miércoles, 30 de marzo de 2011

Este año no habrá verano


SENTADO SOBRE UN GOLFO DE SOMBRA

Sentado sobre un golfo de sombra vas siendo ya sombra tú todo. Sombra tu cabeza, sombra tu vientre, sombra tu vida misma.

En vano escuchas la canción del muchacho jovial. Es una canción impersonal, exactamente pudiera ser otra canción cualquiera, y ése es el motivo de que te sientas atraído por el canto y su cantor.


Cuida tu sombra; dentro de tiempo ni sombra serás. Cuida tu pecho y tus sueños, cuida tu cabeza, que ya es una nube y se pierde, como chal delicado, en la tempestad orquestada.


Sube a las cariátides fraudulentas; grita desde allí sobre la arcilla y la lana. Grita, grita, vuelve tus manos del revés. Luego podrás tenderte confiado bajo tu propia sombra.

El resto es el amor evangélico.



Luis Cernuda



Alguien me dijo una vez que las ilusiones están hechas con materiales muy poco consistentes. Algunas se deshacen antes de volverse realidad, y entonces es como si se hubieran apagado las luces del mundo. Y tú, en medio de la oscuridad, te sientes irremediablemente adulta, zozobrando por las realidades de las que llevas huyendo tanto tiempo. Realidades donde no hay lugar para la más mínima ilusión; y la vida sin ilusiones es una triste y tortuosa condena.

Realmente, nunca imaginé hasta qué punto el sentido de todo puede estar tan estrechamente vinculado al mar. No me queda sino llorar por todos los veranos irrecuperables que –ahora lo sé- se han quedado sumidos en un pasado aún más irrecuperable. De repente, no existe ya el verano.


“Bienvenida a la realidad”, me susurra una vocecilla al oído.


Me molestaría en buscar una respuesta adecuada si fuera hoy algo más que sombra.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Prefiero llorar

La Princesa Cisne, 1994

Canto, río, con tus aguas:

De piedra, los que no lloran.

De piedra, los que no lloran.

De piedra, los que no lloran.


Yo nunca seré de piedra.

Lloraré cuando haga falta.

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Rafael Alberti

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Como la mayoría de lectores precoces, me declaro irremediablemente idealista en medio de un mundo que parece sumido en el más absoluto de los pragmatismos. Quizá sea defecto mío esta excesiva hipersensibilidad que me lleva a mirar todo de lejos y a estremecerme, por no decir a convertirme en una escéptica con aspiraciones a eso que los poetas llamaron misantropía. ¿Puede ser tan insensible la existencia humana? Es como si la gente hubiera desarrollado una especie de coraza y la palabra llorar no se encontrara ya en el diccionario.

La soledad aquí no es más que un mecanismo de extrañamiento, una forma de autodefensa para protegernos de algo que no logramos comprender. Porque la tristeza, el dolor o la nostalgia, a pesar de su sabor amargo, nos hacen sentirnos vivos. Son un canto al individualismo, a la poesía intimista, al egoísmo, al amor platónico y al no correspondido, a las emociones violentas y a menudo absurdas que suelen embargar a los seres humanos. Y no quedan muchos de estos últimos.

Yo no me dejaré absorber por este mundo, ni me uniré a las mayorías ni me abandonaré por el blanco sendero de la indolencia que consume todas las horas. Prefiero seguir soñando –lejos, sola, triste en ocasiones- con los cuentos de hadas, los finales felices y los poetas derrumbados por el tiempo. Y nunca me dejarán de sorprender esos pedacitos de realidad que desmienten mis teorías catastrofistas y desvanecen mi escepticismo. Como este…

Conozco una historia de amor, de esas que solo suceden en las novelas. Pura, dulce, ingenua, sin manchas de sombra ni caras ocultas, sin episodios sórdidos o terribles; todo ella luz y lágrimas azules. Una burbuja en la que el tiempo y la distancia no son enemigos lo suficientemente poderosos porque, como decía Salinas, Las estrellas disipan, de lejanas que son, las distancias del mundo. Y nada puede separarlos. A veces es como si no existieran más que ellos dos en el universo, y con su amor se rieran del resto de leves criaturas que creen –que creemos- estar vivas. Sin más horizonte que otros ojos frente a frente.

Comenzó despacio, suavemente, en un rincón lejano –para ambos- del planeta. La casualidad los encontró allí y nació una conexión que, años más tarde, haría florecer un amor que está por encima de cualquier consideración terrenal. Fui escéptica en un principio, o tal vez no se tratara más que de celos. Celos por no ser yo la que finalmente pueda experimentar todas mis fantasías de cuentos de hadas con las que llevo soñando desde que tengo uso de razón.

