lunes, 8 de febrero de 2010

El juego de la oca

A mi Sarito
Otros esperan que resistas
que les ayude tu alegría
tu canción entre sus canciones.
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Entonces siempre acuérdate
de lo que un día yo escribí
pensando en ti
como ahora pienso.
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Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.
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La vida es bella, tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.
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José Agustín Goytisolo


Recuerdo bien aquel día de julio de 1996; fue el mismo día de la mudanza. Aún no me podía creer que la casa nueva tuviera piscina y, más aún, que estuviera abierta cuando llegamos. ¡Piscina! Qué bien suena esa palabra a los seis años. Mis pupilas todavía conservaban recientes los recuerdos de la etapa que acababa de terminar en mi vida: el tejado que se veía desde la ventana de mi habitación –lugar de encuentro habitual para decenas de gatos-, mi vecina Martita –víctima inocente de todas mis burlas y perrerías-, los paseos hasta La Jijonenca, que no quedaba muy lejos de casa; la terraza de aquel bar, El Caserío, los fines de semana; el olor a pescado del mercado de Puerta Bonita los sábados por la mañana. Carabanchel quedaba atrás. Desde aquel día de julio viviríamos en una calle llamada Puerto Serrano –igual que el jamón-, en una casa mucho más grande, a pesar de que mi habitación fuera más pequeña; en un barrio al que todavía no he sabido encontrarle el encanto, y eso que ya son catorce años viviendo en él.

Mi madre estaba empeñada en que hiciera amigos en la nueva urbanización. Nunca he sido muy sociable –menos en aquella época-, y por entonces ella tenía la costumbre de presentarme a los demás niños. Tal vez porque sabía que yo, por mí misma, no me iba a presentar a nadie. Tal vez porque era consciente de mi timidez crónica, esa que ahora disimulo, y porque siempre le ha gustado decir las cosas que yo no digo –lo cual tiene sus ventajas, pero alguna vez también me ha llevado a determinadas situaciones incómodas. El caso es que allí estaba yo aquella tarde, de la mano de mi madre, caminando hacia la piscina de mi nueva urbanización. Una vez hubo elegido a sus dos víctimas, nos acercamos a ellas y les preguntó cómo se llamaban. Eran dos niñas que resultaron tener la misma edad que yo. Una era muy delgada, muy poquita cosa. Recuerdo que lo primero que pensé de la otra fue que era muy guapa y que me encantaba su pelo. La primera se llamaba Ana, y he de confesar que nunca congeniamos lo que se dice demasiado. Con los años, nuestra relación se reduciría a indiferencia mutua.

La otra, la del pelo bonito, se llamaba Sara –que significa princesa-, y yo no podía saber por entonces que se convertiría en una de mis mejores amigas de todos los tiempos. Al contrario que ahora, me encantaba mangonear a los demás niños y llevar siempre la voz cantante. Lo conseguía con casi todo el mundo, pero no con ella. Ella era demasiado orgullosa. Ella lo solucionaba todo con un “Me subo, Marina” que se convirtió en una frase mítica de la infancia. Y me dejaba muy claro que no estaba dispuesta a aceptar mis reglas inventadas del juego de la oca, esas que a veces implicaban dar varias vueltas a la urbanización a la pata coja repitiendo “Soy un loro” y demás frases trascendentales –comprendedme, la oca era demasiado aburrida si no la aderezaba un poco… Tampoco le gustaba que las muñecas tuvieran que vivir en la selva amazónica o en Saturno, en vez de en la ciudad como personas normales. A día de hoy, no podrá negarme, sin embargo, que las farolas jugaban un buen papel como árboles frutales y que la cuesta por donde se baja a la pista de paddle era perfecta para ser el Amazonas (con cocodrilos incluidos).

