martes, 13 de marzo de 2012

Sobre la vigencia del esperpento


Asta su abuelo, Francisco de Goya


EL MARQUÉS.- [...] ¿Y se muere mucha gente esta temporada?
UN SEPULTURERO.- No falta faena. Niños y viejos.
OTRO SEPULTURERO.- La caída de la hoja siempre trae lo suyo.
[...]
EL MARQUÉS.- ¿No habéis conocido ninguna viuda inconsolable?
UN SEPULTURERO.- ¡Ninguna! Pero pudiera haberla.
EL MARQUÉS.- ¿Ni siquiera habéis oído hablar de Artemisa y Mausoleo?
UN SEPULTURERO.- Por mi parte, ni la menor cosa.
OTRO SEPULTURERO.- Vienen a ser tantas las parentelas que concurren a estos lugares, que no es fácil conocerlas a todas.

Ramón María del Valle-Inclán, Luces de bohemia


Si a Valle-Inclán le divertía que los pobres sepultureros desconocieran la historia de Mausolo y su esposa Artemisia, que le construyó un inmenso templo –un mausoleo- a su muerte, no puedo imaginarme qué sería de él en nuestra época. Cuántos esperpentos podría inspirarle el hecho de que, al señalar a una joven estudiante la casa donde vivió Rafael Alberti, recibiera, como yo recibí, la siguiente respuesta: “¿Rafael Alberti? ¿Quién es, tu ex?”. O que alguien le preguntase, como a mí, “qué escribió Robert Redford”; o escuchar esta tajante afirmación: “He visto en el cine la película del Libro del buen amor, con Mario Casas. Me ha encantado”. De acuerdo, estaba confundiendo el Libro del buen amor con ese best-seller del tal Moccia, Perdona si te llamo amor; pero, ¿os imagináis por un momento a Mario Casas –excelso actor donde los haya- interpretando al Arcipreste de Hita? Es la más pura esencia del esperpento.


Vivimos en un país en el que los ladrones juzgan a sus jueces –la honradez recompensada, siempre, en España-, en una democracia en la que investigar crímenes del franquismo puede conducirte a la cárcel y donde los peregrinos de la Iglesia Católica aprovechan para ir al Zara de Madrid mientras su Santidad –antiguo miembro de las Juventudes Hitlerianas- está dando un discurso apoyado económicamente por nuestro Gobierno “laico”. El loro aquel de la cueva de Zaratustra que gritaba “¡Viva España!” sobrevuela aún nuestros telediarios, e incluso hay alguna otra nueva especie de pajarraco que ha modernizado el grito a “¡Viva el vino!” –es aquí donde todos nos imaginamos al susodicho personaje sonriendo por debajo de su bigote, mientras suena de fondo aquella canción de Ramoncín: Litros de alcohol.


La vigencia del esperpento cada día me asusta más, porque no hace sino crecer. La televisión es el espejo deformador de nuestros días: hemos pasado de ver series sobre la biografía de García Lorca o basadas en la obra de Galdós, Fortunata y Jacinta; a llorar con las aventuras de Isabel Pantoja y Julián Muñoz amachambrando millones por Costa del Sol –al fin y al cabo ellos también lucharon contra la sociedad; ¡qué incomprendidos son a veces los corruptos…! Y si con la televisión me quedo corta, podemos trasladarnos también a la gran pantalla, donde de vez en cuando nos encontramos con alguna perlita, como la nueva creación de José Luis Garci, cuyo argumento podría resumirse en la llegada de los míticos Sherlock Holmes y Watson a la España de finales del siglo XIX en busca de... ¿Jack el Destripador? Y la cosa no termina ahí, porque en esta brillante y arriesgada misión recibirán la ayuda, nada más y nada menos, que de Isaac Albéniz, quien por lo visto ya se había cansado de componer suites y decidió que le vendría bien jugar un tiempo a los detectives. ¿Y quién mejor, para interpretar a Albéniz, que nuestro adorado ex alcalde y actual Ministro de Justicia –o Injusticia-, Alberto Ruiz Gallardón? Sí; no se trata de ninguna broma: Gallardón hace sus pinitos en el mundo del espectáculo, como ilustre sobrino-nieto del compositor. Y bienvenidos a Sssshpaña.