Pero ya no importa. Ahora solo puedo verlos como una de las últimas esperanzas de este mundo y uno de los últimos motivos por los que no dejar de creer en mí misma. Y en las estrellas. En los valses, en la poesía y en los recuerdos. En el azul… Incluso me siento parte de la historia, siendo uno de los protagonistas alguien tan cercano a mí. Y eso me enorgullece. La palabra siempre puede ser verdaderamente eterna.

Y compadezco a todos aquellos que Buero Vallejo llamó mezquinos razonadores; crustáceos, según Cernuda; putrefactos, para Lorca. Estatuas de hielo, yo jamás seré como vosotras. Me acabaría derritiendo… Quedaos bien a gusto con vuestras realidades huecas.

miércoles, 23 de febrero de 2011

La Bella Durmiente insomne


"Ello existía y te aguardaba, ni siquiera fuera sino dentro de ti, adonde tú no querías mirar, como incurable mal físico que la tregua adormece sin que por eso salga de nosotros."

Luis Cernuda

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La Bella Durmiente se incorporó en su lecho y, con esfuerzo, se puso en pie. Soplaba un viento gélido como en ninguno de los inviernos que ella había vivido. La rosa que las Hadas dejaran sobre su pecho se hallaba congelada y marchita, y sus propias mejillas habían adquirido un tono rosado a causa del frío. Tal vez era ese frío la causa de que no pudiera conciliar el sueño.

Porque sí: debió haberse quedado dormida a los dieciséis años. Y desde entonces habían pasado ya unos cuantos inviernos –aunque ninguno tan helado como aquel. Los primeros meses se quedaba muy quietecita en su lecho de flores, haciéndose la dormida mientras soñaba despierta con la llegada de su Beso. Pero este nunca llegaba, así que se levantó y se fue a buscarlo por su cuenta durante el día. A la caída de la noche, volvía a su cama y trataba de dormir, aunque jamás lo conseguía, porque tenía demasiadas preocupaciones rondando por su cabeza.

A los diecisiete años, creyó encontrarse con el Príncipe Azul. Cada noche, sonreía confiada, sin dudar de que sería él quien, a lomos de un blanco corcel, besaría sus labios de hielo. Pero pasaba el tiempo y el supuesto Príncipe le demostraba que no tenía intención alguna de intentarlo. Tal vez no era consciente de su propia identidad, de que él era el destinado a romper el Hechizo que mantenía sumida a la Princesa en un mundo de brumas. Al final, ella concluyó que no podía tratarse del Príncipe Azul, que se había equivocado. Y enterró sus sentimientos en lo más profundo de un poema que después cerró con llave. Creyó que así lo olvidaría para siempre.

Los años se sucedieron, frenéticos y grises. Ella se dejaba llevar, mezclándose entre la gente que ni siquiera pertenecía a su cuento: amigos de color celeste, libertades que guiñaban los ojos, asesinos de luces y veranos. Cientos de miles de veranos. Llegó un momento en que nadie recordaba que era la Bella Durmiente. Incluso ella misma llegó a olvidarlo durante algún tiempo.

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Pero aquella mañana era más gélida que ninguna de las mañanas que habían existido sobre la Tierra. El mundo se moría de frío, y ella solo podía pensar que aquel frío era hermoso. Al otro lado de un espejo, contemplaba a quien un día creyese su Príncipe Azul que, extrañamente, nunca se había ido de su lado en todos esos inviernos. Y entonces ocurrió. El poema donde había encerrado sus sentimientos cayó al suelo y se rompió, porque siempre había sido de cristal transparente. Y contemplando al joven, la Princesa pensó que le amaba tanto, que sería capaz de esperarle dormida un siglo. Entonces lo comprendió todo.

Ella siempre había pensado que el Príncipe Azul no llegaba porque se había perdido por el camino, o tal vez porque aún no había logrado vencer al Dragón. Pero desde que construyó aquella jaula de cristal para sus sentimientos, su vida había sido un profundo engaño. Se había engañado a sí misma, porque aquellos sentimientos habían sido lo más real que nunca conociera. Aunque jamás hubiesen salido de su pecho y solo el silencio o el papel los hubieran recibido con sus aguas escarchadas. El joven que había amado, el que aún seguía amando a pesar de haberse empeñado en odiarlo, era en verdad el Príncipe Azul. Solo que su cuento estaba mal escrito: Perrault se había equivocado al escribirlo. Porque a pesar de esperarlo no un siglo, sino mil; él jamás de los jamases se acercaría para besarla. Porque no estaba enamorado de ella; nunca lo estaría. Y he ahí el gran error de su cuento.