Supongo que las dos éramos muy caprichosas. Y lo seguimos siendo. Jasmine y Aurora. En el fondo, nos parecemos más de lo que cabría pensar de dos personas con filosofías de vida tan distintas. Además, si no fuera así, pasaría lo mismo que con el juego de la oca antes de ser aderezado por mí: le faltaría emoción. Pero yo nunca imaginé aquella tarde de 1997 que tantos años después ella seguiría contradiciendo mi escepticismo en cuanto a la Amistad. Qué hubiera sido de ese concepto si nunca la hubiera conocido, a ella y alguna persona más. Vacío. Una palabra hueca.

A veces la realidad nos sorprende con puñaladas que nunca imaginamos, puñaladas por la espalda que atacan directamente al orgullo y hacen que una se sienta pequeña e impotente al comprender que la rabia no es suficiente para acabar con el origen de la frustración. Pero siempre voy a estar aquí, dispuesta a escuchar y a dar algún consejo que en ocasiones se reduce a un “Que le den”, pero que para nosotras tiene un significado más profundo. Por desgracia, vivimos en un mundo de hipocresía, de cobardía disfrazada de espontaneidad, de amistades hipotéticas o ficticias. En esos momentos de desengaño vital, me gustaría que las dos volviéramos a viajar a nuestra selva amazónica personalizada, lejos de todo. Y me atrevo a suponer que, a pesar de su antigua postura, a ella también le haría ilusión ahora.

sábado, 9 de enero de 2010

Breve paseo por las nubes

"Sol ardiente de junio", Frederic Leighton
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Tengo mucho miedo
de las hojas muertas,
miedo de los campos
llenos de rocío.
Yo voy a dormirme,
si no me despiertas,
dejaré a tu lado
mi corazón frío.

Federico García Lorca
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NARRADOR- Se abre el telón. Aparece en escena un gato atigrado y, junto a él…
GATO- ¡Eh, eh, un respeto! Soy una gata. Y me llamo Luna.
NARRADOR- Lo siento, un error lo tiene cualquiera… Volveré a empezar. Se abre el telón. Aparece en escena Luna, una gata atigrada y, junto a ella, un vestido azul que parece flotar en el aire…
VESTIDO- ¿Por qué sólo te fijas en el exterior? No soy un vestido flotante…
NARRADOR- ¿Quién eres, pues?
VESTIDO- Soy una brizna de aire a la que le gusta pasar inadvertida por el mundo y observarlo todo, pero a su manera, traicionando un poquito a la realidad. Mas no puedo, ¿te das cuenta? Resulta imposible pasar inadvertida y al mismo tiempo llevar puesto un vestido azul. ¿Cuál es el resultado?
NARRADOR- Una visión extravagante, sin duda.
VESTIDO- Sin duda. A nadie le pasa inadvertido un vestido azul flotando en la nada, como tú has supuesto en un principio, y la visión es demasiado extravagante como para olvidarla. Pero todos caéis en el error de no fijaros en quien lleva puesto el vestido, lo cual por otra parte resulta imposible, puesto que no soy más que una brizna de aire, y el aire es invisible para los ojos humanos.
NARRADOR- ¿Cómo debo llamarte, pues?
VESTIDO- Llámame simplemente Marina.
NARRADOR- Bien, muchas gracias. Ya que está todo claro, volveré a empezar… a ver si esta vez nadie me interrumpe. Se abre el telón. Aparece en escena Luna, una gata atigrada y, junto a ella, Marina. Da comienzo el primer acto.
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PRIMER ACTO
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LUNA (dirigiéndose a Marina)- ¡Ah, así que estás aquí! Yo pensé que a estas alturas te habrías perdido por las páginas de los apuntes de esa asignatura que no sirve para nada… ¿cómo se llamaba…?
MARINA- Efectivamente, digamos que me perdí, pero supe encontrar la salida. O más bien la salida me encontró a mí, porque yo nunca encuentro nada cuando lo busco, y cuando dejo de buscarlo me doy cuenta de que no quería encontrarlo. ¿O tal vez sí?
LUNA- No me has respondido. ¿Cómo se llamaba la asignatura?
MARINA- ¿Qué importa el nombre? Ni siquiera me acuerdo. Un nombre sólo cobra importancia cuando designa algo importante. Y aun en tal caso, podemos inventarlo. Yo de esa asignatura solo recuerdo que tenía las letras muy altas y muy difíciles de escalar. Qué complicado era saltar de una página a otra… La solución fue caminar sin detenerme por los márgenes blancos. Al fin y al cabo, eran el contenido más instructivo.
LUNA- Sigo pensando que dedicas demasiado tiempo al estudio. Deberías tomar ejemplo de mí y dormir más, dicen que es muy bueno para el cutis…
MARINA- Durmiendo se pierde la vida. Los gatos estáis siempre durmiendo porque podéis vivir siete veces antes de que suenen las campanas. Pero no me pidas que duerma. No me pidas que duerma cuando me he pasado tantos años dormida con los ojos abiertos. Lo que quiero ahora es despertar.
LUNA- Me resulta difícil creer eso que dices, que quieres despertar, y verte hablar con una gata.
MARINA- Otros hablan solos. Yo tengo una gata para hablar con ella. Además, que me respondas es signo de que estoy soñando, y eso es bueno. ¿Quién fue aquel que dijo que uno debe aferrarse a sus sueños tan desesperadamente como a su vida?
LUNA- Veo que sigues sin entenderlo. Si estás soñando, eso significa que todavía sigues dormida. Y no me vengas con eso de que la vida es sueño, que Calderón ya empieza a estar pasado de moda…
MARINA- Y qué sabréis los gatos de literatura española. Pero tienes razón, soñar es sinónimo de estar dormida. Siete veces habrán de cerrarse mis ojos antes de despertar.
LUNA- Que así sea…
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FIN DEL PRIMER ACTO