La otra noche, pasando por el Callejón del Gato, me reencontré con los valleinclanescos espejos, enmarcados en la pared del célebre bar de tapas Las Bravas. Muy castizo, todo. Muy esperpéntico, el hecho de que hayan acabado en un bar de tapas. Don Ramón sonreiría al enterarse. Me paré frente a uno de ellos y contemplé en silencio mi deformado reflejo, ocurriéndoseme que él se adaptaría mucho mejor que yo a este mundo desquiciante…

jueves, 9 de febrero de 2012

Dentro


La noche tiene la forma de un grito de lobo.

(Alejandra Pizarnik)


Pienso en el mar y pienso en nada. En cientos de todos que se marchitan dentro de una bola de cristal donde siempre es invierno. Y fuera, dicen que las temperaturas bajarán de los cero grados centígrados. Como si eso importara.

Encontrar a alguien que quiera comprenderme es como tratar de atrapar las nubes con un cazamariposas. No resulta aconsejable atreverse a soñar por estos mundos, o arriesgarse a despegar, aunque levemente, los pies del suelo; enseguida te acusan de excentricidad y de tener mil pájaros en la cabeza. ¿Y qué les importa a ellos? A ellos, con sus realidades grises y su simplismo de hoja en blanco. A ellos, con su seguridad recalcitrante, afilada, hiriente; confiados respecto a su futuro; orgullosos de ser nadie y a la vez serlo todo; prácticos, miserables, hipócritas. A ellos, que con su prepotencia son capaces de dibujar los mundos que su inexistente imaginación no les permite.

Amo lo leve y lo transparente, lo sutil y lo frágil, lo temeroso y lo inseguro; lo humano. Tal vez, porque desde el fondo de mi bola de cristal –en la que siempre nieva- sigo buscando aquella estatua griega legendaria escondida en las ruinas del misterioso e imposible Peñón de la Pena Muerta.

Una vez creí encontrarla.

…………………

El cielo se resiste a nevar, pintándose de gris la cara y esperando, enfurruñado, a que alguien se fije en la inmensidad de la luna llena esta noche; quizá esa sería la única forma de que transigiera. Y mientras tanto, la luna se muere de frío en su firmamento sin estrellas.

Ya no queda nadie que la mire. Las farolas de la ciudad adormecen las conciencias y levantan una fina capa de hielo sobre los sentimientos. Las primeras personas de los verbos campan a sus anchas por la noche, solas sin saberlo realmente. Yo las miro a todas y no puedo evitar verlas iguales, embutidas en el mismo traje gris que, al igual que el firmamento, tiene borradas las estrellas.

No siempre fue así. Hubo un tiempo en el que creí distinguir dos luceros que, en realidad, no eran más que dos ojos. Tantos años soñando con algo que, al final, no es más que otro algo prisionero en la jaula de la mediocridad, del no entender y de la confianza ciega.

Una voz interior me susurra que, si los odio, es porque en el fondo me gustaría ser como ellos. No sentir, no soñar; solo vivir.


Experimento una creciente sensación de lejanía; y mientras, el viento del este agita con descaro las ramas de los árboles y me sonríe, conminándome a seguir soñando; y siento más cerca a ese viento infame que a las palabras de aquellos que se hacen llamar amigos.


…………………


No podría ser como ellos, aunque lo intentara. Un día sin sombras amanecerá en mi bola de cristal el sol; y entonces, cuando me miren, se arrepentirán de sus palabras y de esa ironía que pretende ser fina, de su incredulidad y de su risa. Descubrirán que la ausencia de sueños es un desierto y que los auténticos prisioneros son ellos mismos. De su propia ignorancia.

martes, 10 de enero de 2012

Mundos que se acaban

Salvador Dalí, "Melancolía atómica"

Hay que continuar siempre. ¿No es ese tu secreto, Cadio? La sociedad es estúpida, pero el mundo es hermoso. Esas llamas, el sonido de las hojas en los vidrios de la ventana, el reflejo de la luz sobre las planchas del suelo: ¡qué maravilla! Todo ello existía, mas no sentía esa lenta caricia con la cual curan la más profunda herida del deseo. Tu presencia me dice que debe amarse la vida y el aire y la tierra divinos que la rodean. [...] No desdeñar lo natural: amar. Y si se ama, si se ama apasionadamente, nos olvidaremos de nosotros mismos. Entonces estaremos salvados.

Luis Cernuda



A Sara, a Eva, a tantos más...