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La Bella Durmiente avanzó por la alfombra blanca del invierno, y se decidió una vez más a tomar un somnífero para poder conciliar el sueño dentro de su sueño –porque sí, lo cierto es que toda su vida desde que se pinchara el dedo a los dieciséis no había sido más que eso: un sueño. Por mucho que tratara de ignorarlo, ella siempre sería la Bella Durmiente. Miró una vez más a su Príncipe Azul y este le sonrió con complicidad, con cariño. Ella le devolvió la sonrisa y le vio alejarse, aunque sabía que no tardaría en volver para hablarle de todos los veranos con los que se encontraba y de los cientos de mariposas que poblaban su mundo, y de los amigos celestes y las libertades saltarinas, e incluso de los asesinos de luces. Y siempre sería así.

Su Beso estaba muerto antes de haber nacido. Era tan imposible como el hecho de que alguna vez ella fuera a despertar. La Bella Durmiente suspiró y volvió a acomodarse en su lecho de flores heladas, con la confianza ciega que le otorgaba el somnífero y una tranquila y sosegada ausencia de esperanzas. Pero ya nunca más se molestaría en engañarse a sí misma.

jueves, 27 de enero de 2011

Desde las nubes



Y súbita, de pronto, porque sí; la alegría.

(Pedro Salinas)

http://www.sermadridsur.com/noticias/marina-casado-ganadora-del-certamen-literario-ser-stevenson-una-de-piratas_14555/

Recuerdo con emoción el momento en que me enteré de mi pequeño triunfo. Recuerdo que esa noche de noviembre me embargaba una incierta apatía e indolencia hacia el mundo -algo que me ocurre últimamente con relativa frecuencia-, a pesar de estar cenando con tres buenas amigas. De repente, un mensaje al móvil turbó mi realidad. En él me proporcionaban directamente un enlace a una noticia de Cadena SER Madrid Sur en el que me anunciaban como ganadora del Primer Premio del Certamen de relato "SER Stevenson, una de piratas". Recuerdo que me puse a saltar, literalmente; y que mi repentina alegría nada tuvo que ver con los 1000 euros que había ganado, según aquella información.


Los siguientes días fueron un torbellino de acontecimientos inesperados y maravillosos. Una entrevista en Hoy por Hoy, otra en Canal 8 TV... No podía evitar sentirme en las nubes al ser consciente de que este era mi primer premio fuera de la universidad o de un instituto, y que eso significaba que, realmente, mi obra tiene algún valor. Nervios, alegría atropellada.


Sin embargo, tuve que esperar al 26 de enero para recibir el premio. Fue ayer, en una ceremonia de entrega celebrada en Fuenlabrada, en la sede del Grupo Cefoim. Acudí allí con mis padres y con Marta, que se ha convertido en mi fotógrafa de ceremonias y en mi representante literaria. Y tras la entrega, más fotos y más entrevistas, y más nubes y más "esto no me puede estar pasando a mí". Pero sí que me estaba pasando.


Mi relato, El viento sobre Penumbrosa, ha sido publicado en un volumen titulado SER Stevenson, Una de piratas, junto con los relatos del segundo y tercer premio y de los finalistas. Y está a la venta, valorado en 10 euros. Es la primera vez que se vende algo mío -o al menos, donde aparece algo mío. Y me hace mucha ilusión.

Y no solo eso. El hecho de ir tan bien acompañada a la ceremonia de entrega me suscita un agradecimiento que no se puede expresar con palabras. Yo nada sería si no hubiera estado siempre mi familia a mi lado, apoyándome, y animándome para que me presentara aquí y allá, y bajando un sol para mí cada vez que mi mundo se oscurece. Mis padres y mi hermano son en gran parte la razón de mis éxitos literarios, y sé que siempre estarán ahí. Pero lo que me sorprende gratamente y desafía mi natural escepticismo es comprobar que hay personas, más allá de la familia, a las que le importo de verdad, que se alegran con mis alegrías y que sufren si yo lo paso mal, y que no tienen en cuenta mi carácter egoísta. En este caso, me refiero a Marta. Tal vez nunca se lo haya dicho expresamente, pero ella es una amiga de verdad. De esas en las que es tan difícil creer. Y no solo porque siempre me acompañe a todos los actos y ceremonias de forma voluntaria, con ilusión -no porque yo se lo haya pedido-; sino porque ella es una de esas raras personas que no tienen maldad y que a menudo pecan de ingenuas. Y aunque sea solamente por haberla conocido, me alegro de estudiar en la Carlos III. Cuando ella triunfe como periodista -que estoy segura de que así será-, yo tampoco me perderé sus triunfos.