jueves, 31 de diciembre de 2009

Fin de la década

La Bella Durmiente, Walt Disney
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El pasado no es mejor que el presente, pero está iluminado por una luz sugestiva y crepuscular que es tan poética como distinta de la cruda y amarga claridad que tiene el presente.
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Pío Baroja


El año parece que llueve a lágrima viva en sus últimas horas de existencia, como si no quisiera irse, como si le costara aceptar que pronto pasará a formar parte de los recuerdos de todas las personas que han respirado bajo su cabellera tejida de meses. Tal vez quien llore no sea el año, sino el siglo, que no quiere hacerse mayor. Porque cumplir una década es algo demasiado serio que siempre nos deja un puñado de anémonas azules en los ojos.

Pero ya me he cansado de ser espectadora y de mirar la vida con los colores de antaño. Si comparo el mundo de antes con el de ahora, todo parece demasiado gris o demasiado amplio, como un jersey dos tallas más grande; y no sé muy bien si soy aquella niña que se pasaba las tardes dibujando o la adolescente que llenaba sus horas de soledad estudiando y escribiendo versos inútiles. Quizá el secreto esté en mirar las cosas con los ojos de niña, pero también de adolescente, y de nube, y de agua, y de sol. Todos los colores se funden entonces y la realidad no parece tan fría. Incluso puede que realmente no sea fría, aunque el termómetro de fuera indique que no llegamos a los diez grados.

No sé en qué esquina de mi existencia se me ocurrió dejar aquella pequeña chispa de confianza que iluminaba mis ojos y que me hacía sentirme parte de este mundo. Quienes me conozcan sabrán que soy una persona que se va dejando las cosas olvidadas allá donde va, y luego no encuentra las ganas suficientes para buscarlas. Pero he decidido abrir el cristal que he levantado en torno a mí y aventurarme a buscar aquella chispa perdida por estas realidades. Y despertar de una vez por todas, porque solo en un cuento de Perrault es posible dormir cien años y levantarte un día con las mejillas y las ilusiones intactas.

Apenas me he asomado un poco al mundo exterior y ya he descubierto que no es algo ajeno e inmóvil. Y no da tanto miedo como pensaba. Tal vez vivir en él no sea tan difícil. Tal vez merezca la pena. Y tal vez –solo tal vez- sea capaz de reunir el suficiente valor para no volver a encerrarme en mí misma.