Cuando oigo eso de que en el año 2012 se acabará el mundo, no puedo menos que sonreír. ¡Como si no se nos hubiera acabado ya el mundo no una vez, sino decenas de veces! Sí, hay que confesar que algunos finales son más catastróficos que otros, y en ocasiones se tarda mucho más tiempo en encontrar los pedazos descompuestos y volver a construir, si no una realidad a nuestra medida, al menos un sueño en el que estemos cómodos. Pero siempre volveremos a encontrarlos, hasta que el mundo vuelva a derrumbarse de nuevo.

Al menos, para los que sabemos llorar. Y con llorar, no me refiero a montar una escenita y que se te queden hinchados los ojos dos días; sino también a llorar por dentro. A sentir. Porque, aunque los sentimientos sean propios de esta especie a la que han llamado homo-sapiens, hay integrantes que han alcanzado un paso más de la evolución humana, y han logrado moverse por el mundo sin que nada les afecte más de lo necesario. La sensibilidad es para ellos un despojo de épocas pasadas, una debilidad innata de algunos seres vivos incapaces de pasar los acontecimientos por el luminoso filtro de la razón. En Desayuno con diamantes, Audrey Hepburn los distinguía entre canallas y supercanallas. Yo los llamo crustáceos de sangre fría. Porque sí; otra cosa no, pero sangre fría tienen… Además de una capacidad innata para hacer malabarismos con los sentimientos ajenos. El crustáceo de sangre fría, el que aquí llamaremos crustáceo común, después de atrapar en un tarro las pequeñas mariposas de los sentimientos, se pone una venda en los ojos antes de comenzar con sus juegos malabares. Hasta que, un día, alguien le recuerda qué son en verdad esas diminutas mariposas. Y el crustáceo común se quita la venda, arquea una ceja y dice: ¿En serio? ¡Vaya, no me había dado cuenta! Y libera las maripositas sin importarle que estas ya no puedan volar, porque el fino polvillo de sus alas ha desaparecido al contacto de los dedos humanos.


Salvador Dalí, "Alegoría del Sol"


Pero al fin y al cabo, el crustáceo común es el más inofensivo de los crustáceos de sangre fría. Hay una variante más evolucionada que ha logrado, además de no sentir nada, desarrollar un pérfido ingenio para destruir las mariposillas más brillantes, las más delicadas, las más inocentes. Son los llamados asesinos de luces –para mi desgracia, me topé con uno de uno de estos hace tiempo, y tuve ocasión de realizar un posterior estudio al respecto. Los asesinos de luces no se conformarán con atrapar todas las mariposas que encuentren; son unos coleccionistas natos a los que solamente les interesan aquellas que encuentren posadas sobre las flores de la inocencia. Después de encerrarlas en un tarro y de toquetear sus alas para que no puedan volver a volar, comenzarán con los juegos malabares; y sin necesidad de venda en los ojos, porque disfrutarán viéndolo. Cuando terminen de jugar, no liberarán a las moribundas criaturas, trazando vanas excusas para justificarse. Las aplastarán con los dedos y las pisarán, les arrancarán de cuajo las alas y se reirán mientras lo hacen. Y en ese momento, morirá una estrella. Después, el asesino de luces buscará por la tierra el cadáver de esa estrella para fulminarlo hasta hacerlo desaparecer. Alguna vez, lo encontrará.

El mundo nunca se acaba para los crustáceos de sangre fría. Cuando nuestro planeta se haya convertido en un cementerio de vida, de colores y de sueños; ellos deambularán por entre las tumbas, ignorantes de lo que ocurre a su alrededor, o más bien impasibles. Seguirán comiendo, durmiendo, riendo, mirando todo desde su prisma de dos dimensiones. Nada habrá cambiado. Los asesinos de luces tal vez sean los únicos que lo sentirán de alguna forma, porque ya no les quedarán inocencias que destruir.

Yo me declaro irremediablemente perteneciente a ese sector más obsoleto de la humanidad al que todavía se le cae el mundo no una vez, sino decenas de veces. Soy capaz de definir el dolor como una garra que atenaza el corazón, y la alegría como una canción con los labios cerrados. Puedo escribir sobre el amor, aunque nunca lo haya sentido correspondido, y también leer poemas y derramar lágrimas. Escuchar un acordeón y experimentar escalofríos. Creer en las hadas y en los Príncipes Azules. Soñar con que algún día, alguien me despertará del Hechizo. Puedo, en definitiva, sentir. Y si para evolucionar hay que dejar de hacerlo, la verdad es que prefiero quedarme en mi mundo de nostalgias y de sueños imposibles, de romanticismo caduco e ingenuidad infinita. Y sé que desde aquí, soy un ser absolutamente vulnerable a los crustáceos de sangre fría, incluso a los asesinos de luces. Es lo malo de la ingenuidad: nunca te permite ver con claridad lo que está fuera de ella. Pero yo puedo sentir… sentir, con todas sus consecuencias. Sin sentimientos, que sería del Arte, y sin el Arte… qué frío se quedaría todo.Viva la derrota.

