camino entre los recuerdos y la opaca realidad que envuelve los sentidos.

sábado, 7 de agosto de 2010

Espero equivocarme

Amanecer en Conil de la frontera



"Te hubiera dado el mundo"
(Luis Cernuda)


Como dijo Salinas, la luz lo malo que tiene es que no viene de ti. Aunque parezca lo contrario. Me esfuerzo por imaginar estos paisajes sin la influencia inmensa de tus pequeños ojos verdes y todo se me apaga, se me llena de sombras. Nunca he estado allá, pero dicen que donde tú naciste apenas luce el sol, y entonces pienso que en verano, cuando te alejas tanto de esas tierras, dejarás tu ciudad sumida en las tinieblas, extinguida.

En la mía la luz no viene de tus ojos; es una luz extraña, más vacía, cargada de partículas que te sueñan y piensan en lo difícil que resulta el echarte de menos sin que tú ni siquiera te acuerdes de mi voz, sabiendo que me acecha la oscuridad inmóvil del ya nunca volver a contemplarte.

Espero equivocarme, al menos en eso.

Conil, 7 de agosto de 2010

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jueves, 22 de julio de 2010

Andrea

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Hay lágrimas que no se pierden nunca
mejilla abajo, en los pañuelos
con que inocentemente pretendemos
cortarles su querencia. Su querencia
se cumple: lo que quieren es unir.
Y nunca que se llora se está lejos.

Pedro Salinas


Le gusta pasar un poco desapercibida por el mundo, tal vez porque le resulte demasiado inmenso e incomprensible, tal vez porque sea ella la que se siente demasiado pequeña. Por eso, en un principio corres el riesgo de no fijarte en su presencia.

Es guapa, aunque ella no sea capaz de admitirlo. Tiene una nota dulce en la mirada –oculta por las gafas-, y cuando sonríe sabes que lo hace de verdad, porque también sonríen sus ojos. No habla demasiado, y menos de sí misma, pero sabe qué decir en cada momento para hacerte sentir bien.

Detrás de su aspecto serio, hay un alma infantil que sale a flote en los momentos menos pensados. Le gusta teñirse el pelo de distintos colores, jugar con sus sobrinitas y reírse a carcajadas, con una risa de niña pequeña que siempre se te acaba contagiando. Pero igual que ríe, también a veces llora, y también lo hace de verdad. Y como casi todas las personas hipersensibles de este mundo, intenta ocultar sus emociones para no sentirse vulnerable, para que nadie la haga daño. Por eso es tan difícil llegar a conocerla, porque para conocerla hay que apartar el escudo tras el que se esconde. Entonces, es cuando conoces no a Andrea, sino a Andreini, la chica que es toda dulzura y sentimientos, que se emociona con una película pastelosa o con unos versos de Salinas y que sigue creyendo en ese raro y desconocido concepto que es el amor verdadero.

Cuando está lejos, no puedes evitar echarla de menos. Porque sabes que es una de esas pocas personas que merece llevar el valioso título de amiga, porque sabes que desde ahora siempre va a estar ahí, ocupando una esquinita de tu corazón. Y que por muy lejos que se encuentre, nunca estaréis del todo separadas.

Feliz cumpleaños.
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lunes, 19 de julio de 2010

Después de todo

Reloj blando en el momento de su primera explosión, Salvador Dalí


Hace ya 100.000 siglos que pienso en que tú eres más tú cuando te acuerdas del barro
y una teja aturdida se deshace contra tus pies para predecir otra muerte.
El espanto que suben esos ojos deformados por las aguas que envenenan al ciervo fugitivo
es la única razón que expone mi esqueleto para pulverizarse junto al tuyo.

Rafael Alberti



Otra vez vuelvo a ti. En realidad, nunca me he ido, a pesar de haberme intentado aliar con el tiempo para olvidarte. Pero tantos meses tratando de huir de ti, o de mí misma, me han servido para comprender que todo sigue igual, que quererte sin remedio es una dimensión más de mi persona, igual que ser tímida u obsesionarme con los estudios.

Tú no tienes la culpa. Es el mecanismo de este mundo el que falla, el que no entendió que estamos hechos el uno para el otro –tan opuestos y a la vez tan similares- y que eres la pieza que falta por encajar en el puzle de mi existencia. Por eso la casualidad ha hecho que jamás puedas verme como algo más que una amiga. Y ser consciente de esto fue lo que me hizo huir…

A lo largo de unos pocos años, te he querido y te he odiado a partes iguales; pero no soy capaz de seguir corriendo en dirección contraria a tu mirada. Negar ese impulso es negar una parte de mí misma tan importante como respirar; y sé que nunca podré olvidarte, igual que nunca podrás quererme tú de esa forma. Pero qué importa…

La vida sigue. En cada esquina del mundo puede existir un corazón dispuesto a conectar con el mío, un amor que aporte notas de primavera al pentagrama gris de mi soledad, y estoy segura de que ambos nos enamoraremos –cada uno por su parte-, tal vez incluso varias veces. Pero eso no me impedirá seguir amándote en secreto, como cuando me abrazaste por primera vez, hace ya tres años. Los sentimientos pueden convivir y sobreponerse a la lógica y al tiempo, ¿verdad? Los míos para ti no son un secreto, aunque jamás hablemos de ellos. Sabes también que nunca te dejaré ir, que nunca dejaré de ser tu amiga.

Después de todo, siempre serás mi eterno imposible.


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Entradas populares

Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

Ángel González

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

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Con José Manuel Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes de Madrid, 2011

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de los premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Lectura de poemas en la Feria del Libro 2010 de Madrid

Casa natal de Luis Cernuda, Calle Acetres, Sevilla, 2010

Casa de Luis Cernuda durante los años 20, Calle del Aire, Sevilla, 2008

Con la estatua a Federico García Lorca, Madrid, 2008

Casa de Rafael Alberti, El Puerto de Santa María, Cádiz, 2008

Casa natal de Antonio Machado, Palacio de Dueñas. Sevilla, 2010

Residencia de Estudiantes de Madrid, 2008

Museo Dalí, Figueras, Cataluña, 2008

Con la estatua a Ramón Mª del Valle Inclán, Madrid, 2010
Te juzgan mal y sufres por eso. Eres de nieve por fuera y de llama por dentro. Quien te toca se hiela mientras tú te abrasas. No sabes querer y estás queriendo siempre; no sabes vivir y estás vivo. Tu sitio no está en ninguna parte, siempre desearás un lugar diferente...

Luis Cernuda, Comedia inacabada y sin título