No estoy sola. Sé que no estoy sola, por mucho que a veces me satisfaga envolverme en el más profundo de los pesimismos y pensar que lo estoy. Los que están solos, a veces, son mis pensamientos. Pero eso es porque me empeño en encerrarlos y en dejar que se marchiten en un rincón de mis ojos. También sé que no siempre ocurrirá así.

A todos aquellos que estáis dedicando unos minutos de vuestras existencias a leer esto, os deseo una feliz salida y entrada de década. Hay un montón de sueños sonámbulos esperando por nosotros más allá de las fronteras del calendario de 2009.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Yo vuelvo por mis alas

Alumbrado navideño en Atocha


Yo vuelvo por mis alas,
dejadme volver.
Quiero morirme siendo amanecer,
quiero morirme siendo ayer.

Federico García Lorca


Hace ya años que caminas junto a mí, pero hoy te veo más cerca, como si tu presencia se hubiera vuelto menos etérea. Tal vez sea el invierno, que ha llegado de improviso, helándonos las calles y el corazón. Ni siquiera el alumbrado navideño logra aplacar el frío que parece haberse instalado en mis sentidos. Supongo que por eso me evado hacia mundos y seres imposibles.

No recuerdo un diciembre tan frío como este. La nieve, por lo general, siempre ha venido de la mano de enero, desde aquel año tan triste en el que no pude bajar al patio para hacer un muñeco de nieve porque tuvimos que marcharnos. ¿A dónde? Tú lo sabes, así que prefiero no tener que recordarlo. Al fin y al cabo, no he dejado de hacerlo desde entonces. Cuando veo nevar siento empañarse una vez más los cristales del coche de mi padre y aquel pesado y húmedo silencio. Más allá, todo es blanco.

Vamos a dar una vuelta por el centro, aunque las luces de este año no me gusten. Ya no se oye a nadie cantar villancicos por la calle, pero claro, es que esa es una moda del siglo XX… y ahora estamos en el siglo XXI. En el helado siglo XXI, esa cifra que comienza por 2, igual que esta edad recién estrenada que se me hace demasiado grande para mi diminuta presencia. Cuando pienso en el 2, siento un afán irremediable de acurrucarme cerca de algo calentito y encogerme en torno a mí misma, cerrando los ojos y soñando con que, al despertarlos, todo volverá a la normalidad y los últimos trece años no habrán sido más que un sueño. Un sueño bueno, o malo; qué más da. Confuso, fugaz, impredecible, intoxicado de ilusiones marchitas.

Me gusta vivir en esta especie de vacío que representan las Navidades. Aunque este año no puedo encontrar el acorde exacto en el que todo se volvía cálido a pesar de que el termómetro marcara varios grados bajo cero. Todavía me falta el chocolate con churros en el Café Comercial, ir al cine el día de Navidad, pasar una noche viendo varios capítulos de El Zorro, una sesión fotográfica delante del árbol y cochinillo asado. Aunque ya no pueda ser en Nochebuena. Porque tú sabes lo poco que me gusta el bacalao en Nochebuena. ¿Cuándo se ha visto eso? Es un elemento extraño, igual que todo lo que me rodea. No sé si el mundo ha cambiado o soy yo la que no logro encontrarme. He debido olvidarme a mí misma en alguno de los años que van en bicicleta desde el invierno aquel en que todo cambió. Y ahora no puedo más que mirar, observar las cosas a través de un cristal inmenso, como si la vida fuera una película en VHS y alguien hubiera pulsado el botón de avanzar. Las imágenes se suceden fugaces, incomprensibles, demasiado confusas, sin darme tiempo a pensar y casi ni a soñar. Y eso que mis lunas están tejidas con sueños. Pero es que no soy yo; no puedo ser yo. ¿Quién me ha metido en este cuerpo tan raro, en este papel tan difícil, en este siglo tan helado? ¿Dónde se han quedado mis alas, dónde mi pasmosa seguridad de que el mundo se detendría con una sola de mis lágrimas? Yo vuelvo por mis alas, dejadme volver…