Y al reflexionar sobre los últimos acontecimientos, se me ocurre pensar que, tal vez, estoy un poco más cerca de mi sueño: publicar una obra completa -a ser posible, de poesía. No son aires de grandeza, es que, como decía Alberti: No es más hondo el poeta en su oscuro subsuelo encerrado. Su canto asciende a más profundo cuando, abierto en el aire, ya es de todos los hombres.

lunes, 24 de enero de 2011

El embrujo del sur

Conil de la Frontera, Cádiz


Blanco Cádiz de plata en el recuerdo.

(Rafael Alberti)

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Anoche, se me coló un rayo de verano por el corazón. Y un rayo de verano en mitad de enero puede ser algo indescriptiblemente precioso. En solo unos segundos, la noche dio paso al día, el frío al calor; el paisaje tras la ventana se difuminó para dibujar una playa, pero no una playa cualquiera, sino mi playa. El embrujo de Andalucía aparecía tamizado de melancolía, envuelto en los acordes tristes de guitarra de una composición de Albéniz; como si llorara de añoranza. Cádiz surgía en mi memoria suave y preciso, recubierto de cal blanca y de palmeras.

Anochecía en mi playa, y a lo lejos volvía a ver el faro, y aquella torre en mitad de la arena a la que nunca conseguía llegar por mucho que caminase, como si en vez de una presencia real no fuera más que un espejismo. Anochecía, y supe que después el firmamento suspiraría desde su negrura por encima del mar, y que cada uno de sus suspiros sería una estrella que caería sobre las olas y se reflejaría en aquella verde y sonriente mirada que no es más que otro destello del embrujo de Andalucía. Un hechizo que apenas dura unos pocos días al año, pero que le insufla al corazón el fuego preciso para continuar latiendo en esos meses en los que el mar adquiere los colores desvanecidos del recuerdo.

Cuanto daría por volver a aquellos días de irrealidad poética. Y es que no hay nada más real que lo soñado, sobre todo si el mundo de detrás de la ventana aparece cubierto de frío, olvidados los azules del Atlántico. Nunca he dejado de soñar en que volvería. Volverían la playa, las estrellas extraviadas en la arena y los puestos del mercadillo del pueblo; las miradas robadas y los ojos verdes. Y es todo en lo que necesito creer para seguir viva en este invierno.

Nadie que no haya ido al sur lo entendería…

martes, 11 de enero de 2011

En torno al azul

"El unicornio alegre", Salvador Dalí
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"Explosiones de azul en las alegorías"
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(Rafael Alberti)
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Ayer mismo, enfrentándome a mis temidos apuntes de Instituciones Internacionales, descubrí unas anotaciones hechas por mí junto a unas palabras dictadas por la profesora, que rezaban así:
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De los artículos publicados en la web, se han de estudiar solo los párrafos subrayados; la parte que está en azul no es importante.
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Debajo de esta frase, como una sombra, pude leer mis propias palabras, desconcertantes y casi absurdas en aquel contexto:
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Pero, ¿qué dice? Lo azul es lo único que importa en esta triste vida. ¡Aunque no exista! Sin el azul, nos veríamos relegados a la gris realidad. Oh, terrible azul, presente sólo en mis pupilas. Y cuando se pierde, cuando se tiñe de sombras; entonces ya no queda más que oscuridad.
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No sé qué pensar de mi facilidad para divagar en las clases... De cualquier modo, el invierno no es nadie mientras podamos envenenarlo de azules Tintoretto; mientras dejemos vagar la mirada por los azules del Mediterráneo, los azules griegos que descansan sobre la memoria. Mientras soñemos con aquella Venecia del azul Tiziano en oro... Porque, como dijo Alberti -el pintor más azul de toda la Historia de la Literatura-, "Aunque el azul no esté dentro del cuadro, como un fanal lo envuelve".

lunes, 10 de enero de 2011

Lo malo de la inocencia

La bella Durmiente, de Walt Disney

Creía a los hombres buenos o malos, de una pieza, como en los libros que leyó cuando niño. Su inocencia aún le permitía disgustarse con ellos al chocar de pronto con la perversidad. Aún debían transcurrir algunos años antes de que saliese de su error y comprendiese al fin que es tan difícil hallar un ser medianamente bueno como un ser medianamente malo. Porque el temple humano ha perdido resistencia moral, y van los hombres del bien al mal, fluctuando inestablemente, como una gallina coja, impulsados por la necedad y el egoísmo.
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Luis Cernuda

Lo malo de la inocencia es que, por muchas veces que te topes de bruces con la cruda realidad, jamás aprenderás a esquivar los golpes. La vulnerabilidad que suscita la inocencia es imposible de ocultar ante ojos ajenos, a pesar de que pueda tratar de mitigarse con ingredientes tales como el pesimismo o la prudencia. Pero al final, ni uno ni otro te salvará de caer una vez más en la trampa. De creer ingenuamente que has logrado imponerte a tu propio pesimismo, a tu terrible inseguridad.