sábado, 31 de diciembre de 2011

La primera luz

"Nube", René Magritte

[…] Buscaba alguna palabra para aparentar comunicación. Mas ¿qué decir? Sentía tal frío que ya casi no era cuerpo, sino una idea: la idea de frío, perdida durante un crepúsculo de enero por un triste rincón de la tierra. Sin embargo ¿dónde estaba la tristeza, en mí o en las cosas? No te engañes, Albanio: vivir es sentir intensamente la falta de algo […] Todos esos deseos que llevas ahí, bien clavados en el pecho, nada responden ni demuestran. Limítate a vivir, simplemente. ¿Te acostumbrarás a ello? ¿No? Peor para ti.

Luis Cernuda, Diario de un viaje



Otro año que se muere. Se aleja hacia la orilla opuesta del tiempo, dejando un sabor agridulce en la comisura de los labios. Diminutos instantes de luz en medio de un paisaje anguloso y adverso, enemigo de la imaginación. Diminutos instantes cuyo recuerdo arrastra tras de sí una sombra inmensa, un agujero inexpugnable de oscuridad. Irremediablemente. Pero sin luz, entonces no…

En algún momento indeterminado he comprendido al fin por qué las pupilas son siempre negras. Lo son para ocultar el miedo que se esconde por detrás de los ojos: el miedo a que no pase nada, el miedo a lo que pueda pasar. Tumbarse en la arena de cara al mar tiene el mismo grado de riesgo que cerrar los labios y utilizar una soga de nubes para alcanzar la luna. O que coleccionar bigotes de gato. Nunca descubrirás si lo que tienes enfrente es realmente el mar y, por muchas nubes que encadenes, la luna estará siempre lo suficientemente baja para que no consigas alcanzarla. Después te quedará la opción de descender a los infiernos, que además resultan mucho más tentadores en diciembre.

Vivir es sentir intensamente la falta de algo. Es la única enseñanza que el año moribundo puede proporcionarme, aunque no voy a infravalorar la contribución de los anteriores en dicho descubrimiento. Insatisfacción. Ocurre igual que en esas pesadillas en las que, por mucho que corres, no consigues avanzar ni un centímetro. Así son los deseos: demasiado altos –o bajos, como la luna- para realizarlos. Deseos como copas medio vacías –sí, me declaro pesimista- o como intentos por atrapar el sol con un cazamariposas. E incluso si lo consiguieras, te invadiría una nostalgia irremediable por no ser una humilde estrella, en vez del sol, la que ahora expirara en tu tarro de cristal. Y es que el cielo está cuajado de realidades inalcanzables.

Tengo demasiados poemas y demasiados nadies a quienes dedicárselos. Demasiadas historias que han perdido su protagonista, o demasiados protagonistas sin historia. Prefiero no tener que traducir las letras de las canciones en inglés, y a menudo se me olvida recordar algo que me dejé olvidado mientras caminaba por el mundo. En un día del que tampoco me acuerdo. Y sí: yo soy de esos infelices que no se acostumbran a vivir, simplemente. Todavía conservo la esperanza de que algún día, mirándome al espejo, mi verdadera imagen se asomará por detrás de las pupilas, sonreirá y me tenderá una mano hacia un cuento del que yo sería la protagonista perdida. ¿Huir? Sí; ya sé que es el recurso romántico. Y tal vez ni siquiera de ese modo estaría satisfecha. Pero también el tiempo se va sin preguntar, envuelto en su disfraz de años y de Nocheviejas borrachas de propósitos imposibles.

No olvidemos encender la luz cuando terminen las doce campanadas… En 2012.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Feliz Navidad


La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.

Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Pablo Neruda


Diciembre. Vacaciones. Mañanas en pijama. Absurdas comedias navideñas de TVE. Especiales en las series de dibujos animados. La maleta vieja donde se guardan todos los adornos. Separar las ramas del Árbol de Navidad. El canguro de las montañas del Belén. Nieve de corcho. Cadenetas. Anuncios de perfumes. El Calvo. Frío. Bufandas, guantes, gorros de pompón. Panderetas. Pasamontañas. Bromas de la Plaza Mayor. Circo. Chocolate con churros en el Café Comercial. Luces que se desvanecen cuando lloras. Villancicos. Ese Papá Noel que nunca viene a casa porque estás abonada a los Reyes. El otro Papá Noel que permanece en tu estantería el resto del año, y que canta una canción si le das cuerda. Cochinillo asado. Fotos, más luces. Mamá. Orejas de reno. Recuerdos. Lejanía. Olores encontrados. Otra casa, otro salón, otro Árbol. Una niña sentada a la mesa, soñando sueños hoy envejecidos. Envejecidos, pero no muertos. Los mismos ojos, las mismas lágrimas, los mismos labios de cereza madura. Borroso. Nostalgia. Siempres deteriorados por las esquinas. Feliz Navidad.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Presentimiento


"No mires atrás, Shaime. Si miramos atrás en los andenes, la imagen permanece como una promesa."

(Un toque de canela, 2003)


Todo se parecía demasiado a un cuento de hadas, hasta ese momento: el momento de la despedida. La playa entonces se estremecía en naranjas y rosados al efecto del crepúsculo. Cuando se separaron, ella comenzó a caminar y, no habiendo dado cinco pasos, volvió la cabeza, esperando que él también la volviera. Pero él seguía alejándose sin detenerse un solo segundo. Él no se volvió.

Una súbita inquietud comenzó a tomar forma dentro de ella. Tenía un presentimiento, y es que el hecho de que no se volviera para mirarla no podía anunciar nada bueno. Pero en aquel momento, el veneno de la felicidad aún hacía efecto sobre su frágil corazón. Las primeras estrellas sonreían ya desde el firmamento; el mar se había convertido en una masa de agua negra, impenetrable; nocturno escenario de una historia cualquiera del romanticismo. Así que, sonriendo, desechó aquellos sombríos pensamientos y siguió su camino. Alejándose hacia una realidad en la que faltaba el color azul.

En general, nunca solía errar en sus presentimientos. De la misma forma que, cuando veía por primera vez unos ojos con un brillo especial, podía adivinar en ellos a un amigo. O cuando, después de probarse un conjunto, su madre la sometía a esa especie de escáner silencioso al que seguiría un sucinto “¿Qué tal te quedaría con otra camiseta?”. Esa íntima satisfacción consecuencia de la leve sonrisa dibujada en los labios de un profesor que pasaba por delante de su mesa durante el examen y, casualmente, vio su respuesta a la pregunta número 3; o cuando, al intentar comunicarse con los amigos para ver si salían o no, de repente todo el mundo desaparecía: un claro indicio de que nadie tenía intención de salir. Era lo mismo que preguntar en casa “¿Qué hay de cenar?” y no recibir respuesta. Irremediablemente, algo que no le gustaba; tal vez pescado.

Él no se volvió entonces, pero tampoco se volvió nunca más. Ella debió haberlo sabido con certeza desde aquella primera –y única- despedida. Pero, como alguien dijo, nos aferramos a nuestros sueños tan desesperadamente como a nuestra vida. Instinto de supervivencia; ni más ni menos.

Entradas populares

Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

Ángel González

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Con José Manuel Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes de Madrid, 2011

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de los premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Lectura de poemas en la Feria del Libro 2010 de Madrid

Casa natal de Luis Cernuda, Calle Acetres, Sevilla, 2010

Casa de Luis Cernuda durante los años 20, Calle del Aire, Sevilla, 2008

Con la estatua a Federico García Lorca, Madrid, 2008

Casa de Rafael Alberti, El Puerto de Santa María, Cádiz, 2008

Casa natal de Antonio Machado, Palacio de Dueñas. Sevilla, 2010

Residencia de Estudiantes de Madrid, 2008

Museo Dalí, Figueras, Cataluña, 2008

Con la estatua a Ramón Mª del Valle Inclán, Madrid, 2010
Te juzgan mal y sufres por eso. Eres de nieve por fuera y de llama por dentro. Quien te toca se hiela mientras tú te abrasas. No sabes querer y estás queriendo siempre; no sabes vivir y estás vivo. Tu sitio no está en ninguna parte, siempre desearás un lugar diferente...

Luis Cernuda, Comedia inacabada y sin título