Tengo la impresión de que nunca volverá a ser Navidad. Pero me sigo encontrando bien en este paréntesis atemporal que sucede a una velocidad imposible. Más allá del 6 de enero solo veo niebla, y frío, un frío espantoso, y la vida que sigue, y las realidades acechando tras la esquina más próxima. Quiero esconderme del tiempo y que todo siga, pero que se detenga mi mundo, ya que resulta imposible volver atrás.

Ni siquiera sé por qué te escribo desde hace ya años, por qué te hablo, si no eres nadie, si ni siquiera existes. No representas más que mi desenfrenado afán por escapar de la realidad que me rodea. Pero no te alejes de mí, o me sentiré terriblemente sola. Y feliz Navidad para ti también.



sábado, 5 de diciembre de 2009

Y Dafne se detuvo...

" Apolo y Dafne", Gian Lorenzo Bernini


El invierno extiende su manto de frío sobre el mundo y a mí solo se me ocurre acordarme de aquel tórrido verano de Sicilia. Qué curiosas resultan las formas de evadirse que dibuja nuestro pensamiento.


Colores de Sicilia


La luna roja imprimía una huella sangrienta
sobre las cadenciosas e infinitas ondas
del mar que, en armonía con el firmamento,
confunde sus tonalidades en un único lienzo.

Rugían los demonios mitológicos
desatados en los largos latidos de la noche;
sus monstruosas formas apenas olvidadas,
arrastrándose erguidas por los valles y montes
de la lejana isla.

El misterio asomaba por el cráter del Etna
en forma de encendidas lágrimas de fuego
refulgiendo en el negro de la noche sin fondo;
triste recuerdo antiguo del brutal Polifemo
cuyo único ojo enamorado
atesora aun hoy reminiscencias húmedas
de su adorada Galatea.

Hércules no podía soportar
cargar el peso de la Tierra
sobre sus hombros blancos
de triste adolescente desterrado;
como tú no podías mirar el infinito
sin pensar que millares de espíritus celestes
se arrojarían de un momento a otro
sobre tu rostro hambriento
de madrugadas imposibles y patéticos besos
de ensoñación temprana.

Huye, Dafne; por siempre.
Huye por las veredas escondidas,
por entre los maltrechos templos sicilianos
reducidos a ruinas veleidosas
que sucumben ante el mirar inquieto
del dios de los océanos.

Intérnate por naranjales de frutos desangrados,
por claros olivares que respiran perfumes arrancados
de la lejana Andalucía, perenne en la distancia.
Italia te recogerá con sus voces cantoras,
sus tarantellas juguetonas y sus mares alegres;
sus mares que hoy encierran las tierras sicilianas
prisioneras en las inmensidades de un reloj inactivo.

Y Dafne se detuvo.
Un rugido indolente
estremeció el Mediterráneo deshecho entre la espuma;
y el Etna sacudió sus lágrimas de fuego
bajo el eterno ojo vigilante
de un monstruo enamorado…


6 de agosto de 2008


© Marina Casado

* ADVERTENCIA: Todas las poesías han pasado por el Registro de Propiedad Intelectual.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Amaneceres grises

"Pistol River", René Magritte


Tristeza de la luz
de acetileno y de los zócalos
tan blancos de los hospitales y de la lenta
respiración de la basura y de los charcos
al pie de las farolas del amanecer.

José Manuel Caballero Bonald



Cuando se acaba el verano, las mañanas de cada día de diario se visten de luz eléctrica y de frío, de voces de fondo y ruido de vasos y de platos desde la cocina. Nunca he podido evitar despertarme antes de lo que debería, y entonces me acurruco entre las sábanas, invadida por una sensación de vacío ante las horas que se me presentan, agotando los leves minutos que faltan para las siete y veinte. Fuera, hace frío y está comenzando a amanecer. Las calles se convierten en largos desfiles de automóviles que demuestran su prisa tocando el claxon, como si la mañana no fuera lo suficientemente desagradable de por sí, para además tener que aguantar ese horrible estrépito. El aire es gris, igual que en las películas en blanco y negro, pero sin el toque entrañable y acogedor que estas poseen.