La inocencia nos hace pensar en arquetipos: el lobo, el dragón, la princesa, la bruja. El amigo. Bajo el prisma de la inocencia, la amistad se convierte en una hermosa utopía. Confiamos ciegamente en aquellos que nos llaman amigos sin acordarnos de la última vez que eso quedó en entredicho. E inevitablemente llega el momento –porque siempre llega- en que ese amigo te la juega, como se suele decir. Por alguna razón, la inocencia suele ir acompañada de una absurda y blanda hipersensibilidad, y es cuando sale a la luz la consabida frase de Yo nunca me lo hubiera esperado de… Y realmente, no te lo esperabas. Y también realmente te afecta; por mucho que pretendas negarlo. Es lo malo de la inocencia.

Las personas no son malas ni buenas, sino una especie de híbridos entre el bien y el mal que pueden explotar más o menos una de esas dos partes. La inocencia incapacita para actuar con algo más que picardía: nunca permite llegar a la maldad. Pero, paradójicamente, atrae el lado más negativo de las personas que nos rodean puesto que, aunque sea de modo inconsciente, todos ven en esa inocencia ajena una oportunidad para obtener un beneficio o para reafirmar su propia seguridad, en el mejor de los casos. Por eso, en el momento en que alguien descubre tu inocencia… bueno, en ese momento ya estás perdido.

Tal vez, el concepto que la inocencia tiene de la amistad sea precisamente eso… inocente. Hace unos días, alguien me dijo que la amistad era algo mucho más frívolo e interesado de lo que yo creía. ¿Confiar tus secretos, tus temores, tus ilusiones? Eso se hace con los hermanos, con los padres, y poco más. Después de todos los golpes experimentados, la familia más cercana es la única que ha demostrado no fallar. La gente se mueve por intereses, me dijo esa misma persona, y nadie va a interponer tu persona a su propio interés. O al menos, no será un simple amigo el que lo haga. Un día llegará una persona, me dijo, para la que tu felicidad importe más que la suya; pero no será más que una persona, y llegará en el momento más inesperado.

¿Y mientras tanto? Actuar con más indolencia, dejarte llevar. Yo me considero afortunada por tener tres personas en las que puedo confiar por encima de todo, que han conocido mi infancia, mi adolescencia y este extraño limbo en el que me muevo ahora. Dos de ellas me han visto nacer. A una, he sido yo quien la ha visto nacer. Y las tres conocen de sobra mi ingenuidad, pero eso no me hace sentirme vulnerable ante ellas. Al contrario.

Esa misma persona de la que antes hablé me dijo algo que resulta difícil olvidar, en lo que llevo pensando desde hace días. Me dijo que es mejor no plantearnos cuántos amigos tenemos, o cuáles de ellos son de verdad; porque puede ocurrir que nos demos cuenta de que, en realidad, no tenemos ninguno.

Entradas populares

Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

Ángel González

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

Con José Manuel Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes de Madrid, 2011

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de los premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Lectura de poemas en la Feria del Libro 2010 de Madrid

Casa natal de Luis Cernuda, Calle Acetres, Sevilla, 2010

Casa de Luis Cernuda durante los años 20, Calle del Aire, Sevilla, 2008

Con la estatua a Federico García Lorca, Madrid, 2008

Casa de Rafael Alberti, El Puerto de Santa María, Cádiz, 2008

Casa natal de Antonio Machado, Palacio de Dueñas. Sevilla, 2010

Residencia de Estudiantes de Madrid, 2008

Museo Dalí, Figueras, Cataluña, 2008

Con la estatua a Ramón Mª del Valle Inclán, Madrid, 2010
Te juzgan mal y sufres por eso. Eres de nieve por fuera y de llama por dentro. Quien te toca se hiela mientras tú te abrasas. No sabes querer y estás queriendo siempre; no sabes vivir y estás vivo. Tu sitio no está en ninguna parte, siempre desearás un lugar diferente...

Luis Cernuda, Comedia inacabada y sin título