Al llegar al metro, siempre dudo entre bajar andando las escaleras mecánicas o dejarme llevar, sin pararme a pensar que, en el fondo, el tiempo ganado no va a tener la más mínima importancia. Me evado del mundo, inmersa en la música que sale de mis cascos, que puede ser desde una balada de Silvio Rodríguez hasta la más escandalosa canción de Nirvana. Todo depende del día y de mi ánimo. Y entonces el resto del mundo comienza a parecerme una película, y yo la espectadora que contempla al otro lado de la pantalla. En el vagón el ambiente se impregna de miradas furtivas que ya no saben a dónde dirigirse, de olores extraños y de rugidos de motor; todo ello mecido por el traqueteo de la vía. Y cuando llego a la estación de Plaza Elíptica siempre me invade el malhumor al escuchar a lo lejos las notas del teclado de Carlos Morla. Carlos Morla es un hombre de mirada triste que se sitúa todos los días en el mismo pasillo para tocar melodías populares en su teclado y ganar unas monedas. En realidad, dudo bastante que se llame Carlos Morla, pero es así como le he bautizado, por su increíble parecido físico con el famoso amigo chileno de García Lorca. Cuando es muy temprano deja en su puesto a una señora, que debe ser su mujer o su hermana, y cuya mirada posee un grado de indiferencia hacia el mundo y de tristeza ante el que resulta imposible no sobrecogerse. Ella nunca se molesta en tocar; enciende el modo automático y deja que las notas surjan mientras quita el polvo de las teclas mecánicamente. A menudo la gente que pasa por primera vez no puede evitar reírse. Hay días en los que, en vez de la mujer, está un chaval que debe ser el hijo de ambos, al que yo he bautizado Carlitos, y que tiene la misma mirada tristona que sus padres, pero suavizada por el velo de la juventud. Pero yo, cada vez que paso por delante del teclado, me siento invadida por un malhumor irracional porque a esas horas siempre tocan la misma canción y la música suena demasiado alta y me obliga a quitarme los cascos y a volver a enfrentarme al mundo durante el tiempo que tardo en recorrer ese pasillo.

El autobús nunca tarda demasiado en llegar. Antes siempre esperaba encontrarme con alguien, pero últimamente prefiero abstraerme en mi música y en mis pensamientos, y sentarme en el lado de la ventana, que es donde me ha gustado ir desde pequeña, para contemplar el paisaje. Al salir del intercambiador de Plaza Elíptica, el autobús pasa al lado del Tanatorio Sur, y cada mañana me estremezco al comprobar que siempre se ve gente paseando por su terraza. Luego el paisaje se llena de fábricas grises y de polígonos industriales que me hacen sentirme pequeña y vulnerable, hasta que comienzo a vislumbrar de lejos las siluetas de las facultades de la universidad Carlos III, amenazadoramente regias. Y entonces, si hay alguien sentado a mi lado, empiezo a ponerme nerviosa buscando mentalmente las palabras exactas que formularé para pedirle amablemente que me deje salir, porque no puedo evitar pensar todo mucho antes de abrir la boca, y eso convierte cada mínimo obstáculo en una dificultad. Cuando al fin lo consigo, bajo del autobús y aumento el volumen de la música, y empiezo a caminar hacia la facultad de Periodismo, haciendo equilibrio sobre el bordillo de la acera, porque la mañana ya es suficientemente aburrida y me gusta sentirme un poco infantil, y elevar la mirada hacia el cielo gris y hacia los árboles, teñidos ya con los ruborizados colores del otoño. Porque sé que, en unos pocos minutos, la realidad me arrancará con crueldad de mi propio mundo de ensoñaciones…

martes, 10 de noviembre de 2009

Indecisión

La invención colectiva, René Magritte



SOMBRAS BLANCAS

Sombras frágiles, blancas, dormidas en la playa,
Dormidas en su amor, en su flor de universo,
El ardiente color de la vida ignorando
Sobre un lecho de arena y de azar abolido.

Libremente los besos desde sus labios caen
En el mar indomable como perlas inútiles;
Perlas grises o acaso cenicientas estrellas
Ascendiendo hacia el cielo con luz desvanecida.

Bajo la noche el mundo silencioso naufraga;
Bajo la noche rostros fijos, muertos, se pierden.
Sólo esas sombras blancas, oh blancas, sí, tan blancas.
La luz también da sombras, pero sombras azules.

Luis Cernuda


Nadie repara en las sombras blancas, tal vez ni ellas mismas son conscientes de su condición. Pero están ahí, entre nosotros, dirigiendo sus pasos sin rumbo fijo o abandonándose en las playas que la indolencia sembró antes de que la primera persona planificara su existencia.

Las sombras blancas no pueden planificar nada, y si lo intentan, siempre les saldrá mal, porque viven en un mundo al que solo ellas pueden acceder, como si la Realidad les hubiera cerrado las puertas y hubieran de exiliarse hacia sus propias fantasías.

Se sienten aterradas por las decisiones, precisamente debido a ese desconocimiento del mundo al que me refería; y al final siempre acaban dejándose llevar por esa nada que las envuelve, después de comprender que los mundos perfectos solo existen en sus sueños infantiles. Y por mucho que intenten colorearse, su inevitable blancura palidecerá el rumbo equivocado de sus decisiones, la inutilidad de sus besos sin sentido, la angustiosa confusión que finalmente las lleva a abandonarse en la más insultante apatía…

miércoles, 28 de octubre de 2009

Divagaciones

La memoria, René Magritte
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Ninguno comprendíamos nada:
ni por qué nuestros dedos eran de tinta china
y la tarde cerraba compases para al alba abrir libros.
Sólo sabíamos que una recta, si quiere, puede ser curva o quebrada
y que las estrellas errantes son niños que ignoran la aritmética.

Rafael Alberti



Acompasas tu respiración suavemente, casi con dulzura, mientras llega hasta ti, distorsionada, la monocorde voz de la profesora. ¿Qué hora es? Las diez y veinte. Qué lento pasa el tiempo en… ¿Periodismo social? Sí, así se llama la asignatura. Suspiras y tratas de que tus párpados no caigan con pesadez, pero sabes que será un intento inútil. La visión de la profesora comienza a desenfocarse. Tiene gafas y una voz de la que resulta milagroso que no se canse ella misma. No le quedan bien las gafas, y menos si su silueta empieza a ser borrosa. ¡Vamos, vuelve a enfocar la vista! Después de todo, estás en segunda fila y ella podría darse cuenta. Mueve las piernas, trata de distraerte. Imposible. Si esta noche hubieras dormido alguna hora más. Pero estabas desvelada, ¿verdad? Estabas desvelada porque echabas de menos a mamá, que tuvo que pasar la noche fuera porque la eligieron para formar parte de un jurado popular. Pero, ¿qué dices? Si eso fue por lo menos hace doce años. Tú ya tienes veinte, ¿recuerdas? Los cumpliste hace muy poco, y casi toda tu clase acudió a celebrarlo a tu casa. Quinto A, un curso inolvidable. La tarta era de chocolate, porque hay niños a los que solo les gusta la tarta de chocolate y las bebidas sin gas, algo que tú nunca has podido entender. Sí, son esos niños a los que se les dan muy bien los deportes y a los que sus padres les llaman campeones. Los campeones duermen toda la noche seguida, sin despertarse una sola vez y sin tener miedo porque vayan a irse una semana de casa por el viaje de fin de curso. ¿Por eso no podías dormir esta noche?

¿En qué estabas pensando para haber cerrado los ojos? Venga, intenta distraerte. Si al menos hubiera apuntes que copiar. Pues dibuja; dibuja algo, cualquier cosa. Una muñeca con el vestido largo y tirabuzones rubios, como las que siempre haces. ¿No tienes lápiz? Qué más te da, si toda la vida has dibujado a boli. ¿Ves como la tentación de cerrar los ojos es menor? Y qué agradable la caricia del sol sobre tu pelo, el trino de los pájaros y un rumor de fondo de televisión procedente del interior de la casa. ¿Cuánto tiempo llevas dibujando? Toda la tarde, desde que terminaste de comer. Además, todavía queda media hora antes de que tengas que encaminarte al cole. No; media hora para que termine Periodismo social. Marina. Es esa voz. Marina. La voz de tu abuela. Marina, ven que te peine antes de que salgamos para el cole. Pero si aún queda media hora, y la profesora todavía no se ha callado. Pero tus trenzas están deshechas. Ah, claro; las trenzas. Siempre han sido un engorro. Suerte que ella sigue ahí para volver a peinarte. Porque sigue ahí, ¿verdad? ¿No se fue hace trece años? Marina. No, definitivamente es su voz. Espera; espera un momento. Antes, termina de dibujar la cara de esa muñeca. ¿Ves como es muy fácil no cerrar los ojos? Así, la profesora nunca sospechará. Quién te mandaría matricularte en Periodismo. Si tú querías ser cantante, o actriz de cine. No, lo que querías ser realmente era princesa, como la Bella Durmiente. Pero para eso primero hay que ser campesina, ¿no? Y que luego llegue el Príncipe Azul y te desvele tu verdadera identidad… Lo malo es que ese tipo de príncipes no existen. En realidad no debería existir ninguno. Es algo obsoleto en nuestra sociedad. Como esta asignatura. Menos mal que hace sol, y que llevas toda la tarde dibujando y aún queda media hora para volver al colegio –y muchas medias horas más para tener que preocuparte por eso tan lejano que los mayores llaman universidad.

Entradas populares

Larga y prematuramente adiestrado en el ejercicio de la paciencia y en la cuidadosa restauración de ilusiones sistemáticamente pisoteadas, me acostumbré muy pronto a quejarme en voz baja, a maldecir para mis adentros, y a hablar ambiguamente, poco y siempre de otras cosas; es decir, al uso de la ironía, de la metáfora, de la metonimia y de la reticencia. Si acabé escribiendo fue […] para aprovechar las modestas habilidades adquiridas por el mero hecho de vivir.

Ángel González

Entrega premios de relato 2011, "Una de piratas", Cadena SER

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Con José Manuel Caballero Bonald en la Residencia de Estudiantes de Madrid, 2011

Ceremonia de entrega de premios del XX Aniversario de la UC3M

Ceremonia de entrega de los premios del XX Aniversario de la UC3M

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Lectura de poemas en la Feria del Libro 2010 de Madrid

Casa natal de Luis Cernuda, Calle Acetres, Sevilla, 2010

Casa de Luis Cernuda durante los años 20, Calle del Aire, Sevilla, 2008

Con la estatua a Federico García Lorca, Madrid, 2008

Casa de Rafael Alberti, El Puerto de Santa María, Cádiz, 2008

Casa natal de Antonio Machado, Palacio de Dueñas. Sevilla, 2010

Residencia de Estudiantes de Madrid, 2008

Museo Dalí, Figueras, Cataluña, 2008

Con la estatua a Ramón Mª del Valle Inclán, Madrid, 2010
Te juzgan mal y sufres por eso. Eres de nieve por fuera y de llama por dentro. Quien te toca se hiela mientras tú te abrasas. No sabes querer y estás queriendo siempre; no sabes vivir y estás vivo. Tu sitio no está en ninguna parte, siempre desearás un lugar diferente...

Luis Cernuda, Comedia inacabada y sin título